domingo, 28 de junio de 2009

Relámpagos anaranjados



Primero uno los ve pasar, relámpagos anaranjados lanzados entre el tráfico imposible de Bangkok. Después, un día, se atreve a tomar uno de ellos, y de repente los atascos parecen cosa del pasado: se ha pasado a ingresar la cofradía de las dos ruedas.


Son los moto-taxistas, que no son una institución exclusiva de Tailandia. Pero en Bangkok, cada pocos metros se encuentra uno con un grupo de hombres con chaleco naranja, mascarilla y un espíritu más o menos burlón. Los tailandeses los utilizan con asiduidad, siempre que el monzón lo permita.


De vez en cuando, uno ve a un turista discutiendo acaloradamente el precio de la carrera con un moto-taxista. Es inútil: el motorista está diciendo la verdad. Los extranjeros suelen pensar que la motocicleta debería ser más barata que el taxi de cuatro ruedas, pero esto sólo es así en las carreras cortas, de un par de calles. El motivo es que cada motorista trabaja en una zona concreta; si el destino del viajero está fuera de ésta, hay que pagar el doble, porque el motorista hace el viaje de vuelta de balde, cosa que no ocurre con el taxi.


Los moto-taxistas, además, se toman esa cuestión bastante en serio. Es casi imposible convencer a uno de que nos recoja en una zona que no es la suya. Y si lo hace, mirará a ambos lados de la calle, se quitará el chaleco, y mantendrá un perfil bajo para evitar ser reconocido por un compañero. Si le descubren trabajando en una zona que no es la suya, le darán una paliza. Es una mera cuestión de supervivencia en una ciudad bastante dura para las clases bajas.


"Ganamos entre 300 y 400 baht al día (entre 6 y 9 euros)", comenta Toi, un inmigrante de la zona de Isaan, la región más deprimida del país. Algunos de estos muchachos acabarán matándose una noche en una carrera ilegal de motos, en las que los accidentes están a la orden del día. Pero es fácil entender por qué se la juegan: por el placer de la velocidad, para olvidar a golpe de acelerador una existencia miserable, por un premio que multiplica por veinte las ganancias de una semana de trabajo.



martes, 23 de junio de 2009

Arrojar piedras


Estoy en el barrio árabe de Bangkok, disfrutando del raro privilegio de una shisha y una cerveza al mismo tiempo. Cuando aterricé aquí directo desde El Cairo, esta zona me sirvió de cámara de descompresión, y ha seguido siendo uno de mis lugares favoritos en la ciudad. Ahora que vuelvo a Oriente Próximo, donde llevo un par de meses que estoy pero no estoy, la música de laúd, los neones en árabe y el humo dulce de la pipa de agua me ayudan a hacerme a la idea de que sí, me estoy yendo. Vivir en período de prórroga es estresante. Delante de mí, el asfalto está mojado por la lluvia monzónica de media tarde. Es, pues, una escena extraña.


En este tiempo me he hecho amigo del sirio que está al cargo, Bassem. Habla un poco de español, porque vivió unos años en Venezuela. Entre su magro castellano y mi árabe más magro aún, nos vamos entendiendo, y nos echamos unas risas. Los camareros, en cambio, son birmanos. Hablan inglés, pero normalmente permanecen en silencio en un rincón, salvo cuando están sirviendo las mesas.


Hoy, la cerveza sabe más amarga que de costumbre. He vuelto de Mae Sot sabiendo dos o tres cosas más sobre mí mismo. Lo que me deprime no es la situación de esos birmanos, sino el que la situación de esos birmanos no me deprima. Yo ya sabía cómo estaban las cosas antes de ir allí. Lo del vertedero, lo reconozco, me impresionó más de lo esperado. Pero el resto es una vieja historia: un proyecto para exprimir a los que no pueden protestar. Como las 'maquiladoras' –las cadenas de montaje de electrodomésticos gringos- en Ciudad Juárez y Tijuana, como los campos de fresa en Cataluña, como las fábricas de la costa en China. Son tantas y tantas injusticias… Y uno se cabrea intelectualmente, pero ya no le hierve la sangre de furia. Claro, no se puede sentirlo por todos, todo el tiempo. Así, hasta que se deja de sentir.


Los hay que pretenden haber dado con la cuadratura del círculo al ejercer el periodismo: una profesión con glamour, en la que se viaja, se gana dinero –sólo en los medios anglosajones-, prestigio y fama, y además se está salvando el mundo. El problema es que ese esquema, simplemente, es falso. En teoría, es fácil justificar el trabajo de un periodista: uno va, ve, lo cuenta, y espera que algo cambie. Pero nada cambia.


(A veces sí, si uno es un fotógrafo del ‘New York Times’ que documenta una matanza de kosovares, al día siguiente el presidente Clinton se desayuna con la foto, y da la casualidad de que bombardear, pongamos, Belgrado, no va en ese momento en contra de los intereses de Washington. Pero yo no trabajo para el ‘New York Times’. Si el ‘Guardian’, ‘Newsweek’ y ‘The Economist’ han escrito artículos sobre la situación de los birmanos en Mae Sot y no ha pasado nada, ¿qué puedo esperar de un video para una desconocida web holandesa?)


Yo estoy en esto para aprender, y eso debería ser justificación suficiente para meterme hasta el fondo de una ciudad-vertedero. Me gustaría, qué duda cabe, que además mi trabajo sirviese de algo. Pero cuando estoy enfocando a la anciana del rastrillo con mi cámara, no estoy pensando en lo dura que es su vida y en cómo puedo ayudarla, sino en lo buenas que son las imágenes. Hay algo pornográfico ahí, claro. Ese es mi trabajo, me digo. Pero es un trabajo que he elegido yo.


Hace unos días, Pablo Andreolotti, un amigo fotógrafo muy dotado que vive aquí en Bangkok, contaba que una vez, al salir de su hotel en Yakarta, vio una imagen de premio: dos niños de la calle esnifando pegamento contra un muro de colores. No llevaba la cámara encima, así que subió a la habitación a por ella. Pero mientras la cogía, decidió no hacer la foto. No aportaba nada nuevo: “Si al menos la gente no supiese que los niños de la calle de Yakarta esnifan pegamento…”. Se dio cuenta de que si tomaba esa fotografía, iba a ser sólo uno más de esos que, de algún modo, obtienen un beneficio a costa de esos niños, se aprovechan de su miseria. Es uno de los constantes dilemas de los que nos dedicamos a esto, y cada uno se busca su coartada moral. Pero sé que yo hubiera hecho la foto. Me pregunto por qué. Y tengo miedo de responderme.


En la calle, una anciana cojea una limosna, y, como siempre, le digo que no. Una limosna, por supuesto, no resuelve nada, y hay demasiados mendigos. La solución está en otra parte. Aunque no creo que yo esté buscándola. Miro a la vieja, miro a los camareros birmanos, y no puedo sentir compasión –aunque la racionalice-. Aquellos que trabajan con grandes tragedias –equipos de socorro, cirujanos, policías- necesitan separarse emocionalmente de lo que ven, o de otro modo no podrían desempeñar bien su tarea. Pero esto es diferente: es una mera callosidad emocional. Como no se puede empatizar con todas las tragedias, uno va empatizando menos cada vez. La enfermedad del cinismo, lo llaman algunos. Inevitable, tal vez. Pero no tiene por qué gustarme.


Ramón Lobo siempre cita a Marta Gellhorn, una periodista excelente –y mujer de Hemingway por un tiempo, hasta que él no pudo soportar los celos profesionales-, quien solía decir: “Mi trabajo es como arrojar piedras en un estanque. No tengo forma de saber hasta dónde llegan las ondas, pero al menos tiro piedras”. Cuando yo era estudiante de periodismo en Madrid, tenía una cita del iraní Abbas escrita en el armario: “Los fotógrafos no podemos cambiar el mundo, pero podemos mostrar por qué el mundo tiene que cambiar”. Bellas palabras, pero esta noche no me sirven.


viernes, 19 de junio de 2009

Un día largo


Está siendo uno de esos días que uno recuerda toda la vida: por la mañana, Gaspar y yo nos hemos colado en una fábrica para ver cómo viven los trabajadores inmigrantes. Después, hemos ido al Puente de la Amistad, a una manifestación que se supone va a cruzar la frontera con Birmania (aunque ni lo hará, ni la veremos).


Llevamos unos días intentando ir al campo de refugiados de Mae La. El problema es que el acceso está prohibido a periodistas, así que uno debe ingeniárselas de forma heterodoxa. Hay ONGs y organizaciones políticas que pueden meternos, pero piden 100 dólares por cabeza, “por transporte y traducción”, y, se entiende, un soborno para los guardias de la puerta. Pero eso difícilmente entra en el presupuesto de un freelance que cobra por pieza, no por los gastos, y además, dicen, no nos aseguran que podamos filmar dentro.


En este campamento, más de 40.000 ciudadanos de Birmania, la mayoría de ellos de etnia karen, sobreviven de la ayuda humanitaria. Un campo de refugiados es por definición algo temporal, pero algunas de estas personas llevan casi veinte años aquí, sin esperanzas de mejora. En teoría no pueden salir, pero muchos se escapan cada día para ir a trabajar a las fábricas de Mae Sot, que se aprovechan de esta mano de obra desesperada. Para poder salir tienen que pagar un soborno a los guardias de la puerta. Se da la circunstancia de que oficial encargado de ese campamento es el único responsable policial que ha rechazado un ascenso en toda la historia de Tailandia. El motivo es obvio: las ganancias obtenidas de los sobornos son muy superiores a los potenciales beneficios de ascender en el escalafón.


Al parecer, hay otro modo de entrar. Tom, un voluntario estadounidense cincuentón que se aloja en el mismo hotel que nosotros –y de quien algunos cooperantes creen que es un agente de la CIA-, nos dice que el problema es la puerta principal, pero que hay varios accesos laterales al campo. Podemos viajar hasta allí en songkeow (literalmente, “dos bancos”, las camionetas de transporte entre ciudades en la Tailandia rural, en cuya parte trasera hay dos bancos para sentarse, de ahí el nombre), y bajarnos justo antes de llegar al campamento, bordearlo y entrar por una de las puertas laterales.


Como cada día, llueve a raudales. Pero estamos en racha, y Gaspar insiste en que debemos intentar lo del campamento. Tomamos, pues, un songkeow.

- ¿Mae La?

- Sí, Mae La.
Durante el camino, pienso que ésta es la peor idea que hemos tenido en mucho tiempo: no vamos a poder entrar, y vamos a tener que esperar una hora bajo la lluvia hasta que pase la camioneta que nos lleve de vuelta a Mae Sot.

Llegamos a un cruce de carreteras. El chófer nos indica que por ese camino se va a Mae La. En la esquina hay un checkpoint de soldados.
- Vamos a empezar a andar como si no pasase nada. - dice Gaspar. Tomamos el sendero que lleva hacia la jungla. Los soldados no se mueven.
Llevamos un impermeable de plástico barato comprado en el 7Eleven, más una bolsa de basura que un verdadero chubasquero, pero eso no impide que nos mojemos brazos, pantorrillas y cabeza. Al menos la cámara está protegida, pienso.

Caminamos un kilómetro por la carreterita de la jungla, sin que aparezca nada en el horizonte. De repente, una moto. Hacemos gestos para que pare.
- ¿Mae La?, preguntamos. Asiente con la cabeza: va a llevarnos hasta allí. Nos montamos los tres en la moto, estilo sudasiático. La lluvia me golpea en la cara; mis gafas están empapadas y no veo nada. Si la moto patina en un charco, se me ocurre, nos matamos. La moto serpentea por la carretera hasta llegar a una aldea. Pagamos a nuestro improvisado taxista, y nos adentramos en la localidad. Preguntamos a los vecinos:
- ¿Mae La?

- Sí, Mae La.

- ¿Birmanos?

Nos miran estupefactos. Nuestro tailandés no da para más (¿cómo carajo se dice “campo de refugiados”?). Aquello parece una aldea bastante corriente. Al final, abordamos a una chica que parece espabilada:
¿Hay alguien aquí que hable inglés?
- Sí, haa-lii.

Le grita algo a una vecina: Haa-lii? Sí, está en casa. La chica nos lleva hasta la puerta.
Haa-lii resulta ser Harry, un norteamericano de los Cuerpos de Paz -¿otro agente de la CIA?-, que nos explica que aquello es la aldea de Mae La, no el campo de refugiados. No está muy lejos, como a diez kilómetros de allí, aunque lo de la entrada va a ser complicado. Pero viene con nosotros hasta la entrada de la aldea, donde una pareja de moto-taxistas se protege de la lluvia bajo una choza, y negocia el que nos lleven hasta el campamento.

Las motos salen zumbando por el sendero de la jungla hasta la carretera principal, bordean el checkpoint, aceleran. Y a estas alturas, me importa poco la lluvia, me importa poco entrar o no en Mae La, me importa poco el que la moto pueda patinar e irse a la cuneta en cualquier momento: el aire fresco me llena los pulmones, frente a mí está la muralla verde de la jungla, y me siento más vivo que nunca.


Entonces, deja de llover, y en un extremo de la carretera aparece el campamento de Mae La… Situado entre montañas, en un paisaje idílico, parece más una aldea tradicional que un campo de refugiados. La puerta está abierta. Pero nada más entrar, dos policías, ocultos en una esquina, se levantan y nos expulsan de malos modos. Seguimos con el plan previsto: bordeamos el campamento en dirección oeste, y allí encontramos un agujero en el alambre de espino, por el que nos colamos. Sacamos las cámaras y hacemos nuestro trabajo.


jueves, 18 de junio de 2009

Recordad Tiananmen


La situación es una muestra de cuán fácil es malinterpretar las cosas basándose en unas imágenes descontextualizadas, sin análisis. Probablemente ha habido un fraude electoral en Irán: hay ocho millones de votos que han aparecido de la nada, los resultados se anunciaron en poco rato –cuando la ley iraní dice que debe hacerse en 72 horas-, y los candidatos opositores han sido barridos con porcentajes de hasta un 93 %, incluso en sus localidades natales*. Mucha gente esperaba que Ahmadineyad resultase reelegido, pero no con tanta mayoría ni en la primera vuelta.


Ahora bien, vemos a los manifestantes en la calle, y parece que lo de Irán va a ser otra de esas demostraciones de poder popular que hacen caer una tiranía. El esquema Ahmadineyad=Malo/Musaví=Bueno empieza a asumirse como dogma, el ultraconservador contra el reformista. Pero Irán es Irán, y las fronteras no están tan claras como nos gustaría creer.


Para empezar, no sabemos lo que quiere Musaví. Se nos dice, genéricamente, que buscamejorar las relaciones con Occidente. Eso, por supuesto, sería positivo: si hay distensión, habrá mayor inversión extranjera en el país, y eso reactivará la economía, sacando al país del callejón sin salida al que el cafre de Ahmadineyad le ha llevado. Pero Musaví no se ha pronunciado firmemente, en ningún sentido, sobre el programa nuclear iraní, que es la piedra de toque de las relaciones exteriores de Irán.


Recordemos la anterior presidencia de Mohamed Jatamí –que apoya a Musaví-, que también tuvo aspectos positivos, por supuesto: había más libertad de expresión, una cierta relajación en el celo de los ‘policías de la moral’, una mejora de las relaciones con Estados Unidos. Pero, recordemos, Jatamí es la persona que se negó a estrechar la mano de Ana Palacios y de la Reina Sofía durante su visita a España. Era, es, un hombre del sistema, como lo es Musaví: si no, no hubiesen podido pasar los filtros electorales establecidos por el Consejo de Guardianes de la Revolución. Lo que pasó al final del período de Jatamí es que cuando los jóvenes iraníes, sedientos de libertad -los hermanos mayores de los que están en la calle hoy-, empezaron a pedir verdaderos cambios, les cayó encima todo el peso de la ley y la Revolución Islámica.


En la última década y media hemos asistido toda una serie de “revoluciones de colores”, desde Ucrania hasta Líbano. Algunas han sido genuinos movimientos de resistencia popular, como las caídas de Milosevic en Serbia o Suharto en Indonesia; otras, sobre todo en las repúblicas ex soviéticas de Asia Central, huelen a operación de la CIA. En todo caso, nos hemos acostumbrado a ponernos instintivamente de parte de la gente que está en la calle. En Tailandia, por ejemplo, parecía que las “democráticas” masas de las camisetas amarillas iban a derrocar al “tiránico” gobierno de Samak Sundaravej. Las cosas, por supuesto, eran mucho más complicadas que eso (véase el artículo “Lucha de clases en Bangkok”, escrito por mi amigo Ángel Villarino para Foreign Policy, o mi propia contribución al respecto).


Por eso, lo que me viene a la cabeza cuando veo lo de Irán son los sucesos de Tiananmen, cuyo aniversario acaba de cumplirse hace nada. Durante meses, decenas de miles de jóvenes se concentraron en el centro de Pekín para pedir reformas y medidas contra la corrupción. Pero cuando uno escucha los manifiestos de los estudiantes, la palabra democracia no aparece por ninguna parte, a pesar de lo que se suele escribir hoy día (lo dicho: qué fácil asume uno ciertas cosas): no sólo es que los estudiantes no concibiesen aquello como algo que el régimen fuese a tolerar, es que ni se les pasaba por la cabeza.


El paralelismo con Tiananmen también viene de un exceso de entusiasmo en ambos casos por parte de los manifestantes, y una sobrevaloración de las propias fuerzas, fruto de la inexperiencia política. No les culpo: cuando uno está en mitad de una protesta como esa, la energía que desprende la multitud hace que uno se crea que esa vez, necesariamente, tiene que cambiar algo.


Lo de Tiananmen no lo organizó la CIA. Lo de Irán, tampoco. En el caso chino, aquellos días, los estudiantes confiaban en la futura visita de George Bush padre como colchón de seguridad. El régimen, pensaba, no se atrevería a reprimirles durante un evento tan importante. Se equivocaron de cabo a rabo: Bush no pronunció la más mínima palabra de apoyo a los manifestantes –estaban en juego nada menos que las relaciones comerciales con China-, y el gobierno chino acabó lanzando al ejército contra los acampados en Tiananmen (tampoco digo que eso sea culpa de Bush…).


Puede que los manifestantes iraníes, muchos de ellos, quieran democracia plena, libertad total, derecho a ir por la calle sin velo. Otra cosa es lo que pretenda Musaví. Y eso es lo que se nos está olvidando.


Eso no quita para que los iraníes estén en su derecho de protestar el fraude electoral, si lo ha habido. Ni para aplaudir su valor –lo que están haciendo es algo realmente valeroso: se juegan la vida, como hemos visto-. Pero para entender lo que está pasando en Irán, es importante no confundir las churras con las merinas. Si los manifestantes triunfan, podemos estar ante un suceso histórico. Pero si la protesta acaba ahogada en sangre, o peor, traicionada por sus líderes, lo más probable es que sea olvidada muy pronto. ¿Quién se acuerda hoy de la “Revolución Azafrán” en Birmania?

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*Marjane Satrapi, la famosa autora del cómic “Persépolis”, ha hecho pública en el Parlamento Europeo una presunta nota en la que el Ministro del Interior iraní, Sadegh Mahsuli, le comunica al Guía Supremo Alí Jameini el resultado de las elecciones. Según este comunicado, Musaví habría obtenido más de 19 millones de votos, frente a 5 millones y medio para Ahmadineyad. De ser auténtica, estaríamos ante uno de los mayores fraudes electorales de la historia. Ahí hay algo muy raro...


miércoles, 17 de junio de 2009

Un refugiado


Ecos de Birmania, Segunda Parte


Mae Sot, 7 de junio


Estamos frente al llamado Puente de la Amistad con Birmania, un mastodonte de cemento que se levanta sobre el río Sai. Al fondo, dos monjes enseñan su documentación en la garita de frontera. Sus túnicas son rojas, lo que les identifica como birmanos: en Tailandia, los monjes van de naranja. Algunas camionetas hasta arriba de personas y fardos cruzan en ambas direcciones. Pero la mayoría de la gente pasa la frontera caminando, con bultos en la cabeza y niños en el costado.



Hemos venido porque, en teoría, una manifestación de disidentes birmanos iba a cruzar el puente gritando cánticos a favor de Aung San Suu Kyi. “Habrá un millar de personas”, nos decían anoche, entre cervezas, los entusiastas activistas. “Va a ser algo importante”. Al final, han venido unos cincuenta manifestantes, y la policía tailandesa les ha impedido el paso a un centenar de metros del puente. Para cuando Gaspar y yo hemos llegado en nuestra moto alquilada, la fiesta ya se había acabado.


El monzón no da tregua. De repente una cortina de agua se desploma sobre nosotros, así que nos guarecemos en un café. Allí, un hombre se interesa por nosotros.
- ¿Sois periodistas?

- Si.

Se sienta en nuestra mesa. Se llama William, nos dice, y es un refugiado político de Birmania. Al averiguar que somos españoles, empieza a hablarnos en castellano.

- Yo era guía turístico en Birmania. Aprendí en una escuela de Rangún, con la única profesora de español de todo el país.

- ¿Ella era de España?

- No, birmana. También habla francés e italiano, muy bien. Esta mujer nos enseñó la gramática básica, y el resto lo aprendí con los turistas.


El castellano de William es más que aceptable. Nos dice que los españoles se empeñan en viajar a Birmania en agosto, que es la peor época del año, por las lluvias. Gaspar y yo nos sonreímos.


William se marchó tras la llamada “Revolución Azafrán”, la revuelta de 2007. Estaba asustado de las posibles represalias. Con sus escasos ahorros, compró un coche viejo por 200 euros, y ahora se dedica a hacer de taxista por Mae Sot.

- En Birmania ganaba 30 euros al día, aquí sólo 150 baht (menos de 3 euros y medio) -
Lo peor, dice, es que a veces la gente le alquila el coche, y él no sabe para qué. Los otros lo utilizan para pasar a gente clandestinamente por la frontera. Si les pillan, a él le cae una multa también. - La primera vez tuve que pagar 1.000 baht, las dos siguientes, 3.000 y 5.000. Por el alquiler me pagan 300 baht, así que, como veréis, es un mal negocio.

La cosa está tan mal que William está pensando en volver a Birmania.
- Creo que no me están buscando, porque siempre que había una cámara, yo me escondía. No creo que tengan mi imagen como uno de los participantes en las protestas.


Desde hace años, Aung San Suu Kyi y los líderes de la Liga Nacional por la Democracia vienen pidiendo a los turistas que no vayan a Birmania, porque eso beneficia a la junta militar. La Lonely Planet sobre este país empieza con una reflexión acerca de si se debe ir o no. En caso de que uno decida hacerlo, la guía indica varios modos de evitar que el dinero, en la medida de lo posible, vaya a parar a la junta. Le preguntamos a William sobre eso.


- Bueno, yo era guía turístico y ahora soy refugiado, así que mi opinión es bastante equilibrada – nos dice. – Yo creo que el turismo es bueno para Birmania. Al fin y al cabo, la junta tiene otras formas de financiarse. - Cierto: desde los negocios del gas hasta la extracción de jade y esmeraldas, pasando por los trabajos forzados (no sólo de los prisioneros políticos: en ocasiones, los militares obligan a los campesinos a trabajar en obras públicas durante unas semanas, sin pagarles nada. A veces, esto significa perder la cosecha, con la consiguiente aparición del hambre).

Deja de llover, así que nos levantamos. William, siempre en busca de trabajo, se ofrece como conductor. Le decimos que gracias, pero ya tenemos moto. Antes de irse, junta las palmas de las manos, inclina la cabeza y se despide con un wai, el saludo budista.

- Hasta luego, amigos – dice, en un correcto castellano que, en este contexto, parece un poco fuera de lugar.

Ilya U. Topper y el Mediterráneo Sur


El proyecto es la visión de mi antiguo jefe de Internacional en 'La Clave', Ilya U. Topper, personaje carismático donde los haya. Hijo de alemanes, pero criado en parte en las montañas del Atlas marroquí, entre beréberes, ha vivido aquí y allá, en media Europa: cada vez que hablamos surge un nuevo sitio; la última vez fueron Portugal, Grecia, y Rusia. Habla muchos, demasiados idiomas.

- ¿Pero cuantos, que no me aclaro? - le pregunté una vez.

- La verdad es que yo tampoco me aclaro - me respondió. – Digamos que he hecho entrevistas en ocho idiomas – fue su respuesta final.


Su trayectoria profesional también es de lo más variopinta: ha sido jefe de prensa de varias ONGs como Medicus Mundi o Save the Children. Tiene premios de poesía y fotografía. Ayudó a Javier Corcuera sobre el terreno en su documental Invierno en Bagdad, dado que habla árabe, y a otros tipos menos famosos en un rodaje el Kurdistán turco. Que yo sepa, no habla kurdo, pero podría ser…


Durante el año 2004, Ilya se recorrió todo el Oriente Próximo, desde Turquía a Israel, pasando por Irak, escribiendo reportajes que mandaba a varias revistas españolas. Había una nueva, 'La Clave', que compraba bastantes cosas. Ocurrió que, a lo largo de ese viaje, la revista se quedó sin redactor jefe de Internacional, y sus directivos pensaron en Ilya, y le pidieron que enviase el currículum. Lo que ocurrió a continuación es antológico:

- Ilya, que se te ha olvidado incluir la parte académica.

- No, si no hay parte académica…


Vamos, que Ilya nunca fue a la universidad, ni estoy seguro de que haya pisado jamás la escuela. Tampoco es que le haya hecho falta: así le quedaba bastante tiempo para enzarzarse en libros, en viajes, en conversaciones. Una vez, mi amigo Ángel Villarino le llamó para proponerle un reportaje sobre las regiones autonomistas de China –Tíbet, Xinjiang, Mongolia interior-, e Ilya le soltó una conferencia de cuarenta minutos sobre política tibetana que le dejó flipado. “¿Pero tú cómo sabes tanto sobre el Tíbet?”, le preguntó. El otro, en estas ocasiones, se encoge de hombros. Así es Ilya.


Vive en un piso diminuto en Lavapiés, y tiene un coche de quinta mano que se cae a cachos. Pero no es de esa gente que necesite mucho. Libros, eso sí (el piso está repleto). Y amigos para irse de vinos. Y vinos para tomarse con los amigos. Tal vez por eso su país favorito sea el Líbano, que se conoce como la palma de su mano.


Pues bien, Ilya lleva años intentando montar una especie de web informativa y con un fondo documental sobre los países mediterráneos. Después de varios años de ensayo y error con una página de diseño amateur, hoy, por fin, ha conseguido inaugurar la versión definitiva, y el resultado es más que digno:


www.mediterraneosur.es


Yo he colaborado intermitentemente en esa web. De momento están todavía trasladando cosas de la página vieja a la nueva, así que no hay muchas cosas mías en la hemeroteca. Tampoco he escrito nada para el foco de este mes –Israel/Palestina-, dado que nunca he estado allí. Pero en unas pocas semanas, M’Sur se convertirá en lo que Ilya siempre había soñado que fuera: un archivo en el que encontrar información actualizada, estadísticas y artículos periodísticos sobre este Mare Nostrum. Las había ya en inglés y francés, pero no en castellano. Así que en esto, Ilya también es un pionero.


Menos que gente


Zoe Zoe, pequeño pero bravo, dando la cara...

En la sede de la asociación de trabajadores Yaung ChiOo, entrevistamos a varios inmigrantes birmanos, el puñado escaso que se atreve a acercarse allí a denunciar su situación. Sin la ayuda de los activistas de Yaung ChiOo, este reportaje sería imposible, porque los trabajadores desconfían de los advenedizos. Y porque hablan en birmano.

Aye Aye es joven, atractiva, pero sus manos muestran lo duro que trabaja. Llegó a Tailandia en 2005, por cuestiones económicas. A diferencia de la mayoría de los trabajadores ilegales, habla tailandés. Pero eso no supone ninguna diferencia a la hora de ser explotada: “Gano unos 2.500 baht -53euros- al mes. A veces, si hay mucho trabajo, alcanzo los 3.000 baht -63 euros-, pero no es lo normal”. Con la combinación de ese sueldo y el de su marido –cuando éste lo tiene-, debe mantener a tres críos.


A la motivación económica, el menudo Zoe Zoe añadió la política. “En Birmania no hay libertad”, dice con una mueca, mostrando sus dientes rojos por el consumo de betel. Era estudiante de segundo año de geología, cuando un profesor empezó a criticar los libros que él y unos amigos estaban leyendo. Les amenazó con la expulsión. “Entonces me di cuenta de que allí no estábamos aprendiendo nada, solamente nos sentábamos en una silla a escuchar tonterías. Y me vine a Tailandia”, cuenta. Cruzó la frontera en coche, en un camino que él sabía sólo de ida. No le costó encontrar trabajo en un taller de costura: en Mae Sot hay más de 200 fábricas , la mayoría de ropa, que se aprovechan de esta mano de obra barata y sin derechos.

A partir de aquí, las historias de ambos, como las de otros inmigrantes a los que entrevistamos y que se niegan a mostrar su rostro en cámara, se parecen como gotas de agua. Demasiado para que no sean ciertas: hacinamiento en barracones donde el espacio de cada uno apenas alcanza los cinco metros cuadrados, turnos interminables –“de ocho de la mañana a diez de la noche. A veces, nos obligan a quedarnos hasta medianoche”, asegura Zoe Zoe-, abusos.


“Nunca me han pegado, pero el mánager nos insulta con frecuencia”, dice Aye Aye. Nos explican que, como no tienen papeles, el patrón se queda con una parte de su salario para pagar a la policía, y con otra "en concepto de alojamiento”.
Cuando un inmigrante tiene un accidente, se le despide sin contemplaciones, y no se le paga ninguna indemnización. En Tailandia no hay sanidad pública, por lo que la hospitalización es muy cara, así que “el empleador les lleva al hospital psiquiátrico, donde sólo tienen que pagar 30 baht al día”, explica Zin Zin, responsable de Yaung ChiOo.

El que protesta, sufre las consecuencias. Zoe Zoe es más espabilado que la mayoría, así que intentó organizar a los compañeros. Una vez, montó una huelga para pedir un aumento de sueldo y el acceso a agua potable durante las horas de trabajo –increíblemente, al parecer, no tenían-. El propietario de la fábrica vino desde Bangkok, y accedió a las reclamaciones. Pero el gerente estaba furioso, y una noche, en un callejón junto a la fábrica, unos matones apalearon a Zoe Zoe. “Intentaron abrirme la cabeza con una barra de hierro. Me protegí con el brazo, y me lo rompieron”, explica. “Estuve tres meses sin poder trabajar. Cuando volví a la fábrica, me dijeron que ya no había trabajo para mí”. Ni siquiera le pagaron el último mes, comenta con una sonrisa amarga.


Pero las cosas pueden ir aún más lejos: los asesinatos de trabajadores son moneda corriente, especialmente en las granjas de las afueras de Mae Sot, donde el ochenta por ciento de los trabajadores son ‘sin papeles’. “Normalmente, uno o dos inmigrantes son asesinados cada mes”. Nos hablan de varios casos, que siguen un mismo modus operandi: un patrón a quien no le gusta un trabajador –porque protesta, porque es muy vago, porque le ha ofendido-, y que decide liquidarlo, a veces a la vista de otros trabajadores –hay que mantener la autoridad, claro-. El asesino sabe que no le va a pasar nada: “No me consta que nunca, jamás, se haya detenido a un patrón por uno de estos crímenes”, asegura Zin Zin. En Mae Sot, se dice, todo lo que hace falta para hacer desaparecer a un birmano son cinco litros de gasolina y una caja de cerillas.


Yaung ChiOo es una gota de esperanza en un océano de explotación y abuso. Zoe Zoe, desde su paliza, colabora activamente con ellos. “No quiero que a otros les pase lo que a mí”, afirma. Pero ni siquiera esta organización puede hacer nada contra los asesinatos. “A nosotros sólo nos contactan los familiares para organizar los funerales, pero no podemos ir más allá. Nosotros demandamos a empleadores que abusan de los trabajadores. Hasta el momento hemos ganado 147 juicios”, dice Zin Zin. No es demasiado, teniendo en cuenta que Yaung ChiOo existe desde hace casi diez años.


¿Quiénes son los propietarios de estas fábricas y granjas? Tailandeses ricos, chinos de China y de Taiwán. ¿Y los clientes? “Algunas grandes firmas, como Nike, Adidas y Camel hacen sus encargos de ropa a las fábricas de aquí”, dice Zin Zin. Gaspar les interroga al respecto, porque es probable que se trate de las imitaciones baratas que se venden en los mercadillos de media Asia. Pero ellos insisten en que no: “Aquí se hace el grueso de las piezas, y se llevan a Bangkok, donde se les da el acabado antes de venderlas”. Eso es lo que hace tan difícil comprobar si la acusación es cierta. Tal vez Zin Zin sea un activista ideologizado, intentando hacer su historia más tragable. O tal vez la mala fama de las multinacionales sea por cosas como ésta.


En todo caso, dos días después Gaspar y yo nos colamos en una fábrica. Es domingo, y desde que la crisis ha reducido el nivel de pedidos, los domingos no se trabaja. Pero la imagen de las naves vacías es idéntica a la que hemos visto en fotos, en las que se ven a un centenar de personas manipulando prendas, trabajando de pie las horas que sean necesarias. Los trabajadores, no obstante, están allí, descansando, fumando, existiendo, en los barracones en los que también viven el resto de los días. La luz de los fluorescentes apenas ilumina los pasillos estrechos; a ambos lados se abren pequeños espacios separados por telas de plástico. Algunos inmigrantes intentan personalizar el suyo, convertirlo en algo parecido a un hogar, poniendo una foto, un templo para los espíritus, una alfombra barata.



El barracón de las mujeres es algo mejor, pero no demasiado: hay una especie de literas de tres metros cuadrados, espacios que se han transformado en las pequeñas casitas de cada chica, a veces de toda una familia. Los bebés corretean, las mujeres cosen, charlan, cocinan en un hornillo rudimentario –recemos por que no haya un incendio cualquier día-. Sacamos las cámaras, forzando la luz. Algunos trabajadores están inquietos, pero nadie dice una palabra agresiva o fuera de tono. Unos pocos sonríen, pero, sospecho, es por pura educación.


Intentamos hablar con el dueño de la fábrica, pero está en Bangkok. Tratamos de explicarle a la amable pero atónita secretaria, en mal tailandés, que somos dos periodistas que estamos intentando hacer un reportaje sobre el cierre de fábricas por la crisis económica. Ella llama por teléfono a su jefe, y la primera pregunta nos cae a bocajarro, lo único que le interesa saber al patrón: “¿Sóis de una ONG?”. Le decimos que no. La muchacha nos dice que llamemos el lunes, que el jefe estará de vuelta. Pero para entonces ya estaremos en Bangkok.


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(EPÍLOGO: Dos días después, uno de mis amigos en Bangkok, un sudafricano, me comenta algo que ha oído en las noticias de su país sobre España, sobre un boliviano que perdió un brazo en una máquina de hacer pan, y su jefe se deshizo de él como un fardo. Al parecer, en mi país también abusan de los trabajadores inmigrantes…)

martes, 9 de junio de 2009

Vivir la basura



Mae Sot, 5 de junio de 2009


Hoy he visto uno de esos agujeros de la humanidad que uno sabe que existen, pero se resiste a creerlo –en realidad, a comprenderlo- hasta que los ve con sus propios ojos.


Dos activistas birmanos nos llevan al basurero de Mae Sot, donde setenta personas viven y trabajan. Se trata de una aldea-vertedero, el último escalafón en la cadena de producción económica: un lugar donde lo que unos han considerado desperdicio es revisado por otros, que se encargan de separar aquello a lo que todavía se le puede extraer un beneficio de algún tipo. Y como es un trabajo que nadie quiere hacer, se asigna a los que no pueden elegir: los inmigrantes birmanos. Armados con una especie de hoz rudimentaria y un canasto, escarban entre el montículo central como mantis hemipléjicas. Cuando encuentran algo de valor –una lata, un plástico rígido-, lo engarzan en la hoz, para después dejarlo caer en el cesto.


El sitio, teniendo en cuenta lo que es, no huele demasiado mal. Pero hay moscas, millones de ellas, por todas partes. A cada paso, cientos de seres vivientes inician el vuelo o se apartan dando saltitos. Mejor no pensarlo, me digo.


El lugar de trabajo


Me doy cuenta de que el espacio está estructurado conforme a una arquitectura perversa: el montículo del centro es aquel que no ha sido revisado aún, el lugar de trabajo. Las colinas de inmundicia de los laterales, desperdicios inútiles, la basura de la basura. Es allí donde se construyen las chozas de palo y tela, en las que estas personas cocinan, duermen y hacen el amor. Son, nos explican, inmigrantes económicos, que están allí porque no tienen otro sitio donde ir. En las afueras de Bangkok existe otro sitio como este, pero más grande, me dice uno de los activistas.


Intento acercarme, pero lo que parece un sólido basamento es en realidad una capa de basura que flota en un pantano. Me hundo hasta la rodilla en los desperdicios. Los críos semidesnudos corren descalzos, juegan, vadean el canal a la carrera, conocen los pasos. Los adultos languidecen a la sombra de un techado hecho de lona y sacos terreros.



Les preguntamos cómo es el trabajo. Cobran 60 baht al día, menos de euro y medio, y menos de lo que cuesta una cerveza en cualquier bar de Mae Sot. “A veces nos ponemos enfermos, pero no nos quieren admitir en los hospitales. Además, aquí aislados, tampoco tenemos forma de llegar hasta allí”, nos explica una mujer. En un par de ocasiones, los vapores tóxicos me hacen llorar. Sin duda, no es un lugar demasiado saludable.


Hay cierta lógica en aquello de que las desgracias nunca vienen solas: la catástrofe tiende a cebarse en el más vulnerable. Hace un año, la aldea-vertedero sufrió el paso de un asesino de niños. Al anochecer, entre las montañas de desechos, eran una presa fácil. Me lo cuenta Nim, el activista que nos traduce, entre susurros. No consigo averiguar nada más.


Gaspar, mi amigo el corresponsal de EFE, le pide a Nim que les pregunte si están contentos. Nim se echa a reír. “No puedo preguntar eso”, balbucea. “Tú pregúntaselo”, insiste Gaspar. Nim lo hace. Y la mujer que se ha erigido en portavoz sacude la cabeza y esboza un gesto de fatalismo: “No nos gusta demasiado", dice, "pero en todo caso es mejor que Birmania”.



PD: Aquí va la versión final del video que hice para VJM sobre los refugiados birmanos en Tailandia.




lunes, 8 de junio de 2009

No habrá juicio a la Shell



Al final, el asunto del juicio a la Shell por su complicidad en el asesinato de Ken Saro-Wiwa y otros activistas Ogoni en Nigeria se ha saldado de la forma más previsible: con pasta. La compañía ha aceptado llegar a un acuerdo económico con las familias de los ejecutados, aunque ha negado su responsabilidad en los hechos (¿?). La indemnización alcanza los 15'5 millones de dólares (unos 11 millones de euros) y ha sido etiquetada por los portavoces de la Shell como parte de un "proceso de reconciliación". "Estábamos preparados para limpiar nuestro nombre en un tribunal, pero creemos que lo mejor es centrarnos en el futuro de la gente de Ogoni, ya que es importante para la paz y la estabilidad en la región", afirma Malcolm Brinded, director de exploración y producción de la compañía.

Algunas asociaciones ecologistas y de derechos humanos están decepcionadas, porque esperaban que el juicio ayudase a sacar a la luz la verdadera implicación de la Shell en la degradación medioambiental en el delta del Níger, así como en su connivencia con la dictadura nigeriana. Pero los abogados de la acusación se dan por satisfechos: "Hemos tenido litigios con Shell durante 13 años y, al final del día de hoy, las familias serán compensadas por los abusos de los derechos humanos que sufrieron", ha declarado Paul Hoffman, uno de los abogados de las familias. "Si hubiésemos ido a juicio y lo hubieramos ganado, los demandantes hubieran tenido que hacer frente a apelaciones durante años". La mayor parte del dinero, afirman, se destinará a mejorar la vida de la población Ogoni.


¿Alguna conclusión?

Más información en: http://www.bbc.co.uk/mundo/internacional/2009/06/090608_0131_acuerdo_shell_irm.shtml

Moe Swe


Introducción: Ecos de Birmania, Primera Parte.


Estoy haciendo un reportaje para VJM, la televisión en internet con la que estoy colaborando, sobre los inmigrantes birmanos en Mae Sot, una ciudad fronteriza al noroeste de Tailandia. Mi amigo Gaspar Canela, el corresponsal de la agencia EFE en Tailandia, y un servidor, nos personamos allí.


El monzón no perdona, así que durante los siguientes cuatro días pasamos muchas horas bajo techo, en restaurantes callejeros, en sedes de asociaciones, en el porche del hotel, esperando a que escampe. Llueve, llueve, llueve. A ratos, la lluvia para durante unos pocos minutos, que aprovechamos para desplazarnos a otro lugar en la moto que hemos alquilado.


Hay más de dos millones de birmanos en Tailandia, la mitad de ellos de forma irregular. Algunos son refugiados políticos, pero la mayoría son meros inmigrantes económicos, desplazados por la pobreza. Un cuarto de millón se concentran en Mae Sot, o en el cercano campo de refugiados de Mae La. Desesperados por trabajar, son empleados por empresarios tailandeses, chinos, taiwaneses, como mano de obra barata, explotados en las casi 250 fábricas de la ciudad. Esa es la historia que hemos venido a hacer: como lo define acertadamente una voluntaria, es “la capitalización del sufrimiento ajeno”.


Yaung ChiOo es una asociación de trabajadores que intenta asesorar a estos trabajadores sobre sus derechos laborales, y con la que hemos contactado previamente. En nuestro segundo día en Mae Sot conocemos a su fundador, Moe Swe. Pero una entrevista que debería ser sobre derechos laborales se convierte en una charla política sobre Birmania.


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Mae Sot, 4 de junio de 2009

Moe Swe es uno de los estudiantes del Instituto de Tecnología de Rangún que se unió a las protestas de 1988. Cuando la represión se volvió implacable, escapó a Tailandia, donde se unió a la guerrilla que estaban formando los estudiantes huidos. “Estuve en la jungla durante doce años, como guerrillero", explica. "Las armas las obteníamos de las guerrillas étnicas, sobre todo los Karen y los Mon”. Prácticamente desde su independencia en 1948, Birmania ha estado haciendo frente a revueltas regionales de carácter étnico. El ejército birmano las ha reprimido con dureza en cada ocasión, por lo que, al principio, los guerrilleros de estas etnias sospechaban de los estudiantes. “Para ellos, éramos birmanos, como los que les cazaban en la jungla. Les decíamos: ‘eh, es el ejército el que os reprime, no los estudiantes’. Tardaron tres años en confiar en nosotros”, nos cuenta.

A mediados de los 90, Moe Swe se dio cuenta de que había ya un millón de inmigrantes birmanos en Tailandia, que vivían en condiciones espantosas y a las que había que prestar atención también. Por eso, decidió crear la organización, que se materializó en 1999. “Considero mi trabajo como parte de un movimiento pro-democracia más amplio”, asegura, aunque sus éxitos son limitados. “La estrategia de la junta [militar] en Birmania es mantener en la cárcel a aquellos implicados en asuntos políticos. El resultado es que la gente teme meterse en política, e incluso apoyar a aquellos que dan la cara”, se lamenta. La cosa no es ninguna broma: a aquellos que participaron en la “Revolución azafrán” de 2007 les cayeron hasta 24 años de cárcel.


Le preguntamos si, como birmano, cree que la política de sanciones seguida por los EE.UU. es positiva, o tiene consecuencias sobre la población civil (pensando en el caso del Irak de Sadam Hussein, donde el embargo provocó la muerte de medio millón de niños iraquíes). Para mi sorpresa, asegura que las sanciones son eficientes. “El SPDC –el autodenominado Consejo Estatal para la Paz y el Desarrollo, es decir, el gobierno militar- es el grupo más castigado por las sanciones. Se están gastando millonadas intentando lavar su imagen en los EE.UU., lo que demuestra que sí les afecta. En cuanto a la población civil, ya había un millón de desplazados antes de la imposición de las sanciones”, afirma Moe. Se queja de que no exista consenso al respecto (la política de la UE respecto a Birmania no es firme, y otros países, como China, Tailandia, Japón o India hacen negocios abiertamente con la junta. Birmania es un país rico en recursos minerales y energéticos, especialmente piedras preciosas y gas). “Es normal, es una cuestión de los intereses de cada país. India al principio nos apoyaba al cien por cien, pero desde 1996 empezaron a temer el acercamiento de China, así que comenzaron también a negociar con la dictadura. Pero es un problema para nuestro movimiento”, dice. “Si hubiese un mismo acercamiento al problema, si todos los países apoyasen las sanciones, la junta caería”, afirma.


Gaspar le pregunta si no cree que, aún en el caso de que Birmania acceda a la democracia, seguirán teniendo problemas con las guerrillas étnicas. “Ya no, gracias a 1988”, responde. “Estos movimientos han aprendido que no estamos contra ellos. Ya no reclaman la independencia, sino autonomía”. La solución que contemplan es un estado federal. Le digo que eso puede ser cierto para los Karen, pero en algunos casos, como el estado Wa, las guerrillas son ahora mismo una milicia que protege a narcotraficantes. Pero Moe Swe sacude la cabeza: “ahora mismo, las guerrillas hacen estas cosas para financiarse. Cuando tengamos un ejército nacional en el que todos estén integrados, ya no tendrán por qué hacerlo”, dice con una gran sonrisa. ¿Se lo cree de verdad? Quién sabe… En todo caso, ese momento parece tan lejano aún…


¿Será verdad lo de Obama?



Al poco de empezar este blog, me situaba a mí mismo en el campo de los “obamaescépticos”. No obstante, a veces uno quiere soñar, y el actual presidente de los Estados Unidos de América parece estar dándonos motivos a los que creemos que el mundo se puede arreglar (al menos un poco). Una prueba de ello es el discurso que Obama dio el pasado día 4 en la Universidad Americana de El Cairo. “He venido aquí buscando un nuevo comienzo entre los EE.UU. y los musulmanes de todo el mundo; uno basado en el interés mutuo y el respeto mutuo”, declaró.


Yo viví en El Cairo en 2006 y 2007, y escuché a muchos egipcios hablar sobre los Estados Unidos. Era la época en la que la espiral iraquí alcanzaba su punto más sangriento, con coches bombas en mercados a diario. Era la época de “Camino a Guantánamo”, cuando se estaba empezando a saber cuántos inocentes habían sido encerrados en aquel agujero negro legal. Se buscaba activamente el casus belli para iniciar una nueva guerra con Irán. Y no hacía tanto que los norteamericanos habían reelegido a aquella catástrofe llamada George W. Bush, diluyendo la línea entre el gobierno y el pueblo de los Estados Unidos.


Durante el verano de 2006, además, Israel arrasó Líbano. Miles de refugiados –entre ellos los españoles que vivían en Beirut- aterrizaron en Egipto. En aquella época, las calles de El Cairo hervían de rabia. La bandera libanesa estaba en casi todas las tiendas, los actores y cantantes egipcios recaudaban dinero para las víctimas, y los jóvenes de clase media hablaban de irse a combatir a Líbano si la guerra continuaba de esta manera tan brutal (pero, claro, en las teles de España sólo se vio a los cuatro radicales islámicos pegando berridos en la puerta de la mezquita de Al-Azhar por lo de las caricaturas de Mahoma). La administración Bush se limitó a decir que Israel estaba en su derecho a defenderse.


Los egipcios corrientes venían odiando a los EE.UU. no por un fuerte sentimiento islámico antioccidental –alguno había, claro- o porque “odian nuestra democracia”, como decía Bush, sino porque observaban cómo Norteamérica se alineaba sin fisuras con Israel*, y con la corrupta dictadura de Hosni Mubarak en Egipto**. Los EE.UU., veían, arremeten contra Siria, Irak, Irán, pero no dicen nada del programa nuclear que el gobierno de Mubarak quiere poner en marcha, toleran las dictaduras en Jordania, Kuwait, los Emiratos, y la radicalísima monarquía fundamentalista en Arabia Saudí. Los EE.UU. derrocan la dictadura de Sadam Hussein en Irak en nombre de la democracia, pero niegan la legitimidad de Hamás cuando éstos ganan las elecciones en Gaza. Nunca el doble rasero estadounidense ha sido tan evidente como en Oriente Próximo. “No me cuentes historias”, le decía un amigo mío egipcio, liberal, bebedor de alcohol, a una confusa universitaria norteamericana, “lo de tu país en Oriente Medio es sólo imperialismo (is all about imperialism)”.


Y, de repente, llega un señor llamado Barack Hussein Obama y hace llorar de emoción a los egipcios. No a todos, por supuesto. Pero sí, por ejemplo, a Abdallah Schleifer, el corresponsal de Al Jazeera, y a los estudiantes de la Universidad Americana de El Cairo, la mayoría egipcios de clase alta. “Reconozco que el cambio no puede ocurrir de la noche al día”, dijo Obama. “Ningún discurso puede erradicar años de desconfianza, ni puedo, en el tiempo que tengo, responder a todas las complejas cuestiones que nos han llevado a este punto. Pero estoy convencido de que para superarlo, debemos decir abiertamente lo que guardamos en nuestros corazones, y que demasiado a menudo son dichas sólo de puertas adentro. Debe haber un esfuerzo continuo por escuchar al otro; por aprender del otro; por respetar al otro; y por encontrar un terreno común”.


El discurso ha sido percibido en el mundo musulmán con agrado, aunque con escepticismo. Está bien eso de enterrar el hacha de guerra, pero no bastan las palabras: hacen falta hechos que lo corroboren. Habrá que ver cómo se desarrollan las cosas, pero por el momento hay varios elementos que indican que esta vez hay motivo para la esperanza. Para empezar, históricamente ningún presidente de los Estados Unidos se ha implicado en el avispero de Oriente Próximo hasta el principio de su segundo mandato. Desde el punto de vista práctico, la cosa tenía su lógica: si, pongamos, Bill Clinton, o George Bush padre, consigue resolver el conflicto árabe-israelí, pasa a la historia. Y si fracasa, tampoco se juega la reelección por ello... Pero Obama se ha puesto a ello desde el primer día, lo cual ya marca una diferencia fundamental.


En segundo lugar, a través de su enviado especial a Oriente Próximo, el competente George Mitchell, se ha atrevido a decirles a los israelíes que deben detener inmediatamente la expansión de los asentamientos de colonos en la Cisjordania ocupada –una práctica ilegal, además, según el derecho internacional-. Obama se ha atrevido a mentar la necesidad de la creación de un estado palestino en Gaza y Cisjordania. Incluso ha mencionado explícitamente el llamado Plan Saudí, que recoge la idea de “Paz por Territorios”, es decir, el que la Liga Árabe en bloque reconozca al estado israelí y su derecho a existir a cambio de su retirada a las fronteras anteriores a 1967, esto es, que abandone la Cisjordania ocupada, incluyendo los asentamientos. Con algunos matices, como el envío de cascos azules liderados por EE.UU. a una Jerusalén de capitalidad dividida, este plan es la espina dorsal del programa de Obama para este conflicto. La solución de los dos estados puede que no sea la más justa***, pero parece la única mínimamente realista.


Los signos, empero, no son muy halagüeños: tras la guerra de Gaza –perpetrada, en parte, para mandar un mensaje de independencia a la nueva administración estadounidense y sabotear los intentos de injerencia-, la extrema derecha ha ganado las elecciones en Israel. El nuevo gobierno no renuncia a un solo centímetro de Cisjordania, se ha declarado a favor de la “expansión natural” de los asentamientos, e incluso quiere revocar la ciudadanía a los árabes israelíes y expulsarles del país, porque no son judíos. Vamos, que los israelíes no están por la labor de los dos estados, idea que el primer ministro Benjamin Netanyahu ha calificado de “infantil”.


Está por ver si la administración Obama se atreverá a llegar hasta el final. Pero si hay algún país que puede presionar a Israel, ése es Estados Unidos. Y de momento, Obama ha cambiado el tono del discurso, y con ello, tal vez, la historia. Déjenme que me recree en sus palabras: “Demasiadas lágrimas se han llorado. Demasiada sangre se ha derramado. Todos tenemos una responsabilidad de trabajar por el día en el que las madres de israelíes y palestinos puedan ver crecer a sus hijos sin miedo (…). No podemos imponer la paz. Pero en privado, muchos musulmanes reconocen que Israel no desaparecerá. Del mismo modo, muchos israelíes reconocen la necesidad de un estado palestino. Es el momento de que actuemos a favor de lo que todo el mundo sabe que es verdad”.


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*Israel es el principal receptor de ayuda estadounidense. En 2008 alcanzó los 24.000 millones de dólares, la mayoría en armamento.

**Otros 5.000 millones de dólares anuales, y mucho material antidisturbios. Se calcula que en Egipto hay unos 5.000 presos políticos, y la tortura es la forma normal de tratar a los detenidos, sean políticos o delincuentes comunes. ¿A que no lo sabían? En cambio, la tiránica y horripilante dictadura castrista –no digo que no lo sea, sólo espero que capten la ironía del asunto- retiene a 58 (sí, cincuenta y ocho) presos políticos, y en el informe anual de Amnistía Internacional no hay mención a casos de tortura…

***Algunas voces entre los moderados tanto israelíes como palestinos hablan de la solución de UN solo estado totalmente democrático, en el que ambas partes sean ciudadanos de pleno derecho.


miércoles, 3 de junio de 2009

Andrés Mourenza


Para qué negarlo: el tipo me ha impresionado. Veinticuatro añitos, solamente, y ya es un erudito, o va camino de serlo, aunque la sencillez de sus palabras no permita advertirlo al principio. Andrés Mourenza es colaborador de la agencia EFE en Estambul, y le conocí en mi reciente paso por el Bósforo.


Como personaje –en el buen sentido de la palabra-, no tiene desperdicio: llegó a la ciudad hace ya casi cuatro años, enamorado de una turca –que sigue siendo su novia-, y tuvo que hacer de todo para sobrevivir, desde vender pashmina a dar clases de español. Durante un tiempo hasta fue el secretario del cónsul de Bolivia (“debe haber como seis bolivianos en Estambul, así que te puedes imaginar lo que trabajaba”, me comentaba un amigo común). Mientras tanto, Andrés aprendía turco, se empapaba del país, se hacía periodista. Un buen día le llegó la oportunidad desde EFE, y no la desperdició.


Lo más impactante es el respeto que sus compañeros le profesan. Cuando uno les interroga sobre algún aspecto, dicen: “Mejor pregúntale a Andrés”, a pesar de sacarle media década. En edad, claro, que no en experiencia: mientras algunos seguíamos rascándonos las bolas en la universidad, Andrés se pateaba los adoquines estambulíes peleando para llegar a fin de mes. Con lo que eso enseña.


Andrés, por supuesto, tiene una gran ventaja: domina el turco. Lee la prensa local, oye cosas por la calle. “Si pasa algo, el tío levanta el teléfono y llama directamente a la secretaría de un ministerio, y pregunta en turco. Y eso ayuda mucho: en inglés no puedes hacerlo”, comenta Ildefonso González, ex corresponsal de Europa Press en Estambul.


Si queréis verle en acción, le entrevistaron en el primer programa de “Españoles en el mundo”. Si preferís leerle, tiene un blog sobre Turquía, bastante interesante. En realidad, todo el motivo de este post es que Andrés acaba de sacar un libro en edición electrónica: "Transcaucasia Exprés", al que merece la pena echar un vistazo (podéis descargarlo en su web). Mejor dejo que lo explique él mismo.


Además es simpático.