viernes, 4 de junio de 2010

Tailandia: Amenaza de guerra civil


Un artículo mío sobre la crisis tailandesa publicado en la revista mexicana Desinformémonos.

Los “camisas rojas” contra el Berlusconi tailandés

Tailandia: Amenaza de guerra civil


Los actuales líderes de los “camisas rojas” no pueden ser considerados genuinos partidarios de un verdadero cambio social. Pero lo cierto es que este movimiento popular ha despertado enormes esperanzas entre los más pobres de Tailandia.
Daniel Iriarte

Ha terminado una batalla, pero no la guerra. Tras unos disturbios y una intervención militar que han dejado un balance final de al menos 83 muertos y más de 1.800 heridos, la declaración temporal del toque de queda ha devuelto la calma a la capital de Tailandia. Pero la crisis política que arrastra el país está lejos de solucionarse. Los “camisas rojas” se están reagrupando en otras ciudades periféricas. La profunda polarización interna amenaza con provocar una guerra civil.

Pero ¿quiénes son estos “camisas rojas” que se han rebelado contra el gobierno? Las bases del movimiento son populares y reformistas; sus líderes no. El Frente Unido por la Democracia y Contra la Dictadura (UDD, por sus siglas en inglés), más conocidos como “camisas rojas”, se creó en 2006 como fuerza de choque callejero en respuesta al golpe militar que derrocó al entonces primer ministro Thaksin Shinawatra.

Thaksin, denominado “el Berlusconi tailandés”, es un antiguo coronel de la policía convertido en magnate de las telecomunicaciones, antes de dar el salto a la política. Durante sus años de gobierno se ganó el apoyo de gran parte de la Tailandia rural al establecer un programa de sanidad a bajo costo y un sistema de crédito universal que beneficiaron enormemente a los campesinos. Al mismo tiempo, sin embargo, cambiaba las leyes anti-trust para poder vender una compañía de su familia, ShinCorp, al gobierno de Singapur, enriqueciéndose de manera desproporcionada e ilícita.

El gobierno Thaksin tomó otras medidas polémicas, entre ellas el lanzamiento de una “guerra total contra las drogas” que provocó 2 mil muertos a manos de la policía en menos de dos años, muchos de ellos sin ninguna relación con el narcotráfico. En el sur de Tailandia se le dio carta blanca al ejército para combatir a la creciente insurgencia musulmana, que venía radicalizándose desde 2004, por lo que abusos y ejecuciones extrajudiciales se volvieron habituales. Al mismo tiempo, Thaksin comenzó a silenciar a periodistas y abogados críticos con su gestión.

De este modo, Thaksin logró aglutinar en su contra a un amplio espectro de oposición, la llamada Alianza Popular por la Democracia (PAD), que abarcaba desde la nobleza tradicionalista hasta grupos de la sociedad civil de izquierda. El PAD, que vestían ropas amarillas, ejerció una eficaz campaña que culminó en el golpe de estado de septiembre de 2006.

Las fuerzas pro-Thaksin se reagruparon en otro partido político, que contra todo pronóstico ganó las elecciones de diciembre de 2007. El PAD, los “camisas amarillas”, volvió a la calle, pero esta vez el manifiesto carácter antidemocrático de sus manifestaciones –sus líderes pedían que se eliminase el sistema “un hombre, un voto”, porque eso daba “demasiado poder a la mayoría campesina”- hizo que los movimientos de izquierda se desvinculasen de éste. La agresiva campaña del PAD –que llegó a ocupar el Parlamento y el aeropuerto de Bangkok- saboteó toda iniciativa del nuevo gobierno pro-Thaksin, que al final acabó desmoronándose. Tras un período de inestabilidad, el parlamento tailandés acabó eligiendo al actual primer ministro, Abhisit Veijjajiva, como solución de compromiso.

Thaksin, en el exilio, sigue financiando a los miembros del UDD, quienes alegan, no sin razón, que mientras el bloque pro-Thaksin ha ganado tres elecciones desde 2001, sus oponentes no han ganado ninguna. A Thaksin lo derrocó un golpe militar, y a su sucesor, Samak Sundaravej, un movimiento callejero antidemocrático y oligárquico (la “revolución de los palos de golf”).

Ni Thaksin, ni Samak –un antiguo hardliner de extrema derecha reciclado en hombre de paja del primero-, ni, en general, los actuales líderes de los “camisas rojas” pueden ser considerados genuinos partidarios de un verdadero cambio social. Pero lo cierto es que este movimiento popular ha despertado enormes esperanzas entre los más pobres de Tailandia, que sueñan con una mayor redistribución de la riqueza y las oportunidades, en uno de los países más clasistas del mundo. La represión militar ha terminado con la cabeza del movimiento, pero no con los síntomas del problema. La semilla de la rebelión sigue plantada.


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