martes, 31 de marzo de 2009

Justicia imperfecta



Men Samorn, su hijo y su segunda mujer. Foto: Alessandro Ursic

Hablar con los camboyanos sobre la época de Pol Pot es una experiencia extraña: la mayoría explican cómo los Jemeres Rojos masacraron a su familia, y no dejan de sonreír mientras lo hacen. Por suerte, uno lleva el suficiente tiempo en Asia para saber que esa sonrisa, esa media carcajada, es una muestra de embarazo, de tensión, de incomodidad.


Visitamos algunas aldeas a pocos kilómetros de Phnom Penh. En una cabaña, un hombre de unos sesenta años nos invita a sentarnos con él. Se llama Men Samorn. Los Jemeres Rojos, nos dice, mataron a su padre, a dos de sus hermanos, y a su primera esposa. “Ésta es la segunda”, dice, señalando a una señora madura que nos mira con curiosidad desde una hamaca.

Desde 1991, la historia del genocidio –algunos prefieren “democidio” o “politicidio”- camboyano no se enseña en las escuelas ni en los institutos. El historiador Henri Locard, a quien entrevisté ayer , explica: “Durante la ocupación vietnamita, el gobierno puso mucho empeño en mostrar lo que había sido la época de los Jemeres Rojos. De esta forma se indicaba que, por muchas limitaciones que los vietnamitas impusieran a las libertades personales, de prensa y expresión, no era nada comparado con la era de Pol Pot”. Pero esto se acabó con la firma de los acuerdos de paz. Hoy, en los libros de texto, las referencias a la Kampuchea Democrática ocupan dos líneas. “Yo sabía de los Jemeres Rojos porque mi padre me contaba cosas, pero yo no me las creía. Pensaba que se las estaba inventando. Pero ayer visité Tuol Sleng y me di cuenta de que todo era cierto”, me contaba una adolescente. Ese patrón ha sido apuntado por muchos observadores: el 68 por ciento de los camboyanos tiene menos de treinta años, y muchos, simplemente no creen que aquello pueda haber pasado. “Los camboyanos no hacen eso a otros camboyanos”, dicen. Locard da alguna clave: “Ahora, al gobierno no le interesa que sea ampliamente conocido el hecho de que fue efectivamente creado por los vietnamitas, y por eso, en los institutos simplemente no se habla de aquel período”. No está en el programa educativo. Algunos estudiantes, dicen, lo conocen porque algún profesor les ha hablado de ello a título personal, o porque sus padres se lo han contado. Nunca hablan de ello con sus amigos.

La cosa cambia, claro, cuando uno lo comenta con la gente mayor, los supervivientes. Un estudio de la Universidad de Berkeley del pasado enero indica que nueve de cada diez camboyanos se considera “víctima de los Jemeres Rojos”, y que hasta el 40 % tomaría venganza si pudiera. Men Samorn dice que “si hace treinta años hubiera podido liquidar a los responsables, lo hubiera hecho. Pero ahora tengo que confiar en la ley”.


Las críticas al Tribunal Mixto establecido para juzgar a los principales responsables de los Jemeres Rojos son muchas, y fundadas: la corrupción (hace unos meses se filtró el dato de que los jueces camboyanos tenían que ceder un tercio de su sueldo a la persona que los había puesto allí), la falta de independencia del tribunal, la justicia imperfecta: sólo se va a procesar a los cinco principales responsables, pero no a los cuadros intermedios. El tribunal ha sido cuidadosamente establecido para juzgar los crímenes cometidos por los Jemeres Rojos durante la época de la Kampuchea Democrática, pero no antes ni después, para evitar las responsabilidades que pudieran derivarse del apoyo que otras potencias – léase, China, Tailandia, EE.UU. y Gran Bretaña- dieron a éstos tras el 79. Y por último, tampoco van a juzgarse los bombardeos estadounidenses (ilegales, pues fueron ordenados por Kissinger –otra vez él- de forma secreta, sin el consentimiento del Congreso norteamericano) que mataron a unas 600.000 personas entre 1969 y 1973. Muchos camboyanos perciben el tribunal como una imposición occidental. El propio ex rey Sihanouk declaró hace un año que los juicios no merecían la pena, que iban a ser “costosos” –un dinero que Camboya utilizaría mejor en otras cosas-, e “ineficaces, porque no se hará verdadera justicia”: la mayoría de los acusados, que son más viejos que Matusalén, habrán muerto en la cárcel antes de que acabe el proceso. La muerte de Ta Mok fue un aviso al respecto.


Algunos defensores de los juicios tienen sus propios argumentos: Helen Jarvis –quien en 2005 publicó un libro criticando todo esto que apunto arriba, pero que ahora es la jefa de Asuntos Públicos del Tribunal, y “sólo puede hablar como tal”, me decía ayer-, o Youk Chhang, el director del Centro de Documentación [del genocidio] de Camboya, explican que “hay que poner los límites en alguna parte”. Tanto Chhang como Jarvis se han pasado media vida peleando para conseguir que este juicio tenga lugar, por lo que están cansados, dispuestos a hacer concesiones. Mejor este tribunal que ninguno, parecen decir.

Y a uno se le ocurre que la mayoría de las críticas al tribunal son legítimas y acertadas, pero otras son simplemente interesadas. Me sorprende cómo mucha gente que no tiene el mínimo reparo en comentar su tragedia personal, se asusta cuando se le pregunta su opinión sobre los juicios. Tienen miedo de hablar. El actual gobierno de Hun Sen –uno de los más corruptos, ineficientes y brutales del Sudeste Asiático, a pesar de estar disfrazado de democracia liberal- apoya los juicios, pero con reservas: juzguemos a los cabecillas del Angkar, pero no a otros muchos cuya responsabilidad podría traerse a colación. La mitad de los alcaldes de Camboya son antiguos Jemeres Rojos. El propio Hun Sen lo fue, antes de huir a Vietnam para escapar a las purgas.
Hoy mismo ha declarado que prefiere un mal tribunal que la guerra civil que se provocaría si se intenta ampliar el número de procesados.

Y cuando se habla con la gente de a pie, uno se pregunta si Jarvis y Chhang no tendrán razón en el fondo. Ayer, el ver a Duch sentado en el banquillo de los acusados –por fin-, fue un verdadero impacto para muchas víctimas. Los camboyanos han esperado treinta años. Muchos quieren que se haga algo. Lo que sea, pero algo. “No quiero venganza, pero ni perdono, ni olvido”, dice Men Samorn.


sábado, 28 de marzo de 2009

Regreso a Tuol Sleng



En el centro de Phnom Penh, a pocos metros de la zona de guesthouses, existe un lugar llamado Tuol Sleng, que en camboyano significa “la colina del árbol de la fruta envenenada”. Es una antigua escuela que, durante la época de la Kampuchea Democrática, sirvió como centro de interrogatorios y tortura. El nombre en clave era S-21. Los obreros de las fábricas cercanas lo llamaban “el lugar en el que la gente entra pero del que no se vuelve”. Tenían razón: 17.000 personas fueron encerradas aquí. Sólo una decena sobrevivieron.

Tuol Sleng no es Auschwitz, empezando por la escala de muertos (en el centro polaco se exterminó a más de un millón de personas). Pero el paralelismo viene inmediatamente a la mente, tal vez porque el ser humano necesita acotar el mal en espacios concretos, en un intento de comprenderlo. También porque Tuol Sleng es hoy un museo, diseñado por los vietnamitas, que reforzaron intencionadamente los paralelismos con los nazis, en un intento de diferenciar claramente entre la “aberración” de los Jemeres Rojos –y de paso, del maoísmo chino- y el “socialismo bueno” de Vietnam y su padrino soviético.

Justo antes de venirme a Camboya vi un documental sobre este lugar, titulado “S-21: La máquina de matar de los Jemeres Rojos”, del cineasta camboyano Rithy Prahn. La pieza es interesante porque lo que Prahn ha hecho es confrontar a un superviviente de Tuol Sleng, el pintor Vann Nath, con algunos de los guardias de la prisión –que en aquella época eran unos críos-. El resultado es espeluznante: los antiguos guardias están avergonzados, quieren que se les perdone, eliminar el mal karma. “Es como una persona que ha tenido un accidente”, dicen. “Nosotros también éramos víctimas”. Vann Nath habla pausadamente, con contención. La atmósfera parece apacible para un observador occidental, pero en el contexto camboyano, es terriblemente tensa.


Una de las pinturas de Vann Nath

El historiador David Chandler ha investigado si existieron modelos extranjeros para Tuol Sleng, y ha concluido que no, que se trata de una institución típicamente nacional, heredera de la tradición punitiva camboyana (en lengua khmer, la palabra para “prisionero” es neak thos, “persona culpable”). “Sabíamos que los prisioneros que llegaban a S-21 iban a morir. Una vez que teníamos las respuestas, los matábamos”, dice uno de los guardias. Vann Nath sobrevivió simplemente porque era útil, porque pintaba retratos de los guardias, de Pol Pot, de la gloriosa revolución.

Tuol Sleng es tal vez el elemento más siniestro del período de los Jemeres Rojos. La obsesión del Angkar (“la Organización”, el núcleo central del Partido Comunista de Kampuchea) por el secretismo y la infiltración sellaba el destino no sólo de los ‘traidores’, sino de toda su familia. Los guardias recitan de memoria los antiguos lemas: “Cuando el Angkar hace un arresto, arresta a un enemigo del Angkar. Si arrestamos al marido, arrestamos también a la mujer y a los hijos. Y a sus padres, hermanos y hermanas. Si el partido los arresta, son enemigos”.

Los prisioneros eran hacinados en habitaciones sin muebles, encadenados al suelo, vigilados por muchachos fanatizados que no dudaban en golpearles brutalmente a la mínima infracción. Los prisioneros que entraban aquí eran considerados culpables de antemano. Se les obligaba, bajo torturas brutales, a declararse culpables de uno de los tres siguientes crímenes: a) Ser un agente de la CIA. b) Ser un agente de los chinos. c) Ser un agente del KGB. Las confesiones, leídas hoy, son patéticas, y rezan cosas como: “Admito haber recibido dinero de la CIA para defecar en los cultivos y arruinarlos”. El hecho de que dichas confesiones fuesen absolutamente increíbles no parece haber sembrado la más mínima duda entre los antiguos guardianes. “No pensaba. Era arrogante, tenía poder sobre el enemigo. Nunca pensé en su vida. Lo veía como un animal. Cuando mi mano actuaba, nunca estaba en contacto con mi cabeza, ésta nunca impidió a mis manos y pies golpear. Mi corazón y mi mano trabajaban juntos. La tortura era eso”, dice uno.

Los guardias eran sometidos a sesiones de autocrítica, y obligados a escribir su propia biografía. Uno recuerda una sesión con un cuadro superior:
- Si una vez robé un mango, ¿es una falta?
- Sí, escríbelo debajo.
- Y si estuve enamorado de una chica, ¿también?
- Sí, también. Eso son sentimientos de soñador”.
El director del documental les pide que reconstruyan cómo era su vida en aquella época en la prisión. Uno de ellos parece disfrutar con una escena en la que finge dirigirse a un prisionero. Le grita: “¿No sabes leer? ¿Qué pone aquí? [señala un cartel en uno de los muros]. ‘No seas demasiado libre’ Si eres tan libre, ¿por qué no moriste al nacer?”.


El director de la prisión era un antiguo maestro de escuela –qué apropiado- llamado Kang Kek Ieu (alias “Duch”), que, no cabe duda, era un psicópata que infundía terror incluso entre sus propios hombres. Duch escribió cosas como: “El enemigo no confiesa para ayudarnos. La tortura es inevitable”. O: “No torturamos por diversión, ni para calmar nuestra cólera. Si el prisionero muere, perdemos la información”. Y ese es el elemento más siniestro de todos: la finalidad última de Tuol Sleng era la obtención de datos. Con las confesiones de los prisioneros, Duch redactaba memorándums en los que informaba a sus superiores de los planes extranjeros para derrocarles y hacer fracasar la revolución. Su obra magna es un documento titulado “El plan definitivo”, en el que describe la existencia de una conspiración internacional –la CIA, el KGB, los monárquicos, el Real Madrid y el zoo de Melbourne- en contra de la Kampuchea Democrática, que, por supuesto, no hizo otra cosa que agudizar la paranoia del Angkar.

En un momento concreto del documental, Vann Nath exclama iracundo: “¿Has oído a alguien pedir perdón por lo que pasó? ¡Ni siquiera admiten que estuviese mal! ¿Por qué pedir perdón si no hicieron nada malo?”. Todos los camboyanos –repito: todos- perdieron a alguien en aquella época. Hasta trece parientes, toda la familia, me contaba ayer un conductor de moto-taxi. Durante mis correrías por el país, he escuchado opiniones de todo tipo sobre los Jemeres Rojos. Pero hay algo en lo que todos están de acuerdo: Duch era un asesino y un criminal, y debe ser castigado.

Su proceso comienza este lunes.

Donde Pol Pot yace eternamente



Anlong Veng fue el último reducto de los Jemeres Rojos. Tras la llegada de la UNTAC (la Misión de la ONU para Camboya) y la formación de un gobierno nacional “de unidad”*, los últimos miles de soldados rebeldes se atrincheraron durante una década en la región, en lo que llamaban sus "Territorios Liberados", manteniendo a la población local como rehén.

[*Durante tres años, Camboya tuvo un gobierno bicéfalo, con dos primeros ministros – uno monárquico y el otro provietnamita-, cada uno con su milicia. La cosa, por supuesto, acabó a tiros.]

En Anlong Veng pueden visitarse varios sitios ‘turísticos’: una estación de radio de los Jemeres Rojos, la casa de Ta Mok, la tumba de Pol Pot. Ta Mok era el lugarteniente del movimiento en aquellos días, cuando todos los demás cabecillas ya habían abandonado la lucha: Nuon Chea (el “Hermano Número Dos”), Ieng Sary (el “Hermano Número Tres” y antiguo Ministro de Exteriores del gobierno de Pol Pot) y Khieu Samphan (el antiguo presidente de la Kampuchea Democrática) se habían acogido a una amnistía propuesta por el rey Sihanouk. La defección de Sary fue recompensada con el control total de la provincia de Pailín, que gobernaba de forma autonoma, enriqueciéndose con el contrabando de piedras preciosas y madera tropical.

Alquilo un taxi que me lleve hasta el pueblo. El conductor, Thy, es un poco pesetero, pero no es mal tipo. Me cuenta que cuando tenía veinticinco años, el ejército le reclutó forzosamente y le mandó a luchar contra los Jemeres Rojos. "Todo el mundo tenía que hacerlo, sabes. No podías elegir. Simplemente, te enviaban allí", dice. No tiene un aire demasiado marcial: "Cuando empezaban los tiros, yo me escondía. Lo pasé muy mal, tenía mucho miedo", explica.

Me cuenta algunas cosas que me sorprenden. “Pol Pot y Ta Mok eran unos asesinos, pero los Jemeres Rojos no eran malos. Querían cosas buenas para la gente. Yo no quería luchar contra ellos”, dice. No intenta decir que todos obedecían órdenes de Pol Pot, ni defender a los cuadros intermedios, como he escuchado en otros lugares. Simplemente, los considera buena gente.


Thy es royalista, y los soldados monárquicos fueron aliados de los Jemeres Rojos hasta la llegada de la UNTAC. Eso, y el hecho de que dicha coalición luchase contra los soldados vietnamitas –ampliamente odiados a lo largo y ancho del país-, ayuda a explicar sus posiciones, y la de muchos otros en Camboya. “Los Jemeres Rojos no querían matar soldados del gobierno, solo vietnamitas”, afirma.


Los últimos años en la jungla debieron ser desesperados para los rebeldes. En 1996, Pol Pot, llevando la paranoia hasta sus últimas consecuencias, ordenó el asesinato de Son Sen, su antiguo ministro de Defensa, y de toda su familia, por el expeditivo método de pasarles un camión por encima. Este hecho fue aprovechado por Ta Mok –hay quien dice que en un intento de ganar legitimidad en un momento en el que el cerco se estrechaba en torno a ellos- para derrocar a Pol Pot, someterle a un ‘proceso popular’ y encerrarle en su propia casa de la jungla. Dos años después, moría de forma súbita, oficialmente de un ataque al corazón. Su cadáver fue incinerado con gasolina sobre un colchón mugriento.


Pero tras la muerte de Pol Pot, muchos soldados pensaron que ya no había motivo para seguir luchando, y se amotinaron. Ta Mok se quedó al frente de apenas un centenar de guerrilleros, hasta su captura en 1999. Enfermo y solo, murió en la cárcel hace un par de años.


En esta región, la figura de Ta Mok es una de las más controvertidas. Sus enemigos le llamaban “el carnicero”, por su afición al asesinato. Pero, al mismo tiempo, fue un administrador eficaz, un constructor de escuelas y dispensarios, un jefe fuerte. Muchos locales odian a Pol Pot, pero admiran a Ta Mok. La tumba de este último está siempre adornada con flores e incienso.


Pero el sepulcro que visitaré será el de Pol Pot. Un montón de papelitos medio incinerados yacen sobre la tierra. Muchos camboyanos creen que Pol Pot era un hombre santo, que su lecho tiene propiedades curativas, y que si se pasa un billete de lotería por la tumba, el espíritu del Gran Líder le traerá suerte. Durante años, podían verse algunos restos de su osamenta saliendo de la tierra cuando el viento la descubría, pero ahora la gente los ha recolectado todos para usarlos como amuleto. La idea de que el gran genocida está enterrado justo allí me despierta un escalofrío cuando contemplo el lugar.


De vuelta hacia Siem Reap, hacemos una última parada. Junto a la carretera pueden verse los restos de un antiguo ‘monumento revolucionario’: una serie de estatuas talladas en la roca que representan a varios soldados del Jemer Rojo y un cuadro femenino que acarrea leña. Las figuras han sido decapitadas. Pero justo delante se han levantado media docena de altares budistas, destinados al culto a los antepasados. El sincretismo no podía ser más perfecto.


Y entonces observo una extraña escena: una joven pareja con un niño se detiene en el camino, y encienden varias velas de incienso en los altares. Se arrodillan y rezan al estilo budista. “Están rogando por las almas de los Jemeres Rojos muertos, probablemente parientes”, me explicará luego Thy en el coche. Y me doy cuenta de que esas estatuas decapitadas son una metáfora perfecta de lo que Camboya siente respecto al período de Pol Pot: odiadas pero reverenciadas, representantes de un movimiento revolucionario que eliminaba a los budistas, pero asimiladas en el culto local. Y como casi siempre, las cosas resultan más complicadas de lo que parecían en un principio, y la historia va más allá de un cuento de buenos y malos: Camboya y sus Jemeres Rojos están demasiado ligados para poder ser separados.

viernes, 27 de marzo de 2009

(Jemeres Rojos: una introducción)


"La muerte de una persona es una tragedia; la de un millón, una estadística
"
Josef Stalin


Soy consciente de que algunos de los que me leéis no sabéis nada sobre los Jemeres Rojos y el período más oscuro de la historia de Camboya. Como en los próximos días voy a hablar a menudo sobre este tema, intentaré dar una explicación breve.

*********

DRAMATIS PERSONAE

NORODOM SIHANOUK, rey de Camboya
LON NOL, dictador ultraderechista apoyado por EE.UU.
La CIA
Los JEMERES ROJOS, miembros del PARTIDO COMUNISTA DE KAMPUCHEA
POL POT, máximo dirigente de los Jemeres Rojos
Los VIETNAMITAS y sus aliados de la UNIÓN SOVIÉTICA
CHINA, EE.UU. y TAILANDIA
La ONU
El sufrido PUEBLO CAMBOYANO

************


El 17 de abril de 1975, un grupo de hombres en pijama negro, mortalmente serios y malhumorados, tomaba Phnom Penh. Mientras el resto del país se lanzaba a la calle a celebrar el final de la guerra civil, los Jemeres Rojos –así eran llamados- se hacían con los puntos clave de la ciudad. Al día siguiente, con la excusa de un posible bombardeo estadounidense, empezaron a evacuar ese y otros centros urbanos. Desde ahora, aunque los camboyanos aún no lo sabían, todo el mundo sería campesino, revolucionario, ‘puro’.

La revolución había comenzado en 1968, en las junglas camboyanas. Los guerrilleros formaban parte del Partido Comunista de Kampucha, que, con apoyo vietnamita, tenía como objetivo declarado el derrocamiento del rey Norodom Sihanouk. El Partido estaba dirigido por un grupúsculo secreto denominado el Angkar (“La Organización”), cuyo líder era Pol Pot, el “Hermano Número Uno”.

Los Jemeres Rojos no eran los únicos enemigos de Sihanouk, quien resistía también las presiones estadounidenses para unirse en una coalición regional anticomunista. En 1970, la CIA orquestó un golpe de estado y expulsó a Sihanouk del trono. Éste buscó ayuda entre sus antiguos enemigos, los Jemeres Rojos, creando un frente popular para luchar contra la nueva dictadura militar encabezada por el general Lon Nol.


La guerra civil camboyana fue dura y cruel. EE.UU., que respaldaba a Lon Nol, llevó a cabo una campaña de bombardeos que mató a 600.000 personas y disparó el apoyo a los Jemeres Rojos entre los campesinos. Pero cuando en 1975 éstos tomaron el poder, estableciendo la República Democrática de Kampuchea, nadie se esperaba lo que iba a venir.

Los Jemeres Rojos se deshicieron de todos sus rivales políticos en apenas unas semanas, silenciando toda oposición por la vía más expeditiva. El rey Sihanouk se convertía en un convidado de piedra, un prisionero de los Jemeres Rojos en su propio palacio. El plan final del Angkar era poner en práctica una forma extrema de comunismo agrarista, el maoismo llevado a sus últimas consecuencias, sin etapas intermedias. La población entera fue llevada al campo y puesta a trabajar en el cultivo de arroz.

Durante los siguientes cuatro años, los Jemeres Rojos ejecutaron a 200.000 personas, entre ellas diecinueve parientes de Sihanouk. Otro millón y medio más moriría a consecuencia del delirio organizativo impuesto por el Angkar, víctimas del agotamiento extremo, de las enfermedades, del hambre. La Organización ordenó eliminar a todo aquel considerado ‘contrarrevolucionario’, empezando por aquellos que habían colaborado con la dictadura de Lon Nol, y siguiendo por los monjes budistas y los intelectuales. Éstos eran considerados demasiado ‘deformados’ por su educación burguesa como para ser recuperables en la nueva sociedad. Todo aquel que hablaba idiomas y no fue capaz de ocultarlo, aquellos que no tenían callos en las manos –luego, no trabajan con ellas-, incluso aquellos cuyo único crimen era llevar gafas, fueron ejecutados sin miramientos.


Después llegó la paranoia: los líderes del Angkar estaban obsesionados con la infiltración enemiga, por lo que cualquier pequeño acto de rebeldía, o incluso un accidente, era considerado ‘sabotaje’, y el culpable ejecutado. En ese estado de cosas, los responsables de las comunas locales, en un intento de mostrar su adhesion a la revolución, declaraban objetivos imposibles de cumplir, cuotas agrícolas muy superiores al rendimiento posible de la tierra. Y para lograrlas, hicieron trabajar a los campesinos –ahora todos los camboyanos lo eran- hasta la extenuación, redujeron las raciones alimentarias, ejecutaron con celo a cualquiera que mostrase la más minima veleidad ‘contrarrevolucionaria’. Se dio la paradoja de que Camboya duplicó su producción arrocera durante el período de la Kampuchea Democrática –Camboya regalaba arroz a otros países como ayuda humanitaria- mientras en el campo cientos de miles de personas morían de inanición.


Tras tomar el poder, el Angkar se volvió contra su padrino vietnamita. Desde los primeros meses de la Kampuchea Democrática, los Jemeres Rojos empezaron a lanzar ataques transfronterizos, en un intento de recuperar territorios que otros gobiernos anteriores habían aceptado como vietnamitas, y masacraron a decenas de miles de miembros de la minoría vietnamita del país.
La paranoia también se cobró víctimas entre los propios cuadros del Partido. Miles de comunistas leales que habían participado en la guerra contra Sihanouk y contra la dictadura fueron purgados. Otros muchos, al ver el rumbo que tomaban los acontecimientos, huyeron a Hanoi. Finalmente, en el invierno de 1978, las tropas vietnamitas cruzaron la frontera, preparados para una guerra larga y dura. Pero la Kampuchea Democrática se quebró como un huevo, sin apenas lucha. Sus líderes huyeron a Tailandia, sus soldados se rindieron sin luchar, y una nueva administración llegada a lomos de los tanques vietnamitas se impuso sin dificultad.

Los vietnamitas ocuparon Camboya durante diez años. Los Jemeres Rojos, con el apoyo de China, EE.UU. y Tailandia, resurgieron de sus cenizas, y empezaron a combatir a los ocupantes. Sihanouk volvió a aliarse con ellos en un “frente nacional”, logrando un apoyo diplomatico de otro modo inconcebible. Muchas democracias occidentales que habían criticado el regimen de la Kampuchea Democrática por sus violaciones de derechos humanos –incluso antes de que se conociese la extension del genocidio perpetrado por los Jemeres Rojos-, en un vergonzoso giro que solo se explica por la lógica de la Guerra Fría, pasaron ahora a apoyar a sus representantes en el exilio.

La ONU aterrizó en Camboya a principios de los noventa y organizó una misión estabilizadora y un proceso de paz en el que participaron todas las fuerzas políticas, excepto los Jemeres Rojos. Convertidos en unos parias, se retiraron a sus santuarios en el oeste y el norte del país, desde donde se enfrentaban al ejército de la nueva Camboya. Poco a poco, las deserciones, las traiciones y las purgas internas minaron a la guerrilla. En 1997, Pol Pot era derrocado por su propio lugarteniente Ta Mok, y sometido a un ‘proceso popular’. Meses después, Bill Clinton anunciaba que había encargado al FBI la captura de los líderes del Jemer Rojo. Al poco, se anunciaba la muerte de Pol Pot en la jungla, y la incineración de su cadaver. Muchos creen que se le envenenó, para evitar un juicio internacional que habría destapado responsabilidades incómodas.


Otros líderes del Jemer Rojo, que se habían acogido a anteriores amnistías, o escondido y sido capturados, están siendo juzgados ahora mismo por un tribunal semi-internacional respladado por Naciones Unidas.

Y de todo eso hablaré pronto.

domingo, 22 de marzo de 2009

Rafa Marchante


Voy a salirme de Asia por un momento, para irme a Marruecos, otro de mis países favoritos. Aunque a veces uno lo mira con amargura. Ésta es una de ellas.

Escribo para denunciar la futura expulsión del reino alaui del fotógrafo español Rafa Marchante. Rafa y yo no nos conocemos personalmente, pero Ilya U. Topper, mi antiguo editor de internacional en ‘La Clave’, nos ha enredado a los dos en su proyecto M’Sur, una web periodística y base de datos sobre los países mediterráneos, que se lanza en mayo (os mantendré informados).

Rafa es fotógrafo de la agencia Reuters, y lleva tres años en Marruecos, pero nunca ha sido de esos que se limitan a llegar, tirar la foto y volverse a casa, sino que se queda a preguntar qué carajo está pasando. Es uno de esos tipos que está donde tiene que estar: en las huelgas, documentando la represión policial contra los manifestantes; en los bosques, testimoniando el drama de los inmigrantes ilegales, y cómo los tratan las autoridades marroquíes. En la calle, con la gente que intenta tirar para adelante en el día a día, haciendo de Marruecos un país moderno, moderado, más justo. El año pasado, los antidisturbios agredieron a Marchante en tres ocasiones. Por algo será.

Todo eso, claro, molesta a un majzen que todavía no se ha acostumbrado a perder poder. Por eso, el Ministerio de Comunicación ha decidido no renovar la acreditación de Marchante, lo que en la práctica equivale a una expulsión del país. Como escribía ayer Ilya, “Marruecos es, junto con Líbano, el país árabe con mayor libertad de prensa. Pero no la suficiente”. El año pasado, el Ministerio intentó hacer lo mismo con Carla Fibla, de la SER, y Beatriz Mesa, de la COPE, molesto por su cobertura de la situación en el Sáhara Occidental. Entonces, la vicepresidenta de nuestro gobierno llamó a la Embajada española en Marruecos y le pidió que interviniera en favor de ambas periodistas. Esta intervención evitó la expulsión.

Este año, al parecer, el gobierno español está más ocupado con otras cosas. O será que Rafa tiene la mala suerte de trabajar para unos guiris que pagan mejor y donde hay un poco menos –sólo un poco- de autocensura. Este blog no es la web de Amnistía Internacional, y ni siquiera sé qué podemos hacer para cambiar esta situación. Pero merece la pena que al menos sepáis lo que está pasando. Esta expulsión significa joderle la vida a Rafa, por la simple razón de haber hecho bien su trabajo. Y sí, hay dramas mayores en el mundo. Pero es el trabajo de tipos como él lo que permite que vosotros los conozcáis.




Rafael Marchante, con inmigrantes subsaharianos en Nador

Tipos raros


Dice mi amigo Pablo que a la gente más rara se la conoce en el trabajo. En la calle, o durante el fin de semana, los frikies se pueden esconder; pero a trabajar tienen que ir. Le doy toda la razón, aunque viajando también se topa uno con buenas piezas. Especialmente en Asia.

En este año han desfilado por mi vida numerosos elementos, desde Andy, el simpático golfista de Mumbai que se jactaba de no haber leído un libro en su vida –el otro día, por cierto, quedé con él y con su novia: estaban en Bangkok-, hasta el norteamericano misterioso en Laos que me explicó el plan de los chinos para dominar el mundo, pasando por los harekrishnas peruanos en Bangladesh, mi amigo el talibán, el bombero-buceador español que grababa en el móvil a sus amantes asiáticas sin que éstas se diesen cuenta, o la pareja de alemanes que se habían conocido por Internet para cruzar Asia, y al cabo de un mes no se soportaban, pero seguían viajando juntos. La mayoría de esas cosas ya las he explicado en otros sitios, así que no me repetiré.

A menudo, los expatriados suelen tener vidas interesantes. El mero hecho de haber decidido vivir en el extranjero tiene normalmente una explicación que merece la pena escuchar. Y hay de todo en este patio: cooperantes fascinados con el hecho de sentirse útiles, oficinistas hastiados que un día dan un puñetazo en la mesa y se largan a vivir la vida –esta es mi categoría favorita: suelen tener unos planes de lo más delirante-, aventureros de medio pelo, y auténticos, escritores en busca de experiencias, viajeros perplejos que no saben muy bien cómo han acabado en este lugar, o en cualquier otro. También, por supuesto, hay gente normal. Más o menos.

Estoy leyendo ‘Off the rails in Phnom Penh’, de un estadounidense llamado Amit Gilboa, que a mediados de los 90 decidió establecerse como periodista freelance en Ho Chi Minh City para escribir sobre el ‘milagro económico vietnamita’. Como al principio no tenía un medio que le respaldase, y, por lo tanto, tampoco una visa, cada dos meses tenía que salir del país para volver a entrar. La opción más evidente era Camboya. Y en su primer viaje se quedó tan flipado con la fauna humana que encontró allí, que decidió escribir un libro al respecto, aprovechando sus excursiones forzosas. Desde el punto de vista periodístico, la obra es discutible, pero es terriblemente divertida, y una mina de anécdotas para alegrar una o dos cenas.

Gilboa escribe: “A menudo me pregunto si Camboya desestabiliza a gente que en otras circunstancias sería racional, o si las personalidades disfuncionales se ven atraídas por este sitio”. Eso mismo he pensado yo muchas veces en mis viajes por el Sudeste Asiático. Según Gilboa, la comunidad de expats in Camboya en los 90 era “el sueño de un novelista. El problema es que la mayoría son imposibles de creer en una obra de ficción.” Y enumera unos cuantos personajes:

“Bill, un taxista de Nueva York que siempre pasa sus vacaciones en Camboya. Es capaz de hablar literalmente durante horas sin decir nada coherente.

Sansta, el sueco fumeta. Una vez le ayudé a rellenar una solicitud de trabajo, y a sus 35 años tenía un total de 13 meses de experiencia laboral.

Giovanni, un soldado italiano venido con la UNTAC [la misión de la ONU para Camboya]. Tenía tan mala fama por sus broncas de bar, que cuando se fue del país, los periódicos en inglés lo anunciaron.

Samuel, un sudafricano nervioso y asustadizo, y su hijo Richard. Hasta donde sabemos, Samuel ha secuestrado a su hijo de manos de su mujer, y se están escondiendo en Camboya.

Helmut, un ‘budista’ alemán, que cada semana tiene problemas para decidir si pasa el domingo meditando en el monasterio o fornicando en los burdeles de Tool Kok.

Rod, un norteamericano que no ha abandonado el Sudeste Asiático desde la guerra de Vietnam. Uno de sus pasatiempos es comer geckos vivos. “En los marines, aprendíamos a tragar lo que fuese”, dice.”

Como muestra no está mal, ¿no?



sábado, 21 de marzo de 2009

Camboya, Camboya

.
“Camboya es como estar siempre de tripi”
Cooperante extranjera, citada en ‘Off the rails in Phnom Penh’


Es mi cuarta vez en Camboya, la tercera en Phnom Penh. La sensación que tengo siempre es de aventura: aunque, según las descripciones que leo, Phnom Penh ya no es igual que en los noventa, cuando la gente se tiroteaba por cualquier tontería –había armas por todas partes- y uno podía saludar por la calle a un comandante de los Tigres Tamiles de Sri Lanka venido para comprar un par de misiles a un general corrupto, y el nivel de violencia es indudablemente más bajo, la ciudad sigue teniendo un punto inquietante. Supongo que es lo más cerca que puedes estar del Far West sin ponerte en peligro real.

En Camboya puedes hacer lo que te venga en gana, siempre que puedas pagarlo, desde ametrallar un coche –o una vaca- hasta comprar heroína a carretadas. Ayer, un tipo por la calle me ofreció “chicas muy jóvenes” (en otro sitio sería más escéptico sobre la edad de esas chicas, pero Camboya es hoy el primer destino mundial para los pedófilos, así que quién sabe). Pero esta cultura del ‘todo vale si tienes dinero’ funciona en ambas direcciones. Últimamente ha habido varios casos de niño rico local que se encapricha de una turista en una discoteca, el novio la defiende, los guardaespaldas intervienen, y aquello acaba muy mal. Sobre todo para el novio.

Cuando estoy en Camboya, se me pasan todas mis veleidades anarquistas. Este país enseña lo que ocurre cuando no hay estado, cuando unos tienen pistolas y otros no. Ser camboyano es una maldición, siempre a merced de la cosecha, de los matones, de las minas antipersona, de la policía, de los funcionarios del gobierno que cualquier día pueden venir y derribar tu chabola para construir un centro comercial de lujo. Hay muchos lugares donde esos problemas existen, pero no tantos donde uno esté expuesto a todos al mismo tiempo.

Según Transparencia Internacional, Camboya es el séptimo país más corrupto del mundo. Una anécdota lo ilustra perfectamente, recogida en el libro ‘Off the rails in Phnom Penh’, del periodista norteamericano Amit Gilboa: “El dinero camboyano se imprime en Francia. El responsable de esta operación asignó el contrato a una compañía con la condición de que imprimieran un lote extra de billetes que nunca se declaró, y que fue a parar a los bolsillos de unos pocos. (…)Estos tíos crearon la falsificación perfecta de su propia moneda. Por supuesto, eso es lo que hacen países en guerra para sabotear la economía del enemigo. Aquí, lo hizo alguien del propio Ministerio de Finanzas”.

**********
Viajo al oeste. Pago los dos dólares extra que cuesta ir en un autobús de lujo, con asientos más espaciosos, agua gratis y un cuarto de baño por si las moscas. Pero nadie me libra del karaoke. A mi lado, una mujer se pone a cantar a voz en grito.

Battambang. Según la guía, la arquitectura colonial francesa merece una visita, así que hago una parada de un día. Al bajarme del autobús, una maraña de conductores de tuk-tuk me aborda. Uno, que al parecer tiene bien calada la psique de los mochileros, exhibe en silencio un cartel ofreciendo transporte hasta una serie de hoteles. El mío está en la lista, así que le pregunto cuánto. ‘1000 riels’ (apenas un cuarto de dólar), dice. Debe estar realmente cerca, porque nadie da duros a cuatro pesetas, y menos en Camboya. Pero acepto.

Efectivamente, dos calles más allá, el tuk-tuk me deposita en el hotel. El conductor, Mony, me ofrece transporte suplementario por la zona, e incluso hacer de guía. Le digo que soy periodista, y que quiero ir a Pailin, a intentar entrevistar a gente que considere a Pol Pot y Ieng Sary héroes nacionales. Y entonces se desmarca con un discurso de veinte minutos en broken English sobre el período oscuro de los Jemeres Rojos.

“Ahora todos dicen que seguían órdenes de Pol Pot, que no sabían nada. ¡Cómo! ¿Millones de muertos, y no sabíais nada? Si Pol Pot siguiese vivo, sería diferente. Pero ya nunca vamos a saber toda la verdad”, afirma. Mony, como todos los camboyanos, perdió un montón de parientes durante esa época, y es un firme defensor de los juicios. Justo antes de irse, sin darse cuenta, expresa en una frase todo el drama de la Camboya contemporánea: “La entrada a la corte es libre, y yo creo que es bueno para los camboyanos ir allí y ver que realmente se está haciendo algo para meter a los asesinos en la cárcel. Pero, ¿cómo van a ir? La gente no puede perder un día de trabajo, tienen que comer”.

Los empleados del hotel contemplan un combate de boxeo entre orangutanes. Doy un paseo por Battambang. Los soplagaitas de la Lonely Planet, capaces de lo mejor y de lo peor, me han vuelto a tomar el pelo*.

*De todas formas, uno prefiere el entusiasmo desmesurado de esta gente al pesimismo descorazonador del catalán que escribió la Guía del Trotamundos que me llevé a Siria. Para él, todo era “prescindible”, “sin mayor interés”, “olvidable”, “monótono” o “aburrido”, y encima, los pocos datos que daba en los pocos lugares que reseñaba eran erróneos o inútiles. Poco antes de cruzar la frontera con Líbano, en un acto catártico, Alberto Sastre y yo quemamos el librajo en una plaza pública. Pero, como diría Kipling, esa es otra historia…
.

martes, 17 de marzo de 2009

Un tipo con talento


Dado que este blog todavía versa sobre Asia, voy a aprovechar para mostraros el trabajo de uno de los tipos que más admiro: el fotógrafo estadounidense Steve Mc Curry, que se ha trabajado este continente de cabo a rabo. He visitado varios de los lugares que él ha fotografiado, y he de reconocer –no sin desánimo- que yo jamás hubiera sido capaz de hacer esa misma imagen. En mi opinión, nadie maneja el color como él.


Os animo a que busquéis cosas suyas en Internet. Hay cientos de fotos más como estas. El hijo de puta, indudablemente, tiene talento.














Slumdog Millionaire



El otro día estuve en casa de David Jiménez, el corresponsal de “El Mundo”, ayudándole a editar un video que había rodado en India. El tema de la pieza era “El verdadero Dharavi”, el slum o barrio de chabolas de Mumbai en el que se ambienta ‘Slumdog Millionaire’, la cinta que ha ganado el Óscar a Mejor Película (y otros siete) este año.


Cuando estuve en Mumbai pensé en visitar Dharavi, que es uno de los slums más grandes del mundo, y además es excepcional porque está en el mismo centro de la ciudad. Un periodista local me dijo que entrar allí con una cámara era bastante peligroso –y yo ya había tenido un encontronazo con una mafia local en el lavadero de Dhobi Ghat-, así que desistí. Pero vistas las sonrisas que la gente dirigía a David en su video, el muchacho se equivocaba de cabo a rabo*. En aquellos días andaba yo leyendo ‘Shantaram’, donde hay cientos de historias maravillosas, de vida y pasión, que ocurren en los slums cada día, y se me ocurrió que ahí había un documental magnífico, simplemente contando la lucha diaria de la gente. Un mes después llegó Danny Boyle con su película, y arruinó todas mis pretensiones de ser original…


Ayer la ví, y he de decir que el cabrón –con todo el cariño- de David lo había clavado. Las mismas callejuelas hediondas, el mismo canal pestilente, las mismas cabras semisalvajes, los mismos niños de sonrisa lunar. Hasta el mismo barbero, creo yo. O uno igualito.


No sé si me gustó ‘Slumdog Millionaire’. Para empezar, el ritmo de videoclip, la cámara eternamente inclinada, me resultó irritante. La película intenta imitar el estilo indio de hacer cine, pero se queda a mitad de camino: demasiado frenética para Hollywood, demasiado convencional para Bollywood. No sé si me creo el argumento; pero tampoco me creo las películas indias, y al fin y al cabo, al cine uno va a soñar. (¿Por qué dudo? A primera vista, la historia de un joven analfabeto que va a un concurso de la tele y se hace millonario, por amor y porque la vida le ha enseñado todas las respuestas, parece inverosímil. Pero India es un país donde hay gente que vive con la cabeza enterrada en el suelo, donde se investiga si la orina de vaca sagrada puede curar el cáncer, donde los gángsteres se dejan matar por amistad, y donde un hombrecillo flaco y semidesnudo, con la fuerza de sus palabras, logró quebrar el Imperio Británico. Si hay algún sitio donde puede ocurrir, ése es India).


[AVISO: Ahora voy a contar cosas que pasan en la peli. Lo digo para los puristas…]


Muchas cosas de la película, empero, son bastante reales: la mutilación de niños mendigos para hacerlos más lastimeros y eficaces, la admiración, rayando en la idolatría, hacia el actor Amitabh Bachchan –hay una leyenda urbana que dice que si en India tiras un dardo hacia atrás, sin mirar, tienes un 50 % de posibilidades de que caiga en una foto de Bachchan-, los linchamientos de musulmanes a manos de hinduistas radicales** mientras la policía se cruza de brazos. En el estado de Gujarat, en 2002, cuatro mil musulmanes fueron apaleados hasta la muerte o quemados vivos por estas milicias (los policías tenían órdenes del gobernador de no intervenir), aunque ignoro si estas cosas pasan también en Dharavi.


Y hay dos cosas que son soberbias. Una es el carisma de los niños actores, sacados de las mismas calles de Dharavi. La otra es la espectacular fotografía, que no sé si impresiona más a los que hemos estado en India, o a los que no. El documental que yo hubiera hecho no se parece en nada a ‘Slumdog Millionaire’, y creo que yo me habría perdido estos dos elementos. Sólo por eso, merece la pena acercarse a verla.


*La percepción de los locales sobre el peligro es a menudo exagerada. Cuando vivía en El Cairo, la mayoría de los egipcios de clase alta con los que traté estaban convencidos de que el centro de la ciudad estaba repleto de ladrones y asesinos. “Pues si vais a Barcelona por la noche, flipáis”, pensaba yo. En fin… Mi abuela ve los informativos de Antena 3, y se cree que España es un pozo de crimen y violencia. Por si acaso, como decía el comisario Frank Furillo en ‘Canción Triste de Hill Street’: “Tengan cuidado ahí fuera”.


**Si se considera generalmente aceptado el término ‘musulmán’ para designar a los seguidores del Islam, e ‘islamista’ al uso político de esta fe, considero que lo mismo cabe hacer con las palabras ‘hindú’ e ‘hinduista’. Aunque acepto otras opiniones.


lunes, 16 de marzo de 2009

Vida de un terrorista


Amir Ajmal Qasab, en la estación Victoria Terminus

Por casualidades de la vida, me encontraba en Mumbai una semana después de los atentados. La ciudad estaba en estado de shock todavía: compré varios especiales de revistas sobre el asunto, y la gente, por la calle, me pedía hojearlos. Los que no sabían inglés, o incluso leer, miraban las fotos, en busca de imágenes que no hubiesen visto todavía. Visité los lugares de la carnicería: la estación Victoria, donde todo había vuelto a la normalidad en un tiempo record; la fachada quemada del Hotel Taj Mahal (el de Esperanza Aguirre); y el café Leopold, muy popular desde hace décadas entre los extranjeros, donde se podían ver los agujeros de bala en ventanas y techo. Pero lo que más me impresionó no fue la piedra herida ni la parafernalia paramilitar, sino una simple nota en una mesa: la de la plantilla del Leopold, pidiendo ayuda económica para la familia de un camarero muerto. La expresión más cruda de lo que es el terrorismo.


Llegaron por mar, en una lancha neumática. Unas horas antes, habían ejecutado a sangre fría a la tripulación del pesquero Al Kuber, a quienes habían engañado para que les transportasen hasta la costa. A las 6:30 a.m., seis hombres con mochilas desembarcaron en el arrabal de pescadores de Machchmar, desde donde se dividieron en varios grupos. Uno, compuesto por Mohammad Amir Ajmal Qasab y Abu Ismail Khan, se dirigió a la estación Victoria Terminus, donde comenzaron a disparar contra la multitud con rifles AK-47. Otro grupo se dirigió al Leopold, esperó en la puerta durante diez minutos, sacaron las ametralladoras de sus mochilas, disparó contra los clientes, y después se encaminó lentamente hacia el hotel Taj Mahal, abriendo fuego contra los peatones y paseantes que encontraban en su camino. Un tercer grupo atacó el Hotel Oberoi, seguido de la Nariman House, donde se hallan los cuarteles del movimiento judío Chabad Lubavitch.


Qasab y Khan, tras la masacre de Victoria Terminus, se dirigieron al hospital Cama, para intentar tomar algunos rehenes. El asalto fracasó por la resistencia armada de los guardias de seguridad, por lo que Qasab y Khan secuestraron un coche e intentaron huir. Una patrulla de policía les detuvo. Los terroristas abrieron fuego, matando a varios agentes. Khan fue abatido. Qasab, herido, dejó caer su Kalashnikov, y fue apaleado con bastones por los policías indios hasta quedar inconsciente.


Mientras tanto, se envió a las fuerzas especiales de la policía y el ejército a la Nariman House y el hotel Taj Mahal, donde acorralaron a los terroristas. Tras sesenta horas de combates, todos los asaltantes habían muerto. El balance de víctimas era de casi 180 muertos y más de tres centenares de heridos.


Esta semana, la inteligencia india ha hecho pública la confesión de Qasab –que sólo tiene 21 años-, en la que relata su propia vida. Es digna de leerse: nacido en la misérrima aldea de Faridkot, en el Punjab paquistaní, se crió en un entorno no especialmente religioso. Qasab fue un adolescente rebelde, con ganas de prosperar. En 2005 se escapó de casa y tras cierto vagabundeo aterrizó en la ciudad comercial de Rawalpindi. Un amigo y él intentaron sin éxito encontrar trabajo, por lo que se volcaron en la delincuencia y los pequeños hurtos. Empezaron a planear asaltos a casas de comerciantes ricos. Pero para eso necesitaban un arma.


Rawalpindi está llena de armerías, pero no es fácil conseguir un arma sin licencia. Sus torpes movimientos en ese sentido llamaron la atención de los reclutadores de Lashkar-e-Toiba, un grupo yihadista ambiguamente relacionado con el ejército paquistaní y dedicado a realizar incursiones armadas en la Cachemira india. “Se nos ocurrió que incluso si conseguíamos armas de fuego, no sabíamos cómo utilizarlas. Decidimos unirnos a LET para adquirir entrenamiento”, confiesa Qasab.


Ambos jóvenes fueron enviados a un campo de entrenamiento en Muridke, donde se les sometió a un duro proceso de adoctrinamiento y preparación física. Después, Qasab pasó a otro campamento en el lado paquistaní de Cachemira, donde se le entrenó en el manejo de armas y explosivos y en contrainteligencia. A los pocos meses, un alto comandante de LET le seleccionó para una misión “especial”. El resto es historia.


La pregunta, entonces, es ¿por qué? ¿Por qué alguien querría cometer una barbaridad semejante? Lo primero que viene a la cabeza es Al Qaeda y los grupos inspirados por ésta, como el del 11-M. Lashkar-e-Toiba no es Al Qaeda, y lleva años perpetrando masacres en nombre de la liberación de Cachemira, aunque éste supera en amplitud, preparación y crueldad a todo lo anterior. Pero de todas las posibles explicaciones, la que me parece más plausible es también la más escalofriante: la matanza habría sido orquestada por el ISI, el servicio secreto paquistaní –que ya ha utilizado los servicios de LET anteriormente-, no en beneficio de la causa kashmiri, sino con el propósito de debilitar al gobierno civil de Zardari. El ataque, calculaban, provocaría una respuesta militar india, lo que permitiría a los militares volver a tomar el poder que perdieron con la caída de Musharraf el año pasado.


Desde luego, eso es lo que piensa la CIA –o al menos lo que ha dicho que piensa-, y por eso el gobierno indio de Mamnohan Singh, asesorado por el Departamento de Estado de EE.UU., decidió no emprender una acción militar, en contra de los deseos de su propia opinión pública, sino actuar por la vía diplomática. Zardari se mostraba dispuesto a colaborar, aunque sin el respaldo de su propio servicio secreto, poco puede hacer.


Hace unos días, el mismo tipo de comando, con una preparación y una logística similar a la de los atentados de Mumbai, atacó al equipo de cricket de Sri Lanka. El ISI, le da a uno por pensar, lo sigue intentando.


domingo, 15 de marzo de 2009

Cachino


El colonialismo portugués fue un poco menos antipático que el británico o el francés. Aunque brutal en algunos momentos, el conquistador portugués no tenía reparos en llevarse a la nativa a la cama, y, si la cosa se terciaba, procrear con ella, y hasta enamorarse. No es que los portugueses creasen muchas escuelas y hospitales, pero al menos, cuando lo hacían, eran para todo el mundo. Esa es la razón por la que hoy día, en un rinconcito del mundo llamado Macao, haya un montón de chinos que hablan portugués.


Macao es algo completamente inaudito. Goa, la colonia portuguesa en India, por ejemplo, tiene un toque euroatlántico, pero sigue siendo inconfundiblemente india. Pero Macao ES Lisboa, aunque con chinos. Y con casinos, que hacen que los de Estoril parezcan un bar de pueblo.


Uno pasea por Macao y le entran ganas de cantar fados. En voz baja, eso sí. Comparte con Lisboa el empedrado y el embaldosado, las cuestas, el mismo clima melancólico de cielos que no saben si echarse a llover o no. ‘Saudade’ meteorológica.


Pero llega la noche y China brota de no se sabe donde. Será el neón, que uno no encuentra en Portugal. Serán los restaurantes de ‘noodles’ y el olor a comida callejera, aromas que un portugués raramente toleraría. En Macao, la noche es de los jugadores. Los casinos están prohibidos en China, pero por tradición se mantienen en esta península. Y los picatostes del Partido Comunista, cada vez más, vienen aquí a perder grandes cantidades de dinero público, a pesar de las llamadas al orden del Comité Central.



Los casinos son espectaculares, desproporcionados. Me dicen que junto al aeropuerto existe incluso una reconstrucción gigantesca de Venecia, con canales y gondoleros. Las joyerías abren toda la noche, por si a alguien, tras un arranque de fortuna en la ruleta, le da por comprarle un collar de diamantes a la querida, antes de que se le pase la euforia nocturna.


Pero avanza la madrugada, y uno ve fantasmas, la figura triste de hombres cabizbajos, con la corbata desatada y las manos en los bolsillos, con el aire desesperado del que lo ha perdido todo y no sabe si decírselo a la parienta o tirarse al mar desde el muelle. Los que veo esta noche son chinos, pero ese sentimiento es universal.


sábado, 14 de marzo de 2009

Elogio de Hong Kong


En Hong Kong, cada esquina es un decorado. Mire uno donde mire, parece estar contemplando el set de una película. Dan ganas de ponerse a espiar. Para quien sea. Hasta para los franceses.

En Hong Kong, a uno le entran ganas de hacerse capitalista. No estuve aquí en los setenta, ni he estado en el resto de China, así que no puedo saber qué parte de todo lo que me rodea es atribuible a una buena gestión capitalista y qué al nuevo gobierno chino. Pero hoy día todo está limpio, ordenadito, y funciona de maravilla, y hay que pagar por ello.

En todo caso, no es una ciudad amable para ser pobre (¿acaso hay alguna?). Pero al menos, Hong Kong permite soñar. Aquí, si uno consigue reunir un pequeño capitalito y trabaja como un ilustre ciudadano de la nación china, puede llegar a hacerse rico. Desde luego, mucho más fácilmente que en Madrid. Y todas esas tonterías socialdemócratas que pensamos algunos sobre que el dinero no da la felicidad, son aberraciones de pequeñoburgueses que se han criado con el estómago lleno. Que se lo pregunten si no a cualquier chaval de la calle en este continente…

Hong Kong es de esos experimentos que hacían los ingleses, de estar en China pero sin estarlo, y les salió bien. Imagina: haber crecido en Hong Kong, y dominar el chino (y ser blanco, que si no no tiene mérito). ¿Puede haber algo más ‘cool’? No es como tener un Ferrari, pero casi.

Pero después de una semana en Hong Kong, empiezo a estar hasta los cojones, y me quiero ir a Bangkok… Todo tiene un límite.


El Honorable Colegial


El maestro de la literatura de espionaje, John Le Carré, tiene una deliciosa novela, “El Honorable Colegial”, que arranca en Hong Kong, en el Club de Corresponsales Extranjeros. Los personajes son un grupo de periodistas anglosajones bastante arquetípicos –pero es que los periodistas anglosajones en la vida real también son arquetípicos-: el autoritario veterano bregado en los años de la Revolución China, y que “se había sacudido más arena de los calzoncillos que ningún otro”; el lacónico fotógrafo sudafricano fascinado con la muerte, a quien los demás llaman ‘Deathwish the Hun’; el joven reportero alocado en busca de aventuras que descansa en Hong Kong de los teatros de guerra de Vietnam y Camboya. Para todos ellos, “Hong Kong era un aeródromo, un teléfono, una lavandería, una cama”. La novela es del 74, cuando los norteamericanos ya habían salido de Vietnam pero Saigón aún no había caído y la pesadilla de los Jemeres Rojos no podía ni concebirse. Para los periodistas, probablemente fue la última guerra memorable, cuando uno podía plantarse allí con una Nikon de medio pelo y una carta del “Wichita Herald” o el “Diario de Toledo”, hacerse con un carnet de prensa, ser transportado en helicóptero a todas partes, y hacerse famoso. Como dice cínicamente Michael Herr en su asombroso “Despachos de guerra”, “no tuvimos infancias felices, pero tuvimos Vietnam”.


Estuve en el Foreign Correspondent Club de Hong Kong y no me dejaron entrar –sólo para miembros-, pero puedo imaginármelo, porque conozco el de Bangkok: tipos que se aburren, con amantes chinas, tailandesas, camboyanas, implicados en la política regional –ahora el gran tema es Birmania; en los ochenta y noventa fue Camboya, y antes que eso, Vietnam; y antes que eso, Laos, y antes, aún, de que existiera el FCC de Bangkok, fue China…-, haciendo un alto en Tailandia antes de emprender viaje a cualquier parte. Son unos batallitas: cada vez que un grupo de estos se reúne, la conversación trata sobre las experiencias de cada uno en Malasia, Filipinas, Sri Lanka. Y esto no se limita sólo a los periodistas. También los trabajadores internacionales, los empresarios, el cuerpo diplomático. Incluso los profesores.


(Existe otro perfil de expatriado, el de la “apuesta única”, alguien que se enamora de un país –o, más frecuentemente, de una paisana-, y decide dedicar su vida a aprender la cultura, el idioma, la historia… Suele salir bien si tu amor es, pongamos, el muay thai. Pero con las mujeres asiáticas, como ya he comentado en otra parte, las decepciones suelen ser amargas, y frecuentes…)


Porque Asia, cada vez me parece más claro, es un espacio geográfico no limitado por las fronteras terrestres. La globalización ayuda, por supuesto. Pero para mucha gente, Asia es un estado mental. Es imposible ir a Bangkok y no visitar Angkor Wat, Luang Prabang, Kuala Lumpur. En esta zona, los expatriados viven dos años en Japón o Manila y después se mudan a Bangkok, y el que aprende khmer no tarda en adquirir el malayo, el thai o el tagalo. Asia es una forma de vida. Un milagro interétnico como el de Singapur (donde no hay un singapurense puro, sino cuatro: chinos, tamiles, malayos y caucásicos-blancos) sólo es posible en este continente: en Europa no se ha visto nada igual desde Salónica. Los guardias de seguridad en Hong Kong son gurkhas nepalíes, los sastres son indios en todo el continente, los restaurantes tailandeses florecen como setas en India, y los chinos están en todas partes: son los judíos de Asia. Y los birmanos, los camboyanos, los bangladeshíes, los indonesios, son la mano de obra de todo el desarrollismo asiático.


Por eso, Le Carré, normalmente muy comedido en sus propuestas geográficas, escribe sobre Hong Kong, “punta de lanza del imperialismo contra la revolución maoísta”, y no puede pararse allí, y nos lleva, inevitablemente, a Vientiane, a Bangkok, a Phnom Penh. Sus espías saltan de un país a otro sin recato alguno: Asia ya era pequeña entonces. Imaginad ahora, que hay vuelos low-cost.


Y mejor no os cuento el final.



sábado, 7 de marzo de 2009

Lluvia en Kowloon

El haberme pasado toda mi vida adulta chupando millas cada vez que el tiempo y el dinero me lo permitían tiene su lado bueno y su lado malo. Uno regresa a Bangkok, a El Cairo, a Tánger, a Phnom Penh, y es como un acto reflejo: las cosas suceden de forma automática, suave, sin tener que pensarlas. Pero a veces hay ciudades nuevas, y entonces me entra el, llamémosle, “pánico al lugar desconocido”. ¿Qué haré al llegar? ¿Encontraré un hotel? ¿Me perderé? Hong-Kong, por algún motivo, me asustaba más que otros sitios. Tal vez era el peso mitológico de China, o esa conciencia de gran ciudad. Miedo irracional: no sabía nada de Hong-Kong, y uno teme lo que desconoce.

Pero la llegada resultó sorprendentemente fácil: todo está en inglés además de en chino, y el sistema de transportes está muy bien organizado. Tenía una dirección a la que acudir –lo más importante de todo-, y un autobús desde el aeropuerto que me dejó en la misma puerta.

La Mirador Mansion, donde aterricé, es una estructura compleja, terrorífica. Es como una corrala de cemento descascarillado, un laberinto de patios interiores, de viviendas amontonadas comunicadas por un sistema de terrazas, de escaleras ilógicas, de pasarelas alargadas donde se aprovecha hasta el último centímetro. De los balcones cuelga la ropa húmeda de la colada de los vecinos. Los pisos bajos están tomados por los sastres indios, los comerciantes pakistaníes, las tiendas de mochilas, de teléfonos móviles, de pornografía de los chinos del continente. En los alrededores, las prostitutas indias exhiben sus encantos en silencio. En las paredes de baldosa hay pegatinas alertando contra los posibles carteristas. En el ascensor, un póster enorme de la policía de Hong Kong aconseja apoyar la mochila contra la puerta de la habitación, para evitar que te roben mientras duermes.

Me alojo en una pensión que, para los estándares de la zona, parece próspera. Mi habitación no supera los cuatro metros cuadrados –cinco si contamos el baño-ducha-: apenas una cama, un pasillo de un palmo de ancho, un pequeño mueble con un teléfono, y una tele extraplana adosada a la pared. Si quieres verla, tienes que ponerte de pie, apoyado contra la puerta. Pero el cuarto está limpio, y los que regentan la pensión –una china de pelo corto llamada Lisa, y un hombre mayor que no me queda claro si es su padre o su jefe- son muy amables.

Llueve. Eso me libera de la tiranía de la cámara, pero también me deja huérfano de actividad. He ido al museo, y me he enterado de cómo este antiguo peñasco que no era más que una aldea de pescadores se convirtió en una de las grandes metrópolis mundiales en tan sólo siglo y medio. La exhibición se me antoja un encaje de bolillos para conciliar el pasado británico sin ofender la legitimidad de su pertenencia a China (por ejemplo, todos los elementos negativos -como la prohibición de circular por la noche sin una autorización, que afectó a los ciudadanos chinos hasta los años 50-llevan el adjetivo “británico” en un lugar u otro. Cuando esa misma autoridad –británica- hizo algo positivo, como una reacción rápida ante una catástrofe, la responsabilidad es atribuida ambiguamente al “gobierno”, sin más), pero eso no quita que sea una de las más espectaculares y didácticas que haya visto nunca.

Regreso a la costumbre, abandonada desde que llegué a Asia, de comer de supermercado mientras viajo. Pero dado que no encuentro “supermercados” tal y como yo los concibo (sí veo, en cambio, tiendas de comida china: aletas de tiburón en salazón, pieles de serpiente, ginseng, bacalao seco, millones de cosas que no logro identificar), al final la cosa se reduce a unos sándwiches del 7 Eleven.

Segundo día: sigue lloviendo. Intento trabajar en el cuarto durante un rato, revisando cintas, tomando notas. La habitación no es de aquellas que inviten a quedarse en ella. No aguanto más y salgo a la calle. Ya es de noche. El titular del South China Morning Post anuncia que el gobierno ha prohibido los cigarrillos electrónicos. La lluvia es fina, pero suficiente para empapar al que camine al descubierto. Las cornisas guían mi camino. Estoy en Kowloon, en el área que pertenece al continente, y no en la propia isla de Hong Kong. Hace frío, y yo estoy frustrado y aburrido. Pienso en aceptar una invitación a una casa de masajes. Pienso en meterme en una mezquita. Pienso tantas cosas absurdas…

De repente, doblo una esquina, y entre edificios entreveo algo que me deja boquiabierto. Me arriesgo bajo la lluvia y salgo al paseo marítimo. Enfrente, la línea costera de la isla de Hong Kong. 180 grados de rascacielos iluminados.

Por un rato, deja de llover.