lunes, 7 de marzo de 2011

Una plaza en busca de un nombre revolucionario


Publicado originalmente en ABC el 9-12-2011

Crónicas de la revolución árabe (III) - Túnez

Una plaza en busca de un nombre revolucionario

La fecha del “7 de noviembre”, día en que el dictador tunecino Ben Alí llegó al poder, es ahora eliminada de calles y edificios públicos en todo el país

En Túnez no han llegado a los extremos de la revolución francesa, donde los dirigentes revolucionarios llegaron a cambiar los nombres de los meses, pero hay cosas que los tunecinos tampoco están dispuestos a aceptar. Desde la huída del dictador Zine Abidine Ben Alí hace casi un mes, uno de los principales lugares de la capital, la antigua “Plaza 7 de noviembre”, ha perdido su nombre. Y lo mismo ocurre en localidades de todo el país.

El 7 de noviembre es el día en el que Ben Alí asumió el poder –corría el año 1987-, tras deponer al padre de la independencia tunecina, Habib Burguiba, hasta entonces el único presidente del país en su época post-colonial, alegando la demencia senil de éste. Desde entonces, cada año, los tunecinos han tenido que sufrir la celebración obligatoria de esta fecha, convertida en fiesta nacional. Fecha, por tanto, grabada a fuego en la memoria del pueblo.

Por eso, no es de extrañar que, pocas horas después de la salida del presidente, grupos de ciudadanos arrancasen todas las placas donde aparecía el nombre de la plaza. La mampara de plástico que, sobre una isleta en uno de los extremos, indicaba la entrada en la rotonda a los conductores, fue destrozada a pedradas.

El problema es que, por ahora, no saben qué nuevo nombre ponerle. A veces prima el pragmatismo, y hay quien todavía usa el antiguo nombre, pero si uno lo utiliza, por ejemplo, en un taxi, o para preguntar por una indicación, se arriesga a una mirada asesina cargada de celo revolucionario. Algunos comienzan a llamarla “la plaza de la torre” (en su centro hay una enorme construcción vertical coronada con un reloj, al estilo, salvando las distancias, del Big Ben londinense), o “donde los ministerios”.

“Podían llamarla Plaza de Alí Babá y los Cuarenta Ladrones”, nos dice un tal Karim, señalando precisamente esos edificios. Sus dos amigos celebran la ocurrencia con una risotada. Los tres hombres de edad madura, oficinistas todos ellos, disfrutan de un café en una de las numerosas terrazas de la Avenida Habib Burguiba, la arteria tradicional de la vida social de la ciudad, que nace en la plaza. Ahora, un nuevo elemento ocupa el centro de la calle: el alambre de espino y los tres blindados del ejército que protegen el Ministerio del Interior.

Karim y sus amigos están encantados con la caída de Ben Alí –participaron en algunas manifestaciones, según dicen-, pero no les gustan estos “politicastros”, y desde luego no quieren ni oír hablar de que se le ponga el nombre de ninguno de ellos a la avenida. Les decimos que nos han hablado de diferentes posibles nombres: “Plaza de la Revolución”, “Plaza del 14 de enero” (el día de la salida de Ben Alí)… Se limitan a encogerse de hombros. “No están mal, podrían valer”, musitan.

Pero cuando sugerimos, tal y como hemos oído, “Plaza Muhammad Al Boazizi” (en memoria del joven que, desesperado y aplastado por el sistema, se prendió fuego el pasado enero, dando inicio a la revuelta), leemos el respeto en sus rostros. “Él sí merece una avenida, y una estatua”, nos dicen. Por el momento, en la base de la torre, una enorme pintada en árabe ya homenajea al joven héroe: “Saha Es-shahid El-batal Muhammad Al Boazizi”. “Salud al mártir”.


sábado, 5 de marzo de 2011

La miseria y la corrupción desgarran Túnez


Crónicas de la revolución árabe (II) - Túnez

La miseria y la corrupción desgarran Túnez

Thela, Túnez, 13 de febrero de 2011

Nahiza Bulabi, cuyo marido está en el hospital por los gases lacrimógenos de la policía

En ciudades como Thela, en el interior de Túnez, poco ha cambiado desde la caída del presidente Zine Abidine Ben Alí. El desempleo sigue siendo cercano al 80 por ciento (imposible saber la cifra real, pues las estadísticas oficiales jamás la admitirían), hay una sola sucursal bancaria para una localidad de 54.000 habitantes, y la corrupción, según sus habitantes, está desbocada.

“Yo era el propietario de la cantera local. Trabajaba sin permiso, pagando un soborno a un funcionario municipal. Pero hace seis años solicité el permiso y lo obtuve, así que decidí dejar de pagar”, dice el empresario Habib Rahmuni. “Entonces el funcionario, junto con la familia Trabelsi [a la que pertenece la mujer de Ben Alí, Leïla] compró las tierras de alrededor, y un día simplemente vinieron y nos echaron, a mí y a mis trabajadores, y se quedaron con la cantera”, afirma.

Un lugar en el que los trabajadores, según describen a ABC, trabajan en condiciones de semiesclavitud. Los accidentes mortales son frecuentes, pero a pesar de ello, quien consigue empleo en la cantera puede considerarse afortunado. Por eso en Thela no hizo falta demasiado para que el descontento prendiese.

«La revolución la empezamos nosotros»

“La revolución la empezamos nosotros”, asegura Adl Romdhani, sindicalista y maestro de la escuela local. “En Sidi Bouzid hubo protestas después de la muerte de Muhamad El Buazizi [el joven frutero tunecino cuya inmolación fue la chispa que inició la revuelta], pero los primeros muertos ocurrieron en esta zona”, asegura. Aquí, los jóvenes en paro se lanzaron enseguida a protestar. “Trajeron a mil ochocientos policías de intervención desde otras ciudades. A quien arrestaban, le robaban el móvil y el dinero. Nos insultaban, gritándonos “argelinos de mierda”. Saqueaban las tiendas por la noche, entraban en las casas y molestaban a las mujeres”, relata Romdhani.

Y entonces, los primeros muertos. “Mataron a varios jóvenes a corta distancia, a unos diez metros. Los dejaban moribundos en el suelo, sin atenderles, e incluso les pegaban”, cuenta Romdhani. “Arrestaron a catorce jóvenes y se los llevaron a Kasserine, donde les torturaron. A las chicas las violaron, y también a uno de los chicos, con una porra de policía, delante de todo el mundo”, dice.

Pero en esta zona, la gente pertenece a los clanes tribales de Medjeri y Freshish, que tienen parientes en todo el centro y sur del país, y también en los barrios obreros de la capital, lo que, según los habitantes de Thela, hizo que las protestas se extendiesen por todo el país. A las tribus no tardarían en unírseles el resto de sectores sociales. La revolución había calado.

La miseria es atroz

Romdhani acepta llevar a los periodistas a los barrios de la periferia, donde la miseria es atroz. Al llegar, no tarda en rodearnos un enjambre de personas que cree que somos funcionarios, portando cartillas de minusvalía, diplomas, fotos de sus hijos muertos. Tras una pequeña decepción, se lanzan a contar sus historias, que, en el fondo, se parecen todas: hombres y mujeres en el paro desde los años ochenta; familias de cinco, seis, diez hijos; enfermedades sobrecogedoras; ayudas al desempleo que nunca llegan, robadas por los funcionarios de correos.

El grupo no tarda en descontrolarse. Los vecinos, de pura frustración, zarandean a los periodistas, que se muestran impotentes para visitar las casas de todos, para escuchar las historias de todos: el vivo rostro de la desesperación. Cuando logramos salir de allí y meternos en el coche, una mujer nos aborda con una enorme foto de su hijo: Heldi Niza, de 24 años, muerto en la cantera en 2007, aplastado por una piedra. La propia Leïla Trabelsi se negó a concederle una indemnización a la familia.

“¿En qué es mejor El Buazizi que mi hijo?”, nos grita. “¡Él también es un héroe!”. Esta mujer, como tantas otras personas en Túnez, está desbordada por el dolor, la rabia y la humillación. Aporreando la carrocería de nuestro coche, nos planta la foto del muchacho en el parabrisas y lanza una sentencia reveladora: “¡Yo por mi hijo le prendo fuego a Túnez!”.

Gentes, las de Thela, que, como la mayoría de tunecinos del interior, no han visto ninguna mejora en sus vidas después de la revolución. “Ningún periodista tunecino ha venido a ver nuestra situación”, se quejan una y otra vez. “¡No le importamos a nadie!”, dicen amargamente. Un activista local relata que algunos vecinos están empezando a izar banderas de Argelia, a modo de rechazo de un estado que les ignora. Para otros, miles de ellos, la única salida sigue siendo la de siempre: la patera a Europa.

sábado, 5 de febrero de 2011

Viaje con el corazón de la revolución árabe


Crónicas de la revolución árabe (I): Jordania


Publicado originalmente en ABC, en versión reducida por cuestión de espacio. Aquí la version integra:


Viaje con el corazón de la revolución árabe

Daniel Iriarte - Enviado especial a Ammán

Es de noche y llueve, a pesar de que cruzamos lo que puede considerarse un desierto. El destartalado autobús, alquilado para la ocasión, está lleno de humo de cigarrillos. La ley antitabaco no ha llegado a Jordania, y tampoco estas personas son de las que respetan las normas: la veintena de jóvenes que viaja en este autobús hacia una protesta en Irbid, a cien kilómetros al norte de Ammán, son la sangre del movimiento de contestación que sacude Jordania. Son, como otros iguales que ellos en los países vecinos, el corazón de la revolución árabe.

Nada de ortodoxia ideológica: hay marxistas, nacionalistas revolucionarios, izquierdistas palestinos, incluso dos chicas con velo… “Sólo hay siete anarquistas en toda Jordania”, asegura un tipo con perilla que dice llamarse Hamza, “y dos están en este autobús”. Uno de ellos, Moath, tiene el extraño récord de ser la persona que más tiempo ha pasado en una prisión de la “mukhabarat” (“información”, que en esta parte del mundo equivalen demasiado a menudo a “supresión de la disidencia”), desde que se implantaron las leyes especiales de seguridad en 1989.

“¡Dos semanas!”, dice Moath, cuyo aspecto –pelo largo, cazadora de cuero y una camiseta de “V de Vendetta”- delata su filiación política. “Estaba haciendo una pintada, y todavía no había terminado de escribir la A de “Anarquía” cuando me arrestaron. No me torturaron mucho, nada de arrancarme las uñas y esas cosas. Pero me insultaban todo el tiempo, y ¡parece que les divertía pisarme la cabeza!”, nos cuenta.

Estuvo varios días desaparecido, hasta que tres de sus amigos –Hamza entre ellos- se bebieron una botella de “arak” (un licor anisado bastante fuerte, típico de la región) para armarse de valor, y se presentaron en la prisión a exigir noticias. “Estábamos bastante borrachos, montamos un buen espectáculo, y al final nos arrestaron a nosotros también”, explica Hamza. El episodio se solucionó tras una llamada telefónica de Khaled Kalal, secretario general del Movimiento de Izquierda Social, a la sede de la “mukhabarat”: “No podéis hacer desaparecer a la gente, ¡esto no es Siria!”, les dijo. Y les soltaron.

Precisamente por Siria andan preocupados ahora estos jóvenes; mañana hay convocado allí otro “Día de la Ira”. Pero todos saben cómo se las gasta la dictadura siria. “No creo que puedan hacer nada. De hecho, es sorprendente incluso que se hayan atrevido a organizar nada”, dice Moath.

El autobús se detiene en las afueras de Ammán para recoger a dos nuevos pasajeros, que suben con rostro sombrío. Cuando dan la noticia, un murmullo de pesadumbre recorre el autobús: los islamistas, hasta ayer parte de las protestas, han aceptado pactar con el gobierno. “Los Hermanos Musulmanes son unos oportunistas. No les interesa el beneficio del país, sino que negocian su propia posición”, dice Hamza.

En la parte delantera viaja uno de los líderes de las protestas, Mahdi, cabecilla indiscutible de la campaña “Ya venimos”. Mahdi está serio: tiene más experiencia política, sabe cuán debilitado está el movimiento. Pero no quiere hablar de la traición de los islamistas. “Los Hermanos Musulmanes sólo representan a una pequeña parte de los jordanos. Vamos a demostrar que hay otros grupos en el movimiento de protesta”, nos dice.

Para animarse, cantan: letras del cantautor izquierdista egipcio Sheikh Imam, de la revolución árabe, de la guerra civil libanesa. “Escribo tu nombre, Che Guevara, con sangre en los muros de mi celda…”. De repente, uno se arranca con una tonadilla que algunos no conocen. “¿Qué es eso?”, preguntan desde atrás. “Es el himno nacional tunecino”, dice uno de ellos. Y todos cantan, porque la revolución de Túnez, igual que la egipcia, es ahora la suya.

Mahdi no es optimista sobre la posibilidad de que vayan a lograr una democracia –una real, no un parlamento dirigido por la monarquía- en Jordania: “Me conformo con que esto sirva de germen para un gran sindicato nacional. Y con que la gente se acostumbre a exigir sus derechos, que aprenda que si se unen, conseguirán cosas”, dice, con una sonrisa resignada.

Pero en la parte trasera del autobús, la euforia es difícil de contener. “Incluso si no conseguimos nada más, ya hemos logrado grandes cosas. La libertad de expresión de estos días, el mero hecho de que estemos hablando abiertamente sobre transformar el país en una monarquía constitucional, criticando las decisiones del rey, manifestándonos, ya es toda una revoución”, insiste Hamza. Probablemente, dice, hoy no serán más de un centenar. Pero no importa.

“No sé qué va a salir de esto”, dice Moath, “pero lo intento con todas mis fuerzas. Sólo conozco el presente, y quién es mi oponente”. Atrás del todo, una muchacha diminuta envuelta en un velo púrpura llama nuestra atención. ¿Qué hace ella con toda esta gente? “Yo creo que estas personas, que no son religiosas, se equivocan en muchas cosas, como su postura sobre el velo. Pero tenemos otras ideas en común”, dice Walaa, que así se llama la chiquilla. “Ya hemos cambiado el gobierno. Es sólo el principio”, asegura.

Les oyes y comprendes que están convencidos de que la revolución, como se creía antaño, lo va a resolver todo: las dictaduras, la corrupción, el sufrimiento de los palestinos, la pobreza. De repente, nos deslumbran las luces de los semáforos a través de los cristales empañados: estamos en Ibrid. Las puertas se abren y los jóvenes manifestantes, empuñando las pancartas, salen a la noche, a la lluvia, a la esperanza.

domingo, 16 de enero de 2011

Una transición como Dios manda


Gracias, mis queridos alumnos dictadores, tiranillos y aprendices de sátrapa, por asistir a esta clase sobre cómo llevar a cabo una transición como Dios manda sin dejar de tener la sartén por el mango. Como caso de estudio, hoy veremos dos ejemplos de disolución de una dictadura, uno negativo y otro positivo.

El primero no es otro que el de Túnez, donde, tras casi tres décadas en el poder, el presidente Ben Alí acaba de ser derrocado por unas protestas populares.

Un buen tipo, el Ben Alí este: mantenía a raya a los islamistas y a los muertos de hambre africanos de los cayucos, se colegueaba con Berlusconi y Sarkozy (y antes con Chirac, Mitterrand…), tenía el país hecho una patena para los turistas… ¿Que la oposición intenta organizarse? No pasa nada, para eso tenía una red de espías formidable, en la que en cada café, en cada terraza, en cada fábrica, había al menos dos, cuatro o seis orejas escuchando para informar al régimen.

Claro, mantener semejante entramado de delatores cuesta pasta, y la economía no da para tanto. ¿Que en las ciudades del interior hay escasez? Que se aguanten, ya llegarán tiempos mejores.

Pero lo que el bueno de Ben Alí no supo prever es que treinta años en el poder son muchos, y que incluso dentro del régimen hay otros que también quieren chupar del bote. Por eso, llega un día en que tus generales deciden que no van a tirar contra la multitud que protesta. Y ese día estás acabado…

Así que Ben Alí se ha ido a terminar sus días a Arabia Saudí, como ese otro querido tirano nuestro llamado Idi Amín Dadá. Al menos, no le han hecho un juicio-broma y le han fusilado contra una pared de estuco, como a Ceauşescu

Como contrapartida, estudien muy de cerca el caso de Myanmar, que algunos románticos siguen llamando Birmania, la economía más dirigida de Asia después de Corea del Norte. Allí, la junta militar, que tiene a la gente bien metida en cintura y a los opositores bien tranquilitos en las cárceles, en el exilio o haciendo trabajos forzados, decide de repente convocar elecciones amañadas. Las gana, por supuesto, y después libera a Aung San Suu Kyi, cabeza visible de la oposición que se hace llamar democrática, para ganar puntos.

Y he aquí la jugada maestra. ¿Qué hace después el régimen? Acaba de anunciar la privatización del 90 por ciento de las compañías estatales. Dado que aún controlan el cotarro, los cabecillas del régimen y sus familiares están en una excelente posición para hacerse con todas esas empresas a precio de saldo. Y lo que venga luego ya no importa: se celebran elecciones realmente libres, el país deja de ser un paria internacional, los recursos naturales (gas, sobre todo) se venden a precio de saldo a chinos, indios y occidentales, y los prebostes del anterior régimen, reconvertidos en demócratas de toda la vida, nos forramos y seguimos controlando el percal.

¿Lo han entendido, mis queridos estudiantes? Tomen nota, eso es lo que se dice una transición bien hecha…


sábado, 15 de enero de 2011

Revueltas del pan


Un artículo mío publicado en M'Sur, sobre los disturbios en Argelia y Túnez:

Revueltas del pan

“El gobierno dice que el paro oficial es del treinta por ciento, pero la mayoría de los empleos que tiene la gente joven son por apenas unos meses, así que en realidad el desempleo es mucho mayor, tal vez la mitad del país”, se me quejaba, hace pocos años, un joven de Argel. La situación, al parecer, no ha hecho sino ir a peor. Otra historia que escuché en Túnez: un grupo de jóvenes desesperados asalta un tren a punta de pistola para robar a los viajeros, a pesar de que saben que, si les cogen, les espera la pena de muerte, o casi…

¿A alguien le extraña lo que está pasando en África del norte? Ahora que el desempleo es rampante en Europa debido a la crisis, los estados norteafricanos no pueden recurrir a su tradicional válvula de escape: la emigración. Y en ambos países, en los que el 70 % de la población tiene menos de treinta años, reina la sensación de no tener nada que perder porque los de arriba nunca permitirán que uno llegue a ninguna parte. Y el resultado es explosivo: carencias, hastío, y revuelta.

Y los regímenes han reaccionado de la única manera que saben: con la violencia. Al menos una veintena de muertos en Túnez, reconocidos por las autoridades (las organizaciones de derechos humanos hablan de cuarenta confirmados), y cinco muertos y ochocientos heridos en Argelia. ¿Tienen algo que ver ambas revueltas? En la superficie nada (que hayan ocurrido a la vez es una mera coincidencia); en el fondo, mucho. En ambos países las elites, herederas de procesos nacionalistas anticoloniales, acaparan las riquezas del país mientras a los de abajo no se les deja nada.

Lo mismo vale para los vecinos Libia, Egipto y, en menor medida, Marruecos. Y la gente común, los habitantes de las ciudades pequeñas o del extrarradio (que en ciudades como Túnez o Argel es casi todo), los excluidos de los beneficios de los hidrocarburos o del turismo, han dado finalmente un puñetazo en la mesa.

¿Servirá de algo? ¿Caerán los gobiernos de Argelia y Túnez? Está por ver. Ambos países han sufrido ya “revueltas del pan” en el pasado, y el sistema ha sobrevivido, aunque siempre ha tenido que hacer concesiones. Las más dramáticas, en Argelia, en 1988, se tradujeron en las primeras elecciones libres desde la independencia del país, que desembocaron en la victoria del Frente Islámico de Salvación, el posterior golpe militar y el inicio de la sangrienta guerra civil que todavía colea.

Egipto ha vivido dos conatos de rebelión en los últimos años, y Mubarak entendió perfectamente que su supervivencia política dependía del estómago, así que puso al ejército a hacer pan. Pero en Egipto, al menos, el paisano de a pie puede mentarle la madre al presidente sin que le ocurra nada. Por eso, no deja de ser sorprendente que haya sido en la militarizada Argelia, y en un Túnez que es el régimen más represivo de África del Norte (aunque jamás aparezca mencionado como tal en los medios), y a pesar de que esta fuerza súbitamente opositora carezca de organización, los jóvenes —y no tan jóvenes—, carentes de futuro, se hayan echado a la calle.

Los líderes norteafricanos son conscientes de que jamás van a ser derrocados por la política (salvo, tal vez, por un golpe de estado), pero hay algo que saben muy bien que deben temer: el hastío. Porque el hastío lanza a jóvenes descamisados contra las bocas de los fusiles, y pocas cosas hay que minen más la legitimidad de un gobierno que un muchacho en el suelo con el pecho ensangrentado.


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Se ha quedado un poco desfasado: el dictador tunecino Ben Alí ha tenido ya que abandonar el país y se ha exiliado en Arabia Saudí, refugio histórico de tantos y tantos sátrapas... Anoche, a falta de champán, nos bebimos una botella de vino blanco del bueno para celebrarlo. Por el pueblo tunecino.

jueves, 19 de agosto de 2010

La tormenta perfecta


Extracto de un manual de historia contemporánea editado en el año 2030:



“Finalmente, en agosto de 2010, el presidente Sarkozy inició las expulsiones de gitanos sin papeles y de aquellos que hubiesen cometido pequeños delitos. La opinión pública francesa, así como la europea en general, agobiada por el peso de la crisis económica, se mostró pasiva, cuando no apoyó abiertamente la medida. Ésta era imitada a los pocos meses por el gobierno italiano de Silvio Berlusconi. Austria, Holanda y Suiza iniciaron también tímidos procesos de expulsión de inmigrantes no regulados o considerados “indeseables”. En su momento, se publicaron informes de que la marina de Malta había hundido en el Mediterráneo varias pateras que pretendían llegar a sus costas, aunque nunca pudieron verificarse.

La crisis económica estaba haciendo mella en los países de la Europa meridional. En Grecia, las medidas de ajuste aprobadas por el gobierno de Papandreu provocaron una oleada de protestas sociales duramente reprimidas por las fuerzas del orden. Esta dinámica culminó en el resurgimiento de grupos armados de extrema izquierda, que comenzaron a asesinar a destacados periodistas, políticos y miembros de los cuerpos de seguridad.


A los pocos meses estallaba la guerra en Oriente Medio, con un ataque preventivo israelí contra instalaciones nucleares iraníes. Irán respondió no sólo militarmente, sino también económicamente, cerrando el estrecho de Ormuz. El precio del barril de petróleo se disparó, agravando la crisis económica en todo el mundo.

(…) La extrema derecha nacionalista barrió en toda Europa Oriental. En la occidental, más próspera económicamente, los partidos tradicionales giraron hacia la derecha, blindando sus políticas migratorias. El empobrecimiento de grandes masas de la clase media condujo a un aumento de la inestabilidad social, y no tardaron en producirse los primeros choques de claro signo racista en Italia, Francia y España, donde grupos de exaltados comenzaron a atacar a temporeros inmigrantes en las regiones de Cataluña, Levante y Andalucía. En Italia, no obstante, los inmigrantes estaban más organizados que en otros lugares, y no tardaron en defenderse, produciéndose los primeros muertos europeos en enfrentamientos callejeros.

Mientras tanto, la guerra en Oriente Medio no dejaba de escalar. Irán reaccionó contra el apoyo económico y logístico que los países de Europa Occidental daban a Israel mediante el terrorismo, colocando bombas en las principales capitales europeas, igual que había hecho, con éxito, en los años 80 del siglo anterior durante el conflicto Irán-Irak.

La islamofobia latente, que venía cocinándose lentamente en toda Europa desde el 11-S y los subsiguientes conflictos de Afganistán e Irak, explotó. Se produjeron pogromos contra árabes magrebíes y de Oriente Medio, subsaharianos, e incluso indios y paquistaníes. Cuando los gobiernos de Francia y Alemania decidieron unirse a la guerra en el Golfo Pérsico en apoyo de la coalición ya existente entre Israel, Estados Unidos y Gran Bretaña, se crearon campos de concentración en las afueras de las principales ciudades europeas para alojar a la población musulmana inmigrada, de la que ahora se sospechaba como posibles quintacolumnistas…”

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¿Ciencia ficción? El setenta por ciento de lo que cuento ya ha ocurrido…


martes, 17 de agosto de 2010

Metralleta de artículos


Llevo bastante tiempo sin actualizar el blog. Como no tengo tiempo de escribir cosillas originales, aquí van algunos de los reportajes más salvables de los últimos meses, publicados en ABC y Mediterráneo Sur...