miércoles, 27 de mayo de 2009

Lingua Franca 2/2


Hago un interludio para hablar sobre la envidia. Tengo la suerte de que no nací demasiado tonto, ni demasiado feo, ni enfermo, ni pobre, así que no tengo demasiados motivos para envidiar a mis semejantes. Pero, lo reconozco, hay algo que me produce una envidia incontrolable: la gente que habla idiomas que yo no hablo. Estoy en Hong Kong, y un americano gordo se monta en el ascensor y empieza a hablar en cantonés fluido con el botones. Y yo pienso: “Qué cabrón”. Lo sé, es completamente irracional –pero la envidia lo es, ¿no?-. ¿Para qué carajo quiero yo hablar cantonés? Pero, de algún modo, estoy prendado del hecho estético de hablar un idioma. Hace años, en un atardecer tunecino, tras un viaje en furgoneta, observé cómo un francés le preguntaba a un paisano por una dirección en árabe, y mantenía una breve conversación con él. Hoy tengo claro que el árabe de aquel gabacho era bastante pobre; pero la escena fue tan bella que fue una especie de revelación: yo iba a aprender árabe costase lo que costase. (Siete años después, sigo en el empeño… Avanzo a paso de obra pública, pero avanzo…).


Uno de los motivos por los que admiro el personaje de Richard F. Burton es porque el tipo, al final de su vida, hablaba veintinueve idiomas y varios dialectos (napolitano, provenzal…). En la universidad tuve un profesor que contaba que un amigo suyo hablaba cincuenta y seis idiomas. ¡Cincuenta y seis! “Pero, ¿cómo…?”, solían preguntarle. “Bah, lo difícil son los cinco primeros, después ya…”, respondía.


Ha llovido mucho desde ese atardecer tunecino, y mientras tanto yo me he dado de cabezazos con muchas lenguas: el dialecto egipcio, el búlgaro… Con el tailandés coseché algunos éxitos: mi taxi-thai (como llaman aquí al dialecto de supervivencia de los farang) es suficiente para la vida diaria, e incluso me ha permitido cosas como explicarle a un motorista lo que necesito para rodar un plano en movimiento o interrogar (el término “entrevistar” es demasiado exagerado) a un pescador explotado. He hecho mis pinitos, lo confieso, en italiano, alemán, farsi, laosiano e indonesio/malayo. Mis amigos tienen un cachondeo conmigo que no veas. Ángel Villarino incluso escribió una falsa necrológica sobre mí en la que se leía: “Cuando murió, hablaba 26 idiomas, pero ninguno bien”. Pero yo les digo que, oye, cada uno se divierte como quiere: también hay gente que mete barcos dentro de botellas.


Y he de darle la razón al amigo políglota de mi profesor: en mi experiencia –aunque disto mucho de poder decir que hablo seis lenguas-, cada vez me resulta más fácil enfrentarme a un idioma nuevo. La mayoría de la gente interpreta la aserción de aquel hombre como que uno va encontrando similitudes en otros idiomas, y claro, cuantos más sabes, más fácil es. Pero se trata de algo más complejo: uno aprende a aprender idiomas. Es similar a la comprensión de las matemáticas: una vez que has derrotado una estructura gramatical, tu cerebro gana en flexibilidad, no ya para reconocer estructuras semejantes en otros idiomas, sino para cualquier construcción lingüística*.


En unas semanas abandonaré Tailandia, y me da una pena tremenda, a pesar de los disgustos que me han dado estas gentes. Mi tailandés se perderá, tal vez para siempre. Me espera Estambul, y el turco. Otro mundo, otra cultura, otra visión.


******************************


*Al parecer, la neurociencia (corríjanme los expertos si me equivoco) apunta a que la reconfiguración neuronal que se produce con el aprendizaje -por ejemplo, con los idiomas- podría ser heredable, a diferencia, por ejemplo, del desarrollo muscular que uno logra en vida mediante el deporte. Hubo un experimento en el que se sometió a un grupo de personas al estudio intensivo del hebreo, idioma al que nunca habían estado expuestos. Aquellas personas que tenían antepasados judíos aprendían mucho más rápido que las demás. ¿Excepcionalidad racial? Más probablemente, reconfiguración neuronal hereditaria…


Lingua Franca 1/2


Los esperantistas han perdido la batalla, aunque han ganado la guerra. No deja de ser fascinante el hecho de que yo, español como Torrente, esté en Laos hablando con un japonés, y la lengua de comunicación entre nosotros sea el inglés. O más bien el “globish” (un neologismo formado a partir de las palabras “Global” y “English”). La historia del concepto “globish” tiene su miga: el término se lo inventó el presidente jubilado de IBM, Jean Paule-Nerriere, para definir un proyecto de lenguaje de comunicación en el mundo de los negocios, basado en las 1500 palabras más comunes del inglés. Si fue antes el huevo o la gallina, es decir, si el señor Nerriere se limitó a teorizar sobre un fenómeno ya existente, o el monstruo creado por IBM se extendió más allá de lo controlable, poco importa: hoy, todo Cristo, de Tegucigalpa a Shanghai, habla “globish”. Un idioma mundial. No me digan que no es emocionante.


En su ensayo “Identidades asesinas”, el libanés Amin Maalouf escribe que, en el mundo de mañana, que es el de hoy, todo el mundo (con la excepción de los anglosajones, por razones obvias) tendrá que hablar tres idiomas, si quieren ser competitivos: el materno, el inglés –se refiere al “globish”-, y una tercera lengua que será la de adopción, la que, al elegirla voluntariamente, será la lengua de nuestros amores, nos acercará a una cultura concreta, a la parte del mundo donde se ha generado. El mensaje de Maalouf es claro: en un mundo globalizado, no podemos pretender tener una sola cultura, una sola identidad –de la que la lengua es una punta de lanza-.

Con los idiomas suele haber bastante pragmatismo: uno los aprende por necesidad, o por utilidad. Es normal, dado que aprender un idioma requiere un esfuerzo epopéyico. Yo solía pensar así: estudié inglés y francés en el instituto, así que cuando me planteé empezar con otro idioma, el siguiente, por amplitud geográfica, era el árabe, lógicamente. (El árabe tiene sus propios problemas, empezando por la variedad dialectal, pero de eso hablaremos en otro momento). Hasta que tuve una novia que hablaba neerlandés, y me enseñó a apreciar la belleza de aprender una lengua, cualquier lengua, porque sí.

Coincido con Maalouf en que un idioma es la llave a un mundo. La mayoría de la gente que estudia ruso, alemán, árabe, aprehenden también una cosmovisión, una literatura, una música. Pero una lengua sólo cobra sentido pleno cuando se usa. De lo contrario, ¿qué diferencia hay entre el ruso estudiado en una mesa y una lengua completamente muerta, como el arameo?*. En cambio, los idiomas aprendidos en la calle, con los taxistas, los vendedores, se nos meten hasta dentro.

Parte del placer que me produjo volver a Sofía se debió a un suceso curioso: cuando bajé del avión, no recordaba una sola palabra del (poco) búlgaro que aprendí en el tiempo pasado allí. Dos días después, lo había recuperado casi todo. Alguien dijo que quien adquiere un idioma adquiere un país, que se hace un hueco en tu corazoncito. Doy fe.

**********************

* Un idioma, como hace tiempo que descubrieron los filósofos de la lengua, supone una forma de pensar. Puedo aportar decenas de ejemplos al respecto. Es bien conocido el caso de los esquimales, que no tienen una palabra para el color blanco, sino muchas. Los árabes distinguen con palabras el camello, la camella y las crías, así como los diferentes tipos de arena. En cambio, usan la misma palabra, “trab”, para “arena”, en genérico, y “polvo”, aunque en Europa sean dos cosas completamente diferentes. Cada sociedad produce el vocabulario que necesita.

En Occidente, concebimos el tiempo de una forma lineal, donde el pasado está detrás de nosotros y el futuro delante. Pero en árabe, la palabra “qoddam”, “delante”, y “qadim”, “antiguo”, tienen el mismo origen. Esto es así porque en el mundo árabe, el tiempo se imagina al revés: el pasado está delante, porque es lo que vemos. En tailandés no existe una palabra para el concepto “cultura” (en el sentido de “la cultura francesa”, por ejemplo), y un porcentaje altísimo de las conversaciones versan en torno a comida. Eso produce una sociedad indolente y no demasiado sofisticada intelectualmente, donde el contexto es importantísimo, hasta el punto de que en las grandes empresas el idioma de trabajo es el inglés, dado que los negocios requieren de una precisión imposible de conseguir con el tailandés. En japonés, los tiempos verbales no dependen del marco temporal, como en las lenguas indoeuropeas, sino de quién es la persona con la que estás hablando (un anciano, tu hermano pequeño, tu jefe…), y de ahí se deriva una profunda estratificación social en la que cada uno conoce muy bien cuál es su papel. Y podría seguir...

lunes, 25 de mayo de 2009

El imbécil y la disidente


Hablemos primero de ella: Aung San Suu Kyi, disidente birmana, premio Nobel de la Paz por su oposición pacífica a la dictadura militar de su país. Ha pasado bajo arresto domiciliario 13 de los últimos 19 años, en una casa junto al lago Inya, en Rangún, fuertemente vigilada por soldados, y que está prohibido fotografiar.


Un poco de historia: Birmania soporta la dictadura militar más larga del mundo, desde hace ya más de 60 años. La junta gobernante tuvo antaño cierta legitimidad, pero hace años que la perdió debido a su extrema corrupción y avaricia incontenida (durante la catástrofe del ciclón ‘Nargis’ el pasado año, llegaron a apropiarse de la ayuda humanitaria para revenderla en el mercado negro). Como sistema de gobierno, es uno de los más represivos del mundo. La policía, por ejemplo, tiene cuotas mínimas de arrestos anuales, por lo que si para fin de año no las ha cumplido, sale a la calle a detener al que pilla, según comentaba un cooperante amigo mío que ha trabajado sobre el terreno.


En 1988, el régimen estuvo a punto de caer: unos disturbios iniciados como una riña de bar se convirtieron pronto en masivas manifestaciones. Aung San Suu Kyi, tras unos años pasados en Oxford y la India, estaba de regreso en Birmania, y no dudó en colocarse a la cabeza de las manifestaciones, asegurándose de que se desarrollaran de forma pacífica. La junta, sin embargo, las reprimió brutalmente. Unas tres mil personas murieron*.



Esta represión fue tan dañina para la imagen de los militares, que se vieron obligados a dar marcha atrás, convocando elecciones. El partido de Aung San Suu Kyi, la Liga Nacional por la Democracia, ganó con mayoría absoluta, lo que la convertía en presidenta del país. La junta, que no esperaba semejante resultado, canceló las elecciones y sometió a Suu Kyi a un arresto domiciliario que, en dos grandes periodos, ha continuado hasta hoy.


Hablemos ahora de él: John Yettaw, norteamericano, 53 años, veterano de Vietnam, estudiante de doctorado. Sería un completo desconocido si no fuese porque el pasado 3 de mayo, eludiendo la vigilancia militar, cruzó a nado el lago Inya para entrevistarse con Aung San Suu Kyi. Lo había intentado en una primera ocasión, sin lograr hablar con ella. Al parecer, esta vez ella le pidió que se marchase, pero al ver el estado lamentable en el que él se encontraba, le permitió permanecer en la casa. Había venido, le dijo, porque había tenido una “visión” en la que ella era asesinada.


El hecho ha sido inmediatamente aprovechado por la junta para someterles a ambos a un proceso, acusándoles de violar el arresto domiciliario. Suu Kyi podría ser condenada con cinco años de cárcel. Según la familia de Yettaw, él es un admirador de Suu Kyi que quería entrevistarla, sin ser consciente de las posibles consecuencias. “Es una buena persona, amante de la paz”, dice su mujer, Betty. “Ha tenido muchos problemas”, incluyendo la muerte de un hijo adolescente. La oposición birmana está bastante cabreada con él. “Es la causa de todos estos problemas. Es un imbécil”, dice Kyi Win, uno de los abogados de Suu Kyi.


Yettaw grabó un video de dos horas en el que explicaba cómo había conseguido cruzar, con la ayuda de esas dos aletas caseras. El video se ha presentado en el juicio como prueba.


Tampoco han faltado las teorías de la conspiración: la junta acusa a Yettaw de ser agente de una potencia extranjera. Y en las calles de Rangún se comenta que es todo una provocación de los militares. ¿Cómo Yettaw había conseguido burlar a los vigilantes… dos veces? Además, el arresto domiciliario de Aung San Suu Kyi expiraba el próximo 27 de mayo, es decir, dentro de dos días. Muchos creen que la junta ha utilizado a Yettaw de algún modo para prolongar el castigo.


En todo caso, una fea, extraña historia. Como dice un conocido mío, “no hay nada más peligroso que un tonto con iniciativa”.


***************************


*El resumen más equilibrado que he encontrado sobre la historia y situación de Birmania está en el libro, recién publicado, de Rafael Poch, “La actualidad de China”. Poch ha sido el corresponsal de “La Vanguardia” en China durante seis años, y ha viajado extensamente por la región. El libro incluye una parte, “Fronteras”, en la que habla de algunos países colindantes con el coloso chino: Mongolia, Corea del Norte, Vietnam y Birmania.


domingo, 24 de mayo de 2009

Procedimiento Operativo Standard

Estos días estamos asistiendo, no ya al cierre de Guantánamo y las cárceles secretas de la CIA por todo el mundo, cuyo destino parece sellado, sino a una posible base para perseguir judicialmente a los responsables de estos hechos. Obama no es partidario de “mirar al pasado”, pero otros en su gabinete sí. La puerta está abierta.

El otro día vi “Standard Operating Procedure”, un documental del veterano y siempre interesante Errol Morris que trata sobre las torturas en la prisión de Abu Ghraib, en Irak. La película no ha sido estrenada en España: yo la vi en una copia de DVD comprada en Tailandia por mi amigo Jesús Prieto, que es fan de Morris.

El documental, en apariencia, es bastante sencillo: está articulado en torno a las fotos del escándalo y a las entrevistas con sus protagonistas, es decir, aquellos soldados que humillaron y torturaron a prisioneros iraquíes y se fotografiaron con ellos. Partiendo de ahí, el resultado es bastante humano: uno entiende por qué hicieron lo que hicieron. Si tienes 19 años y acabas de unirte al ejército, quieres ser aceptado. Si hay un soldado de más edad que te dice que mearte en los iraquíes está bien, o incluso, como en el caso de una de las implicadas, estás enamorada de él, si todos lo hacen, si el ambiente, a pesar de lo atroz, es de fiesta, si estas furioso porque ayer los iraquíes –no éstos, pero qué más da- mataron a un compañero tuyo, entonces, ¿qué hay de malo en divertirse un poco con los prisioneros? Hay que ser mentalmente muy fuerte para distinguir claramente el bien del mal en una situación de guerra. El documental nos muestra algunos comportamientos ambiguos, pero comprensibles, como el de la soldado Sabrina Hartman, que aparece en las fotos sonriente y levantando el pulgar junto al cadáver de un prisionero iraquí, mientras a su pareja le escribía cartas describiendo lo mal que se sentía por todo aquello.


El periodista norteamericano Seymour Hersh fue quien destapó el asunto de Abu Ghraib. Aunque, en realidad, fue otro soldado, el policía militar Joseph M. Darby, quien se jugó el tipo para sacar todo a la luz. El cabo Graner (el principal orquestador de los abusos, que hoy se encuentra cumpliendo una condena de 15 años en una prisión militar) hizo un CD con las fotos que varios de ellos habían tomado, y los distribuyó a todos los miembros del 320º Batallón de la Policía Militar –como dice uno de los investigadores militares en el docmumental de Morris, “hay que ser realmente gilipollas para hacer eso”-. Darby, indignado, se aseguró de que el CD llegase a un sitio donde fuese investigado (otros soldados habían intentado comunicárselo a sus superiores, pero se les había disuadido de ir más allá). El acto de Darby es realmente heroico: el riesgo para él era muy, muy alto.

El asunto fue enfocado por la prensa estadounidense como un tema de abusos, una mera disfunción en un sistema que por lo demás funcionaba perfectamente. Pero, como el documental apunta, había algo más: “Puedes volarle la cabeza a un tío, y no pasa nada. Pero si hay una foto, estás acabado. Las fotos no muestran torturas, sino humillaciones. Eso era para ablandarlos. Las torturas ocurrían durante los interrogatorios. Los mataban. Pero de eso no hay imágenes”, explica el cabo Javal Davies ante la cámara. “Si no llega a haber fotos, no habría habido escándalo. Se hubiera olvidado enseguida”.

En su libro “Obediencia Debida”, Seymour Hersh* demuestra que en realidad Abu Ghraib no era sino un elemento más de la conspiración llevada a cabo por la Administración Bush, especialmente por Donald Rumsfeld, para saltarse la legalidad internacional y obtener información relevante en la ‘guerra contra el terrorismo’. Según Hersh, los abusos de la 320ª en Abu Ghraib estaban destinados a “ablandar” a los prisioneros antes de que éstos fuesen interrogados por la CIA y la Policía Militar. Dice un capitán militar: “Si le pide a un chaval de 18 años que mantenga despierto a alguien y no sabe cómo hacerlo, seguro que se le ocurren malas ideas”. Gary Myers, el abogado del brigada Frederick, uno de los imputados, declaraba: “¿Usted cree que unos chicos de la Virginia rural decidieron hacer esto por su cuenta? ¿Que la mejor manera de hacer hablar a los árabes era tenerlos por ahí desnudos?”.

Por supuesto que no: según Hersh, estos métodos se basan en las conclusiones de un libro del antropólogo israelí Raphael Patai, “La mente árabe”, que se había convertido en el libro de cabecera de los neocon empeñados en rediseñar el mapa de Oriente Próximo, y donde se afirma que el punto débil de los árabes es la humillación, y que el sexo, especialmente la homosexualidad, es un gran tabú revestido de vergüenza. De ahí las fotos de Abu Ghraib: se esperaba chantajear a los prisioneros con la idea de reenviarlos a sus casas y usarlos como informadores. Abu Ghraib no era sino un eslabón más en la cadena que va de Guantánamo a los vuelos secretos de la CIA.

Lo peor es que muchas de estas prácticas, incluyendo aquella que se ha convertido en el símbolo de la infamia, ni siquiera son ilegales. En el documental de Morris, uno de los investigadores militares dice: “Si alguien sale herido, es un acto criminal. Humillar sexualmente a alguien es un acto criminal. Obligar a alguien a abusar sexualmente de sí mismo es un acto criminal. Observar cómo alguien se da cabezazos contra la pared y tomar fotografías es negligencia en el cumplimiento del deber, así que es un acto criminal. Mantener a alguien despierto pretendiendo que si se mueve se electrocutará, es un Procedimiento Operativo Standard”.


Los cables no están realmente conectados a la electricidad, así que, según la ley norteamericana, no es un crimen, sino un Procedimiento Operativo Standard de interrogatorio.
.

Es más: la información obtenida con estos métodos es completamente inútil. Ese mismo experto comenta que, tras cualquier interrogatorio, el procedimiento de rutina es valorar si esa información es fiable. “Con los interrogatorios en Abu Ghraib, era imposible determinarlo”, afirma. Como para darle la razón, un ejemplo extremo: esta semana se suicidaba en una cárcel libia el terrorista Alí Mohamed Abdelaziz Al Fajir. Había sido capturado en Afganistán y enviado a una de las prisiones secretas de la CIA en El Cairo, donde se le interrogó de forma poco ortodoxa. Para evitar el suplicio, Al Fajir se inventó un vínculo entre Al Qaeda y Saddam Hussein que sirvió para justificar la invasión de Irak. El resto es historia.

*****************

*Seymour Hersh en un tipo al que merece la pena escuchar. Inició su carrera como periodista de investigación en 1969, cuando desveló la matanza de My Lai en Vietnam, y desde entonces no ha parado, sacando a la luz desde los negocios secretos de Henry Kissinger hasta la implicación estadounidense en el bombardeo israelí del Líbano en 2006 (su artículo “Ensayo general para Irán” fue publicado ese verano por entregas en “El País”). Hersh no es un pacifista ni un izquierdista, pero tiene muy claros cuáles son los límites morales que su país, su querido ejército, pueden permitirse. Su libro “Obediencia Debida” es una mina de información sobre todo lo que ‘fue mal’ durante los años de la Administración Bush, desde la negativa a asumir la amenaza terrorista antes del 11-S hasta el falseamiento de las pruebas de la existencia de las armas de destrucción masiva en Irak, pasando por la pista falsa del uranio en Níger, las masacres en Afganistán, los intereses económicos de Cheney, Rumsfeld y Perle durante la guerra…
.

sábado, 23 de mayo de 2009

Un viejo búlgaro


Un video simpático y dramático al tiempo: un anciano búlgaro en un control de alcoholemia. Veanlo ustedes mismos.



.

Regreso a Bulgaria


Mi viaje de vuelta sigue la ruta Sofía-Estambul-Bangkok, porque es el itinerario más barato, y porque me apetece visitar a antiguos amigos.
Aterrizo en Sofía, donde ha estallado la primavera. En los tres días que paso allí, me invade un sentimiento de melancolía. Los seis meses que viví en Bulgaria fui bastante feliz, y me siento incapaz de explicar por qué. No es objetivo, pero me fascinaban los rótulos en cirílico, la omnipresencia de los parques, la mezcla de antiguas fachadas decadentes estilo centroeuropeo y abarrotados mastodontes soviéticos de asfalto, de templos ortodoxos, suelo de adoquín y grafittis, de cubos de basura destartalados y centros comerciales ultramodernos. Es curioso que Sofía sea la ciudad del Este más parecida a Moscú, a pesar de no existir ninguna continuidad territorial. En medio están Rumanía y Hungría, pero son otra cosa, con una fuerte personalidad propia (quizá Ucrania sea la excepción a esto, pero Ucrania fue parte de la URSS. Bulgaria es Rusia tamizada por los Balcanes).

Tal vez sea también que la vida en Sofía era fácil e interesante, me encantaba la comida, y podía vivir sin preocuparme por el dinero. Cuando yo vivía aquí, los precios estaban a la mitad que en España. Ahora están a un tercio, sobre todo debido a la inflación en nuestro país. Sofía está literalmente colmada de restaurantes elegantes y cafés con personalidad, y aquí uno –un extranjero con sueldo extranjero, se entiende- puede pagarlos. Cosas como la ópera o el ballet son más baratos que el cine.

Los recuerdos explotan en mi cabeza: las noches pasadas en un bar sólo iluminado con velas (“esto era una antigua imprenta antisistema. Lo que no sé es contra qué sistema”, solía decir una amiga mía, becada allí); las visitas a la frontera griega, al Mar Negro, a la minúscula localidad de cuento llamada Koprivstitsha, cuna del Renacimiento Búlgaro; el encuentro con el Este, con la herencia del “socialismo real”, denostado por muchos y añorado por otros tantos, aquellos a quienes tren del liberalismo económico ha dejado en el arroyo; la sensación, al contemplar viejas fotos de guerrilleros macedonios de la Primera Guerra Mundial, de verme superado por la Historia, por el nacionalismo, por el sentimiento anti-turco, tan presentes en los Balcanes. El tigre vivo que tenían en un mall del centro de la ciudad ya no está; nadie sabe qué ha sido de él.

Yo estaba aquí cuando el país entró en la Unión Europea. Y me contagié del entusiasmo local, de la idea de que la UE iba a resolverlo todo. El gran problema de Bulgaria es la corrupción. Y su maldición, que ésta es endémica. La Unión Europea envió fondos y más fondos, monitorizados por expertos de terceros países. No pudieron evitar que el dinero acabase en los bolsillos de unos pocos. Ahora, congelados los fondos, ya no hay nuevos envíos. La gente de la calle ha dejado de creer en la UE. En los políticos, hace mucho que dejó de hacerlo.

No es para menos: ha habido más de 200 asesinatos mafiosos en los últimos diez años, y ni un solo arresto. En Sofía, la policía tiene un coche patrulla que es un Ferrari incautado a un grupo del crimen organizado. Todo el mundo evade impuestos, porque sabe que éstos no se traducen en servicios, sino en el enriquecimiento de unos pocos. Boiko Borísov, el actual alcalde de Sofía, va con toda probabilidad a ganar las próximas elecciones generales, porque es la bisagra entre el gobierno y la mafia. Existe además un amplio sentimiento de que el que no se ha enriquecido después de la caída del comunismo es porque no ha sido lo suficientemente listo, y se merece su suerte. Y esto lo pagan quienes ya no son productivos y no tienen posibilidad de reinventarse, sobre todo los viejos. Allá donde uno mire, ve a un anciano rebuscando en un cubo de basura.

El pasado marzo, el gobierno búlgaro presentó un insólito plan para delegar amplios márgenes de soberanía nacional en manos de la UE, alegando que “Bulgaria sola no puede hacer frente a todos sus problemas”. El plan fue rechazado por Durao Barroso, porque era una oferta envenenada: sería muy fácil echarle la culpa a la UE de todos los fracasos. Porque todo el mundo asume hoy que las cosas, en Bulgaria, no van a mejorar. Aunque eso no impide que muchos, entre los que me cuento, sigamos amándola.

.

viernes, 22 de mayo de 2009

Extraño colofón a un mes de locos


Ha sido un mes de lo más raro: lo he pasado en España, con un montón de puertas abriéndose y cerrándose con la misma celeridad. La misma empresa editorial que me envió a India me propone ir a Canadá a hacer otro video de viajes, y luego se lo asigna al hijo del sobrino de no sé quién. Surge la posibilidad de que me instale en Estambul. Cuando se lo digo a mi abuela, me pregunta:

- “¿Eso está más cerca que Tailandia?”.

- “Sí, abuela”, le digo.

- “Entonces, bien”.


Me paso el mes en un sí-pero no-pero sí-pero no. Cuando me preparo para volver a Bangkok, la atmósfera en mi casa es de pesimismo sobre mi futuro. Al final tengo que decir: “Hey, ¿qué pasa? Después de todo, estoy como hace un mes, ni mejor ni peor…”.


Salgo para Madrid, desde donde sale mi vuelo. Mi abuela llora, mi madre llora, mi tía llora. Sospecho que, en mi padre, la procesión va por dentro. ¿Cómo hacerles ver lo que siento?


¡Familia! Estos días hemos hablado sobre mi situación laboral, y hemos llegado a la conclusión de que el futuro es bastante incierto. Pero en ese análisis hemos olvidado un factor muy importante: que, viviendo de este modo, soy absolutamente feliz.


Madre, padre, tía (a mi abuela es imposible convencerla de que vivo en el extranjero porque quiero), escuchad. En estos últimos cuatro años he vivido en tres países, y visitado muchos más. He paseado por las ruinas de Petra, Ayuthaya, Palmira, Baalbek, Luxor, Angkor, los castillos cruzados de Siria y Líbano. He visto el Sinaí, el Mar Negro, el Egeo y el Mar de China, el Golfo de Bengala, el Himalaya. He visitado la tumba de Saladino y las de los soldados británicos en el río Kwai. He conocido a gángsteres búlgaros e indios, a refugiados sudaneses, iraquíes, saharauis, tibetanos y birmanos, a campesinos de Laos, Camboya y Malasia, a activistas pro-democracia egipcios, tailandeses y nepalíes, a torturados y torturadores, a supervivientes de un genocidio, a enfermos de sida y drogadictos en los peores agujeros de Egipto e India, a un corrupto empresario libanés que se jactaba de explotar a sus empleados africanos hasta que éstos morían bajo el sol, y a un misionero que compraba a niños pobres en el norte de Tailandia para evitar que éstos se convirtieran en esclavos sexuales. He visto desangrarse a un hombre tiroteado por la mafia en las calles de Sofía, y a un mendigo morirse entre espasmos en Bangladesh. He montado en elefante, en burro, en canoa, en avioneta, he acariciado un tigre y una serpiente. He aprendido. Y sí, soy pobre como las ratas. Pero me importa un bledo.



Extraño colofón: el taxista que me lleva a la estación de autobuses despotrica contra todo y contra todos. Que si el gobierno le va a subir los impuestos y ahora tendrá que trabajar aún más para ganar lo mismo. Que él ya trabaja dieciséis horas al día, y que miré usté. Que si tiene cincuenta millones en el banco, pero que cualquiera los toca con los tiempos que corren. Que él le dice a su mujer que de tener hijos nada, que lo único que está esperando es a jubilarse y vivir tranquilo con sus ahorros. ¿Cuántos años tiene?, le pregunto. Treinta y siete, me dice. El tipo es obviamente un enajenado, pero, después de haberme empapado del vitalismo de Terzani, cuyo libro tengo en mis manos ya para entonces, no puedo evitar pensar que, tomando ese avión, estoy tomando la decisión correcta. La única opción posible.