sábado, 28 de noviembre de 2009

La fascinación de la montaña


Kurdistán es una palabra maldita. Antes del establecimiento de los estados-nación en esta región, designaba a la frontera de Anatolia con el imperio persa al este, la suroriental con Arabia, y el nordeste con el Cáucaso. Kurdistán significa “tierra de los kurdos”, denominación desafortunada porque en esta región siempre han habitado otros pueblos: armenios, siriacos, árabes. Pero tras la consolidación de la República de Turquía, y especialmente tras la rebelión de Dersim en 1937 –en la que unos 17.000 kurdos y alevíes fueron masacrados por el ejército turco, con Atatürk todavía al mando-, el Kurdistán dejó de existir.

Tras el levantamiento del PKK en 1984, la palabra adquirió un halo de clandestinidad: un Kurdistán independiente (todo él, empezando por la parte turca) eran lo que reclamaban los militantes kurdos mediante la lucha armada. Decir Kurdistán era buscarse problemas. Dependiendo de dónde se halle uno, todavía lo es.

“En esta zona, el PKK es bastante activo”, comenta Haci, camarero en un bar de carretera en Karliova. Unos días antes, nos cuenta, un grupo de guerrilleros se presentó en el cuartel de la policía. El día les había sorprendido antes de que pudiesen llegar a un lugar seguro, así que habían decidido entregarse. Llegaron hasta la comisaría, apoyaron las armas contra una pared cercana, y entraron en la sala.
“Hola, venimos a informar sobre acciones recientes del PKK”.
“¿Ah, sí? ¿Quién las ha cometido?”.
“Nosotros”, murmuraron, segundos antes de ser arrojados al suelo y esposados.

Las cosas andan mal en el Kurdistán. El desempleo en el sureste de Turquía alcanza el 50 % entre los varones (no existen datos sobre las mujeres, porque muy pocas trabajan). La politización entre estas masas de jóvenes desempleados es muy alta, aunque sea como mera reacción a esa falta de futuro. También lo es la represión: la ley antiterrorista iguala a un manifestante que entona un eslógan pro-PKK con un combatiente en activo, y se les aplica la misma pena. El historial de derechos humanos de las comisarías en el sureste es terrorífico.

Pero ya no estamos en los 90, cuando la guerra se cobraba decenas de víctimas cada día. “Cuando yo tenía veinte años, mi padre me mandó a estudiar a Rusia”, nos explica Ahmet, un empresario textil de Bingöl. “Era eso o la montaña: casi todos mis amigos se unieron al PKK. Hoy están todos muertos”, dice con amargura.


¡Cuarenta mil muertos! ¿No les hubiera ido mejor a los kurdos si el PKK no hubiese existido nunca?, les pregunto. ¡No!, me responden. Si los kurdos tienen los derechos que tienen hoy es gracias a la lucha del PKK. “Desde el Estado se ha intentado demonizar al PKK acusándolo de terrorismo, pero el PKK ha dado a conocer nuestra situación”, asegura Ferit Çilek, alcalde de Karliova. “Antes del levantamiento, nadie conocía nuestro problema”.

Los kurdos, me dicen, ya no quieren un estado independiente –sin duda una mala idea: un estado empobrecido, sin salida al mar, con vecinos empeñados en hacerlo fracasar-, sino una autonomía dentro de Turquía y que se reconozcan los derechos culturales de los kurdos. Así dicho, suena razonable. ¿Por qué, entonces, es una idea tan difícil de digerir para los turcos, incluso para los progresistas? Porque éstas son las palabras de Abdullah Öcalan, el encarcelado líder del PKK, la persona más odiada de Turquía, responsable de innumerables muertes no sólo entre los turcos sino también entre kurdos disidentes, contrarios a la política del PKK, rivales políticos o simplemente paisanos a cuya aldea se acusó de ayudar al ejército en su campaña contrainsurgente. Y ese es el principal problema que afronta el gobierno turco: ¿negociar con terroristas? ¿Aceptar a Öcalan como interlocutor? Demasiado para los estómagos de casi todos en Turquía.

Mientras tanto, los jóvenes kurdos arrastran los pies en el polvo, escupen en el suelo, golpean en el hombro de sus amigos, sin nada que hacer. El que trabaja se lamenta de que más le valdría no hacerlo. ”En el oeste ganan 40 o 50 liras (unos 25 euros) por día; aquí yo trabajo 12 horas, sin fiestas ni domingos y cobro 20 liras (9 euros). Esa es la diferencia”, masculla Haci el camarero. Los otros se limitan a vagabundear de aquí para allá, dudando entre emigrar a Estambul o Ankara o montar algún pequeño negocio ilegal. Hasta que un día, tal vez, un paso por comisaría les decida a subir para la montaña. Como ironizando, desde las cimas de las colinas de toda la región, los eslóganes oficiales nos gritan “Feliz aquel que puede decirse turco”.

2 comentarios:

  1. Muy interesante, aunque yo no puedo esperar más para oir tu opinión sobre su situación en Irak...

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  2. Un tirón de orejas por tu crónica "¡Sí, somos el PKK" (ABC). Si has elegido tu el titular (tan poco afortunado) es que has decidido legitimar la decisión del tribunal mediante el comentario de unos niños. Además haces referencia a los jóvenes "mártires" autoinmolados. ¿De dónde has sacado esa palabra? Autoinmolarse carece de sentido. Inmolar tiene dos construcciones: transitiva o reflexiva. En este último caso el María Moliner lo define como "sacrificarse por un ideal o por el bien de otros", la particula auto- es por tanto redundante. Y por último Öcalan y no Oçalan es el nombre del líder del PKK.
    Saludos.
    Antonio

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