Al final, el asunto del juicio a la Shell por su complicidad en el asesinato de Ken Saro-Wiwa y otros activistas Ogoni en Nigeria se ha saldado de la forma más previsible: con pasta. La compañía ha aceptado llegar a un acuerdo económico con las familias de los ejecutados, aunque ha negado su responsabilidad en los hechos (¿?). La indemnización alcanza los 15'5 millones de dólares (unos 11 millones de euros) y ha sido etiquetada por los portavoces de la Shell como parte de un "proceso de reconciliación". "Estábamos preparados para limpiar nuestro nombre en un tribunal, pero creemos que lo mejor es centrarnos en el futuro de la gente de Ogoni, ya que es importante para la paz y la estabilidad en la región", afirma Malcolm Brinded, director de exploración y producción de la compañía.
Algunas asociaciones ecologistas y de derechos humanos están decepcionadas, porque esperaban que el juicio ayudase a sacar a la luz la verdadera implicación de la Shell en la degradación medioambiental en el delta del Níger, así como en su connivencia con la dictadura nigeriana. Pero los abogados de la acusación se dan por satisfechos: "Hemos tenido litigios con Shell durante 13 años y, al final del día de hoy, las familias serán compensadas por los abusos de los derechos humanos que sufrieron", ha declarado Paul Hoffman, uno de los abogados de las familias. "Si hubiésemos ido a juicio y lo hubieramos ganado, los demandantes hubieran tenido que hacer frente a apelaciones durante años". La mayor parte del dinero, afirman, se destinará a mejorar la vida de la población Ogoni.
Estoy haciendo un reportaje para VJM, la televisión en internet con la que estoy colaborando, sobre los inmigrantes birmanos en Mae Sot, una ciudad fronteriza al noroeste de Tailandia. Mi amigo Gaspar Canela, el corresponsal de la agencia EFE en Tailandia, y un servidor, nos personamos allí.
El monzón no perdona, así que durante los siguientes cuatro días pasamos muchas horas bajo techo, en restaurantes callejeros, en sedes de asociaciones, en el porche del hotel, esperando a que escampe. Llueve, llueve, llueve. A ratos, la lluvia para durante unos pocos minutos, que aprovechamos para desplazarnos a otro lugar en la moto que hemos alquilado.
Hay más de dos millones de birmanos en Tailandia, la mitad de ellos de forma irregular. Algunos son refugiados políticos, pero la mayoría son meros inmigrantes económicos, desplazados por la pobreza. Un cuarto de millón se concentran en Mae Sot, o en el cercano campo de refugiados de Mae La. Desesperados por trabajar, son empleados por empresarios tailandeses, chinos, taiwaneses, como mano de obra barata, explotados en las casi 250 fábricas de la ciudad. Esa es la historia que hemos venido a hacer: como lo define acertadamente una voluntaria, es “la capitalización del sufrimiento ajeno”.
Yaung ChiOo es una asociación de trabajadores que intenta asesorar a estos trabajadores sobre sus derechos laborales, y con la que hemos contactado previamente. En nuestro segundo día en Mae Sot conocemos a su fundador, Moe Swe. Pero una entrevista que debería ser sobre derechos laborales se convierte en una charla política sobre Birmania.
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Mae Sot, 4 de junio de 2009
Moe Swe es uno de los estudiantes del Instituto de Tecnología de Rangún que se unió a las protestas de 1988. Cuando la represión se volvió implacable, escapó a Tailandia, donde se unió a la guerrilla que estaban formando los estudiantes huidos. “Estuve en la jungla durante doce años, como guerrillero", explica. "Las armas las obteníamos de las guerrillas étnicas, sobre todo los Karen y los Mon”. Prácticamente desde su independencia en 1948, Birmania ha estado haciendo frente a revueltas regionales de carácter étnico. El ejército birmano las ha reprimido con dureza en cada ocasión, por lo que, al principio, los guerrilleros de estas etnias sospechaban de los estudiantes. “Para ellos, éramos birmanos, como los que les cazaban en la jungla. Les decíamos: ‘eh, es el ejército el que os reprime, no los estudiantes’. Tardaron tres años en confiar en nosotros”, nos cuenta.
A mediados de los 90, Moe Swe se dio cuenta de que había ya un millón de inmigrantes birmanos en Tailandia, que vivían en condiciones espantosas y a las que había que prestar atención también. Por eso, decidió crear la organización, que se materializó en 1999. “Considero mi trabajo como parte de un movimiento pro-democracia más amplio”, asegura, aunque sus éxitos son limitados. “La estrategia de la junta [militar] en Birmania es mantener en la cárcel a aquellos implicados en asuntos políticos. El resultado es que la gente teme meterse en política, e incluso apoyar a aquellos que dan la cara”, se lamenta. La cosa no es ninguna broma: a aquellos que participaron en la “Revolución azafrán” de 2007 les cayeron hasta 24 años de cárcel.
Le preguntamos si, como birmano, cree que la política de sanciones seguida por los EE.UU. es positiva, o tiene consecuencias sobre la población civil (pensando en el caso del Irak de Sadam Hussein, donde el embargo provocó la muerte de medio millón de niños iraquíes). Para mi sorpresa, asegura que las sanciones son eficientes. “El SPDC –el autodenominado Consejo Estatal para la Paz y el Desarrollo, es decir, el gobierno militar- es el grupo más castigado por las sanciones. Se están gastando millonadas intentando lavar su imagen en los EE.UU., lo que demuestra que sí les afecta. En cuanto a la población civil, ya había un millón de desplazados antes de la imposición de las sanciones”, afirma Moe. Se queja de que no exista consenso al respecto (la política de la UE respecto a Birmania no es firme, y otros países, como China, Tailandia, Japón o India hacen negocios abiertamente con la junta. Birmania es un país rico en recursos minerales y energéticos, especialmente piedras preciosas y gas). “Es normal, es una cuestión de los intereses de cada país. India al principio nos apoyaba al cien por cien, pero desde 1996 empezaron a temer el acercamiento de China, así que comenzaron también a negociar con la dictadura. Pero es un problema para nuestro movimiento”, dice. “Si hubiese un mismo acercamiento al problema, si todos los países apoyasen las sanciones, la junta caería”, afirma.
Gaspar le pregunta si no cree que, aún en el caso de que Birmania acceda a la democracia, seguirán teniendo problemas con las guerrillas étnicas. “Ya no, gracias a 1988”, responde. “Estos movimientos han aprendido que no estamos contra ellos. Ya no reclaman la independencia, sino autonomía”. La solución que contemplan es un estado federal. Le digo que eso puede ser cierto para los Karen, pero en algunos casos, como el estado Wa, las guerrillas son ahora mismo una milicia que protege a narcotraficantes. Pero Moe Swe sacude la cabeza: “ahora mismo, las guerrillas hacen estas cosas para financiarse. Cuando tengamos un ejército nacional en el que todos estén integrados, ya no tendrán por qué hacerlo”, dice con una gran sonrisa. ¿Se lo cree de verdad? Quién sabe… En todo caso, ese momento parece tan lejano aún…
Al poco de empezar este blog, me situaba a mí mismo en el campo de los “obamaescépticos”. No obstante, a veces uno quiere soñar, y el actual presidente de los Estados Unidos de América parece estar dándonos motivos a los que creemos que el mundo se puede arreglar (al menos un poco). Una prueba de ello es el discurso que Obama dio el pasado día 4 en la Universidad Americana de El Cairo. “He venido aquí buscando un nuevo comienzo entre los EE.UU. y los musulmanes de todo el mundo; uno basado en el interés mutuo y el respeto mutuo”, declaró.
Yo viví en El Cairo en 2006 y 2007, y escuché a muchos egipcios hablar sobre los Estados Unidos. Era la época en la que la espiral iraquí alcanzaba su punto más sangriento, con coches bombas en mercados a diario. Era la época de “Camino a Guantánamo”, cuando se estaba empezando a saber cuántos inocentes habían sido encerrados en aquel agujero negro legal. Se buscaba activamente el casus belli para iniciar una nueva guerra con Irán. Y no hacía tanto que los norteamericanos habían reelegido a aquella catástrofe llamada George W. Bush, diluyendo la línea entre el gobierno y el pueblo de los Estados Unidos.
Durante el verano de 2006, además, Israel arrasó Líbano. Miles de refugiados –entre ellos los españoles que vivían en Beirut- aterrizaron en Egipto. En aquella época, las calles de El Cairo hervían de rabia. La bandera libanesa estaba en casi todas las tiendas, los actores y cantantes egipcios recaudaban dinero para las víctimas, y los jóvenes de clase media hablaban de irse a combatir a Líbano si la guerra continuaba de esta manera tan brutal (pero, claro, en las teles de España sólo se vio a los cuatro radicales islámicos pegando berridos en la puerta de la mezquita de Al-Azhar por lo de las caricaturas de Mahoma). La administración Bush se limitó a decir que Israel estaba en su derecho a defenderse.
Los egipcios corrientes venían odiando a los EE.UU. no por un fuerte sentimiento islámico antioccidental –alguno había, claro- o porque “odian nuestra democracia”, como decía Bush, sino porque observaban cómo Norteamérica se alineaba sin fisuras con Israel*, y con la corrupta dictadura de Hosni Mubarak en Egipto**. Los EE.UU., veían, arremeten contra Siria, Irak, Irán, pero no dicen nada del programa nuclear que el gobierno de Mubarak quiere poner en marcha, toleran las dictaduras en Jordania, Kuwait, los Emiratos, y la radicalísima monarquía fundamentalista en Arabia Saudí. Los EE.UU. derrocan la dictadura de Sadam Hussein en Irak en nombre de la democracia, pero niegan la legitimidad de Hamás cuando éstos ganan las elecciones en Gaza. Nunca el doble rasero estadounidense ha sido tan evidente como en Oriente Próximo. “No me cuentes historias”, le decía un amigo mío egipcio, liberal, bebedor de alcohol, a una confusa universitaria norteamericana, “lo de tu país en Oriente Medio es sólo imperialismo (is all about imperialism)”.
Y, de repente, llega un señor llamado Barack Hussein Obama y hace llorar de emoción a los egipcios. No a todos, por supuesto. Pero sí, por ejemplo, a Abdallah Schleifer, el corresponsal de Al Jazeera, y a los estudiantes de la Universidad Americana de El Cairo, la mayoría egipcios de clase alta. “Reconozco que el cambio no puede ocurrir de la noche al día”, dijo Obama. “Ningún discurso puede erradicar años de desconfianza, ni puedo, en el tiempo que tengo, responder a todas las complejas cuestiones que nos han llevado a este punto. Pero estoy convencido de que para superarlo, debemos decir abiertamente lo que guardamos en nuestros corazones, y que demasiado a menudo son dichas sólo de puertas adentro. Debe haber un esfuerzo continuo por escuchar al otro; por aprender del otro; por respetar al otro; y por encontrar un terreno común”.
El discurso ha sido percibido en el mundo musulmán con agrado, aunque con escepticismo. Está bien eso de enterrar el hacha de guerra, pero no bastan las palabras: hacen falta hechos que lo corroboren. Habrá que ver cómo se desarrollan las cosas, pero por el momento hay varios elementos que indican que esta vez hay motivo para la esperanza. Para empezar, históricamente ningún presidente de los Estados Unidos se ha implicado en el avispero de Oriente Próximo hasta el principio de su segundo mandato. Desde el punto de vista práctico, la cosa tenía su lógica: si, pongamos, Bill Clinton, o George Bush padre, consigue resolver el conflicto árabe-israelí, pasa a la historia. Y si fracasa, tampoco se juega la reelección por ello... Pero Obama se ha puesto a ello desde el primer día, lo cual ya marca una diferencia fundamental.
En segundo lugar, a través de su enviado especial a Oriente Próximo, el competente George Mitchell, se ha atrevido a decirles a los israelíes que deben detener inmediatamente la expansión de los asentamientos de colonos en la Cisjordania ocupada –una práctica ilegal, además, según el derecho internacional-. Obama se ha atrevido a mentar la necesidad de la creación de un estado palestino en Gaza y Cisjordania. Incluso ha mencionado explícitamente el llamado Plan Saudí, que recoge la idea de “Paz por Territorios”, es decir, el que la Liga Árabe en bloque reconozca al estado israelí y su derecho a existir a cambio de su retirada a las fronteras anteriores a 1967, esto es, que abandone la Cisjordania ocupada, incluyendo los asentamientos. Con algunos matices, como el envío de cascos azules liderados por EE.UU. a una Jerusalén de capitalidad dividida, este plan es la espina dorsal del programa de Obama para este conflicto. La solución de los dos estados puede que no sea la más justa***, pero parece la única mínimamente realista.
Los signos, empero, no son muy halagüeños: tras la guerra de Gaza –perpetrada, en parte, para mandar un mensaje de independencia a la nueva administración estadounidense y sabotear los intentos de injerencia-, la extrema derecha ha ganado las elecciones en Israel. El nuevo gobierno no renuncia a un solo centímetro de Cisjordania, se ha declarado a favor de la “expansión natural” de los asentamientos, e incluso quiere revocar la ciudadanía a los árabes israelíes y expulsarles del país, porque no son judíos. Vamos, que los israelíes no están por la labor de los dos estados, idea que el primer ministro Benjamin Netanyahu ha calificado de “infantil”.
Está por ver si la administración Obama se atreverá a llegar hasta el final. Pero si hay algún país que puede presionar a Israel, ése es Estados Unidos. Y de momento, Obama ha cambiado el tono del discurso, y con ello, tal vez, la historia. Déjenme que me recree en sus palabras: “Demasiadas lágrimas se han llorado. Demasiada sangre se ha derramado. Todos tenemos una responsabilidad de trabajar por el día en el que las madres de israelíes y palestinos puedan ver crecer a sus hijos sin miedo (…). No podemos imponer la paz. Pero en privado, muchos musulmanes reconocen que Israel no desaparecerá. Del mismo modo, muchos israelíes reconocen la necesidad de un estado palestino. Es el momento de que actuemos a favor de lo que todo el mundo sabe que es verdad”.
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*Israel es el principal receptor de ayuda estadounidense. En 2008 alcanzó los 24.000 millones de dólares, la mayoría en armamento.
**Otros 5.000 millones de dólares anuales, y mucho material antidisturbios. Se calcula que en Egipto hay unos 5.000 presos políticos, y la tortura es la forma normal de tratar a los detenidos, sean políticos o delincuentes comunes. ¿A que no lo sabían? En cambio, la tiránica y horripilante dictadura castrista –no digo que no lo sea, sólo espero que capten la ironía del asunto- retiene a 58 (sí, cincuenta y ocho) presos políticos, y en el informe anual de Amnistía Internacional no hay mención a casos de tortura…
***Algunas voces entre los moderados tanto israelíes como palestinos hablan de la solución de UN solo estado totalmente democrático, en el que ambas partes sean ciudadanos de pleno derecho.
Para qué negarlo: el tipo me ha impresionado. Veinticuatro añitos, solamente, y ya es un erudito, o va camino de serlo, aunque la sencillez de sus palabras no permita advertirlo al principio. Andrés Mourenza es colaborador de la agencia EFE en Estambul, y le conocí en mi reciente paso por el Bósforo.
Como personaje –en el buen sentido de la palabra-, no tiene desperdicio: llegó a la ciudad hace ya casi cuatro años, enamorado de una turca –que sigue siendo su novia-, y tuvo que hacer de todo para sobrevivir, desde vender pashmina a dar clases de español. Durante un tiempo hasta fue el secretario del cónsul de Bolivia (“debe haber como seis bolivianos en Estambul, así que te puedes imaginar lo que trabajaba”, me comentaba un amigo común). Mientras tanto, Andrés aprendía turco, se empapaba del país, se hacía periodista. Un buen día le llegó la oportunidad desde EFE, y no la desperdició.
Lo más impactante es el respeto que sus compañeros le profesan. Cuando uno les interroga sobre algún aspecto, dicen: “Mejor pregúntale a Andrés”, a pesar de sacarle media década. En edad, claro, que no en experiencia: mientras algunos seguíamos rascándonos las bolas en la universidad, Andrés se pateaba los adoquines estambulíes peleando para llegar a fin de mes. Con lo que eso enseña.
Andrés, por supuesto, tiene una gran ventaja: domina el turco. Lee la prensa local, oye cosas por la calle. “Si pasa algo, el tío levanta el teléfono y llama directamente a la secretaría de un ministerio, y pregunta en turco. Y eso ayuda mucho: en inglés no puedes hacerlo”, comenta Ildefonso González, ex corresponsal de Europa Press en Estambul.
Si queréis verle en acción, le entrevistaron en el primer programa de “Españoles en el mundo”. Si preferís leerle, tiene un blog sobre Turquía, bastante interesante. En realidad, todo el motivo de este post es que Andrés acaba de sacar un libro en edición electrónica: "Transcaucasia Exprés", al que merece la pena echar un vistazo (podéis descargarlo en su web). Mejor dejo que lo explique él mismo.
Bangladesh es uno de esos países que me inspiran una profunda simpatía, y al que algún día volveré. Su historial de catástrofes e injusticias es tal que sería imposible sentir otra cosa, desde su nacimiento en 1971 fruto de un genocidio hasta el reciente huracán “Aila”, que ha dejado decenas de muertos, pasando por las hambrunas de 1974, la lucha contra el avance del fundamentalismo islámico o la cuestión del arsénico.
En la mayoría de los países en vías de desarrollo, el futuro está en las organizaciones no gubernamentales locales, porque son las herramientas para la creación de una sociedad civil saludable, que es lo que, a la larga, hace que las cosas funcionen. En Bangladesh opera una bastante activa, Proshika, creada por veteranos de la guerra de independencia animados por el ideal del desarrollo (la militancia se alimenta de la esperanza. Muchos de los mukti bahini, los luchadores por la independencia, creían en la construcción nacional en un marco democrático. La guerra fue, a pesar de todo, una época de confianza en el futuro).
El doctor Faruque, uno de los fundadores de Proshika, explica en un conmovedor texto por qué decidió crear esta organización. Faruque era hijo de una familia de clase media-alta que trabajaba para Oxfam. Tras las inundaciones del 74, fue enviado a la aldea de Romari, cerca de Rangpur, tan remota que tuvo que llegar solo, caminando, vadeando dos ríos. Los aldeanos le preguntaron: “¿Eres japonés?”. Los únicos forasteros que habían visto en su vida era un grupo de fotógrafos japoneses que habían llegado en helicóptero para tomar fotos del desastre.
“Cada día”, cuenta Faruque, “veía ocho o diez cadáveres junto al mercado”. Habían llegado para suplicar comida y habían muerto allí, sin recibir nada. “Pero había comida en el mercado para los que podían pagarla. Fue una terrible revelación: la hambruna había sido provocada por seres humanos”.
En aquella época, dice Faruque, sabía muy poco acerca de las estructuras de poder en el campo. En Romari había dos terratenientes que acaparaban la producción agrícola. “Tan pronto como supieron de mi llegada, me invitaron a almorzar con ellos. Querían la comida que Oxfam distribuía para dársela a los campesinos que trabajaban en sus tierras. Entonces comprendí. Habían monopolizado la comida enviada como ayuda humanitaria”.
Algunos leísteis las cartas que escribí desde India, con evidente cólera, hablando de la corrupción en la distribución de ayuda alimentaria. Por eso, la historia del doctor Faruque es una bocanada de aire fresco: “Hice una alianza con algunos jóvenes que se oponían a los terratenientes. Organizamos a la gente hambrienta y la enviamos a pedir comida. Les hicimos enfrentarse con centenares de hambrientos”, haciendo evidente que sus almacenes estaban repletos mientras permitían que la gente se muriese de hambre. Y funcionó: los caciques hubieron de distribuir la comida, bajo riesgo de perder toda autoridad en caso contrario. “Eso me hizo darme cuenta de que la cosa más importante para luchar contra la estructura de privilegios, el poder sobre la vida y la muerte de la gente, es la organización”.
El arsénico es un veneno casi perfecto: no tiene olor ni sabor, tiene numerosos usos civiles, por lo que es fácil de adquirir en las droguerías, y sus síntomas son similares a los de infecciones gastrointestinales sin importancia. Por eso, era uno de los principales métodos de liquidación de rivales durante el siglo XIX. Hoy día, de todos modos, los de CSI te hacen la autopsia y te lo encuentran en diez minutos… aunque hay que buscarlo, claro.
Se sabe que algunos líderes de Al Qaeda han barajado la posibilidad de arrojar grandes cantidades de esta sustancia en el suministro de agua de una gran ciudad. Pues bien, lo que parece una fantasía terrorista está ocurriendo sin intervención del ser humano en Bangladesh, donde el arsénico se da de forma natural en el subsuelo, desde donde se filtra a las aguas subterráneas, que después son consumidas por los seres humanos.
La estadística es aterradora: según Ruhul Haq, el Ministro de Salud de Bangladesh, más de la mitad de la población del país está afectada por la contaminación por arsénico. Esto supone un total de MÁS DE 80 MILLONES DE PERSONAS. La Organización Mundial de la Salud lo ha definido como “el mayor envenenamiento en masa de la historia”. Los afectados por esta sustancia sufren lesiones en la piel, los pulmones, el riñón y el corazón. En los últimos años, se ha disparado el número de muertes por cáncer, provocados directamente por el arsénico.
El problema, además, es bastante reciente: hasta finales de los años 70, la gente consumía el agua de ríos y charcas, con todas sus impurezas, por lo que el número de fallecidos por enfermedades contagiosas, especialmente niños, era muy alto. UNICEF y otras agencias de desarrollo proveyeron de fondos al gobierno bangladeshí para que construyese sistemas de extracción y canalización de aguas subterráneas por todo el país. Pero nadie se molestó en comprobar la salubridad de esas otras aguas. Peor: al otro lado de la frontera, en Bengala Occidental (India), esta situación se detectó ya a principios de los años 80, y la primera advertencia oficial fue enviada al gobierno de Bangladesh en 1985, pero éste se negó a reconocerla hasta 1993.
El desafío es descomunal: ahora no sólo hay que chequear todos los pozos, para ver en cuáles el subsuelo está contaminado, sino que hay que convencer a la población de que no use ese agua. “El agua de la cañería está limpia y cristalina; la de la charca, sucia. ¿Quién quiere beber agua de la charca? Incluso si construyes una planta de tratamiento o la hierves, haciéndola segura, la gente la mira y dice, no, gracias, tenemos la de la cañería”, dice Rick Johnston, un experto en aguas de UNICEF. Se hace lo que se puede: en esta canción escrita por el cantante Sayid Tipu Sultan se intenta concienciar a la gente del problema:
Una posible solución sería el uso de filtros en las cañerías. Pero cada filtro cuesta unos 25 euros, algo fuera del alcance de casi todas las comunidades. En 2008, el gobierno de Bangladesh intentó presionar para que se reconociese el acceso al agua limpia como un derecho humano fundamental. Pero aún en el caso de que lo consiguieran, sería más una victoria moral que otra cosa: el problema seguirá ahí. Saber que existe, en todo caso, es el primer paso.
En el Triángulo de Oro (la región fronteriza entre China, Laos, Tailandia y Birmania), los nombres de Wei Hseuh-kang y Bang Ron inspira un temor reverencial. No es de extrañar: según el Departamento de Estado de los EE.UU., su cártel de la heroína es el más importante del Sudeste Asiático, tal vez del mundo, y ya sabemos que esa gente no se anda con tonterías. Desde 2005, los norteamericanos ofrecen una recompensa de 2 millones de dólares por información que conduzca a su detención. En realidad, es una guerra perdida, porque lo que hace falta para detenerle no es información: todo el mundo sabe dónde están. Desde hace unos meses, cuando un desertor de su organización se lo contó todo al “Bangkok Post”, ese todo el mundo es literal.
Wei Hseuh-kang nació en la provincia china de Yunán, pero obtuvo la ciudadanía tailandesa en 1985. En 1988 se le arrestó en relación al decomiso de un alijo de 680 kilos de heroína en Chiang Mai, y se le condenó a cadena perpetua. Pero Wei apeló la sentencia y, extrañamente –o no tanto-, se le concedió la libertad bajo fianza, circunstancia que aprovechó para esfumarse. Reapareció al otro lado de la frontera, donde reorganizó su negocio, creando una narcoguerrilla, el Ejército Unido del Estado Wa (UWSA, por sus siglas en inglés), para protegerlo. En 1990, un tribunal tailandés le condenó in absentia a la pena de muerte.
Bang Ron es otro peligroso narcotraficante, y, curiosamente, el mejor amigo de Wei. Nacido en Bangkok, musulmán, escapó a un arresto después de que la policía descubriera 750.000 metanfetaminas en su casa, y huyó a Birmania, donde le esperaba Wei.
Tras la independencia del Imperio Británico en 1948, el estado birmano ha tenido que hacer frente constantemente a insurgencias regionales de corte étnico, algunas de las cuales –como la de los Karen- todavía perduran. Pero en 1989, el Comandante General Khin Nyunt, jefe de la inteligencia militar birmana, negoció el alto el fuego con otras muchas, ofreciéndoles privilegios como el derecho a administrar su territorio. La Nación Wa, fronteriza con China, sería desde entonces regida por el UWSA, es decir, por Wei Hseuh-kang, especialmente desde que en 1998 éste creó el grupo comercial Hong Pang, un consorcio de empresas que es el principal inversor de la región, y se ocupa de todo tipo de negocios, desde cemento y licores a minas de jade.
Ahora llegamos a lo interesante: ambos gángsteres viven en un búnker en mitad de la jungla birmana, protegidos por trescientos tíos armados y un sistema de misiles antiaéreos. El complejo está a cinco metros de profundidad, y consta de cuatro edificios que incluyen una sala de conferencias, un laboratorio de metanfetaminas, un centro de entrenamiento militar y una cocina. Algunos diplomáticos y oficiales de inteligencia occidentales han especulado con la posibilidad de tirarles un misil. Pero el búnker está sólo a veinte kilómetros de la frontera china, lo que lo hace imposible sin crear un incidente diplomático.
En realidad, la mejor protección de ambos hombres son sus contactos: se dice que a nadie le interesa capturar a Wei Hseuh-kang o a Bang Ron, porque un proceso contra él podría acabar implicando a altos cargos de la administración birmana, china, vietnamita y tailandesa (los países en los que la organización de Wei hace negocios). El desertor que habló con el “Bangkok Post” declaraba con rabia: “No todos los miembros del UWSA están contentos con lo que hace Wei. Algunos le odiamos por ello”. Pero los dos gángsteres permanecen intocados en medio de la jungla. Otra triste historia de Asia.
Nací en Zaragoza en 1980, y mi apellido significa “entre ciudades” en euskera (creo...). Soy aprendiz de documentalista, de periodista, de escritor, de vividor, y de todo eso la palabra más importante es la primera, “aprendiz”: el que está aprendiendo. Mi padre ha intentado mandarme a la obra varias veces, para que sepa lo que vale un peine, pero me temo que le ha salido un ejemplar cripto-pequeñoburgués sin talento para el trabajo manual. He vivido en Madrid, El Cairo, Sofía, Bangkok y, ahora, en Estambul. Por haber nacido en esta parte del mundo y tener la familia que tengo, ahora puedo vivir haciendo lo que quiero. Tengo mucha suerte, y además soy consciente de que la tengo. Y eso es, casi, la felicidad...