miércoles, 12 de agosto de 2009

Tarlabaşı


Vivo en un antiguo barrio de minorías, testimonio del pasado cosmopolita de Estambul –antaño armenios y griegos, hoy gitanos e inmigrantes, amén de gente de clase popular-. Ahora, la degradación de la parte norte lo ha llenado de yonquis, prostitutas y buscavidas. Pero está tan céntrico que el proceso de expulsión de los elementos marginales –tal y como lo entienden aquí los constructores, es decir, incluyendo a los pobres- ya ha empezado. En unos años, esto será una barriada de carísimos apartamentos en una de las zonas más exclusivas de Estambul, con la ayuda de la autoridad y la imprescindible corrupción.

El bulevar Tarlabaşı -la calle principal de la zona, y donde está también el Instituto Cervantes- es la línea que separa el Estambul respetable del portuario: a un lado, los cafés de moda. Al otro, los burdeles, los moteles por horas, los travestis en busca de clientes. Comparados con los bellos kathoey de Tailandia, estos pobres diablos ajados por las lágrimas y la incomprensión sólo pueden inspirar lástima. Y rodeándolos, una maraña de chulos bigotudos y de aficionados al sexo de pago de este jaez que, no obstante, hacen gala de una homofobia feroz.

Ha habido una epidemia de robos en pisos de extranjeros en Cihangir, un barrio de clase media al otro lado de la colina de Beyoğlu, y los extranjeros de la zona se inquietan. Pero los que vivimos en Tarlabaşı estamos a salvo.
- Los ladrones seguro que son de nuestro barrio, pero se van a robar a otro sitio – dice José, un compañero que vive a dos calles de mi casa.
En realidad, es la presencia permanente de gente lo que nos blinda contra los asaltos. En el barrio del pobre no hace falta policía, porque no hay secretos.


Mi calle, de todas formas, no es la jungla que podría pensarse. Vivo en Simitçi Sokak, “el callejón de los rosquilleros”, en lo alto de una cuesta que, callejeando, nos lleva a un antiguo embarcadero comercial en donde hoy sólo se puede tomar un ferry de improbable destino. En la esquina, una mujer carda lana a bastonazos para rellenar algún colchón. Hay mercados, balonazos, discusiones entre vecinos, niños que se desgarran los pulmones llamando a una madre que les ignora mientras, como quien no quiere la cosa, torturan a un pobre perro. La ropa cuelga, mediterránea, de las ventanas de un lado a otro de la calle. La presencia de ratas la hermana con otras ciudades de similar signo decadente.
- Nunca he visto una rata en Estambul. – comenta optimista Mónica, una amiga que lleva un par de años en la ciudad, frente a mi ventana.
- Pues yo ya he visto dos en una hora.
Debe ser cosa de este barrio.

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Juan Goytisolo, al parecer, escribe en alguna parte que los turcos dicen “Palavra”, casi como en español. Pero en turco significa ‘mentira’: los marineros españoles solían cerrar negocios ‘dando su palabra’, que luego nunca cumplían. A fuerza de uso, los turcos terminaron por mostrarse pragmáticos en su escepticismo: “Evet, evet, palavra” (“Sí, sí, ‘palabra’”). Es a esa clase de gente, claro, aquellos que hacen tratos subrepticios amparados por la oscuridad, a quienes pertenece Tarlabaşı. Pero también a los propietarios de los bakkal, los hombres que se sientan en los cafés y las mujeres que lo hacen a la puerta de las casas, los jóvenes que crecen juntos hermanados por una misma calle. La gente corriente que conforma una ciudad.

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He organizado una fiesta de inauguración en mi casa, en la que cometo la hazaña de invitar a más gente que metros cuadrados tiene el apartamento. Unas pocas horas antes, un apagón deja a todo el barrio sin luz. Al parecer, es algo bastante frecuente, y no sólo en esta zona de Estambul. Salgo a comprar velas –la fiesta se celebrará igualmente- y a cenar algo en un restaurante callejero; y a medida que se acerca la noche, la sensación de acechanza se agudiza, como si al caer el sol fuesen a salir los vampiros. En el cruce, los semáforos han dejado de funcionar por el apagón, y entonces percibo el potencial de caos que tiene esta ciudad, a medida que los coches desbocados calle abajo se abalanzan unos contra otros en el remolino de la encrucijada, semejando peces de un estanque asiático que se amontonan, compitiendo por el pan que les arrojamos. No quisiera estar en Tarlabaşı el día del apocalipsis atómico.

Pero al cabo de un rato, la luz regresa. Y la vida sigue.

1 comentario:

  1. Tómate una copita a mi salud a la luz de las velas. Un abrazo!

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