El café turco, más que una bebida, es una filosofía. Wail, un sirio de mi clase de turco que vive en Dubai, me comenta: “En los Emiratos, la gente pide un café y se lo toma de un trago, con prisa, sin paladearlo”. Esto es imposible con un café turco: es necesario dejarlo un rato sobre la mesa, dando tiempo a que los posos desciendan hasta el fondo del vaso. De este modo, no queda otra que tomárselo con calma, disfrutando del momento.
En Oriente Próximo, los cafés son siempre mis lugares favoritos, con sus aromas dulzones y el eterno entrechocar de las fichas del tawle, que aquí llaman tavla y en el mundo anglosajón, backgammon. He de decir que no todo es perfecto: en Estambul, las mujeres liberadas no vienes aquí sino a los bares donde se sirve cerveza. En los cafés –al menos los tradicionales- uno sólo encuentra a alguna extranjera despistada o iconoclasta. Es territorio masculino.
Pero el café es un punto de reunión, un centro de vida, la gota de agua que encierra el complejo universo de esta región. Aquí se comenta el devenir del barrio, se anima al que ha sufrido una tragedia, se le bajan los humos al soberbio. Los cafés son Oriente, y éste no es sino sus cafés. “Por eso me gusta tanto Estambul”, dice Wail -que es mediterráneo, mucho más cercano a nosotros que a las austeridades beduinas del Golfo-, “aquí han aprendido a saborear la vida”. Palabras que hago mías.


